No todas fueron ceniza.
Esa fue la primera certeza que atravesó a la bruja cuando el viento cambió de dirección sobre el claro. Entre el olor a tierra removida y memoria expuesta, apareció otro rastro: tenue, persistente, vivo.
El primer rostro lo reconoció como se reconoce un latido familiar.
El segundo dejó de tensarse.
El tercero inclinó apenas la cabeza.
—Falta una —dijo la bruja.
Elna levantó la mirada, confundida.
—¿Falta?
La bruja asintió y se puso de pie. Caminó alrededor del claro con pasos lentos, atentos. No buscaba huesos. Buscaba ausencia.
La encontró al borde del círculo de árboles, donde la sombra caía más espesa y la tierra no había sido tocada. Allí, el suelo no respiraba ceniza. Respiraba otra cosa: espera.
La bruja se arrodilló y apoyó la mano. Cerró los ojos.
Y la vio.
Una mujer de pie, sola, rodeada de fuego que no la alcanzaba. No porque el fuego la respetara, sino porque ella no le pertenecía. Mientras las demás eran consumidas por la historia que otros escribieron, ella dio un paso atrás. No por cobardía. Por decisión.
Eligió no arder.
Eligió quedarse.
—Se fue antes —susurró la bruja.
Elna se acercó despacio.
—¿Huyó?
—No —respondió el primer rostro—. Se apartó para recordar.
El segundo rostro comprendió entonces por qué el fuego no había podido tocarla.
El tercero entendió por qué su rastro seguía vivo.
—Ella fue la primera guardiana —dijo la bruja.
No fue enterrada con las otras. No fue convertida en ceniza. Caminó lejos del claro mientras el humo aún cubría el cielo, llevando consigo los nombres que nadie más podría pronunciar después.
Alguien tenía que sobrevivir sin quemarse.
Alguien tenía que cargar la memoria sin convertirse en polvo.
La bruja abrió los ojos.
—De ella nace el pacto.
Elna sintió un escalofrío que no era miedo, sino reconocimiento profundo, como si esa historia hubiera estado siempre en su sangre, esperando ser dicha.
—¿Qué pasó con ella?
La bruja miró hacia el bosque, más allá de los árboles, más allá de la noche.
—Nunca dejó de caminar.
Roa se acercó al lugar donde la bruja había puesto la mano.
—Está cerca —dijo la niña.
La bruja no corrigió. Porque Roa no hablaba de distancia en pasos, sino en tiempo.
La mujer que no ardió no pertenecía al pasado.
Pertenecía al hilo que unía todo.
Y ese hilo, la bruja lo sabía,
llegaba hasta ella.