La bruja de los tres rostros

Capítulo 7

La tierra cedió sin resistencia.

No se abrió como herida, sino como memoria que ya no puede sostenerse cerrada. Elna lo vio primero: una leve depresión en el centro del claro, justo donde Roa había removido la superficie horas antes. El suelo respiraba distinto, hundiéndose con una paciencia antigua.

La bruja no se movió de inmediato.
Escuchaba.

El primer rostro reconoció el sonido: no era derrumbe, era revelación. El segundo contuvo el impulso de quemarlo todo. El tercero midió el momento exacto en que intervenir dejaría de ser elección y se volvería necesidad.

—Ahora —dijo.

Se acercó y comenzó a apartar la tierra con las manos. No con prisa. No con fuerza. Con respeto. Como quien desenvuelve algo que fue guardado con intención. Elna quiso ayudar, pero la bruja negó con la cabeza.

—Esto debe verlo primero quien fue llamado.

Roa se arrodilló a su lado.

Sus dedos pequeños tocaron algo duro bajo la capa húmeda. No gritó. No se asustó. Lo sostuvo con la naturalidad con la que se sostiene un objeto olvidado en casa propia.

Era un hueso.

Blanco apagado. Ligero. Antiguo.

Elna sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—No… —susurró.

Pero ya no era negación. Era reconocimiento.

La bruja siguió retirando tierra. Aparecieron más fragmentos: curvas pequeñas, delicadas, inconfundibles. No estaban dispersos al azar. Habían sido colocados con cuidado, casi con ternura. Como si quien los enterró no hubiera querido ocultarlos, sino protegerlos del mundo.

—No fueron arrojadas —dijo la bruja en voz baja—. Fueron guardadas.

El primer rostro lloraba con una tristeza vieja.

El segundo ardía con una rabia contenida.

El tercero comprendía la magnitud.

Elna cayó de rodillas.

—¿Quiénes eran?

La bruja no respondió de inmediato. Miró a Roa, que sostenía el hueso contra su pecho como si supiera exactamente a quién pertenecía.

—Las que eligieron callar —dijo al fin—. Las que entendieron que hablar ya no cambiaría nada.

El bosque, alrededor, parecía inclinarse hacia el claro. Ningún animal se movía. Ninguna hoja caía. Todo observaba.

La grieta, a lo lejos, emitió un crujido más profundo.

La bruja sintió la marca del pacto calentarse otra vez. Aquello no era un hallazgo. Era una confirmación. La ceniza tenía forma. La memoria tenía estructura. El silencio tenía cuerpos.

—No buscan venganza —dijo, más para sí misma que para Elna—. Buscan ser vistas completas.

Roa levantó la mirada.

—Ya no están solas —dijo.

La bruja asintió.

Porque cuando los huesos salen a la superficie,
la verdad deja de ser historia…
y se convierte en presencia.



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En el texto hay: misterio, magia

Editado: 06.02.2026

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