La bruja de los tres rostros

Capítulo 10

No toda memoria se pierde.
Algunas se prohíben.

Se les cambia el nombre. Se les arranca el contexto. Se las convierte en advertencia, en vergüenza, en mito incómodo que nadie quiere revisar. Con el tiempo, dejan de contarse en voz alta y empiezan a transmitirse en gestos, en miedos heredados, en silencios que parecen normales.

Así sobrevive la memoria prohibida:
no como historia, sino como síntoma.

La bruja lo sabía. Lo había visto antes en otros lugares, en otros linajes. Pero aquí, en esta tierra, la prohibición había sido tan profunda que la verdad no encontró grietas por donde filtrarse… hasta ahora.

Roa caminaba unos pasos delante, guiada por algo que no necesitaba entender. Elna la seguía, con el corazón apretado entre culpa y presentimiento. La bruja cerraba la marcha, escuchando el murmullo subterráneo que ya no intentaba esconderse.

No se dirigían al claro.
No a la grieta.
Sino a la parte del bosque que nadie cruzaba.

—Aquí no venimos —dijo Elna en voz baja—. Desde siempre.

—¿Quién decidió eso? —preguntó la bruja.

Elna abrió la boca para responder… y no encontró respuesta.

Ese era el efecto de la memoria prohibida: reglas sin origen, miedos sin explicación, límites que nadie recordaba haber trazado.

Los árboles se volvieron más densos. La luz, más escasa. El aire, más frío. No era peligro lo que habitaba allí, sino abandono deliberado.

Roa se detuvo frente a una estructura casi invisible bajo enredaderas y raíces. No era una casa. No era un altar. Era algo intermedio, algo que había sido cubierto con intención.

La bruja apartó las ramas.

Apareció madera vieja, ennegrecida por el tiempo, no por fuego. Símbolos tallados con mano temblorosa recorrían la superficie. No eran marcas de protección. Eran marcas de encierro.

—La guardaron aquí —susurró el primer rostro.

El segundo tensó la mandíbula.

El tercero comprendió.

La bruja empujó la puerta, que cedió con un quejido bajo. El interior olía a polvo antiguo y algo más: tinta seca, cuero, sal.

En el centro, sobre una mesa inclinada, descansaba un objeto cubierto por tela endurecida.

Roa se acercó primero. La bruja no la detuvo.
Cuando retiró la tela, apareció un libro.

No tenía título. No tenía adornos. Solo páginas gruesas, amarillentas, llenas de escritura apretada y urgente.
Elna llevó la mano a su pecho.

—¿Qué es eso?

La bruja pasó los dedos por la primera página sin abrirla del todo.

—Lo que no querían que fuera leído.

El libro no estaba oculto por olvido. Estaba escondido por decisión. Alguien lo puso allí sabiendo que su contenido no debía circular, no porque fuera falso, sino porque era demasiado verdadero.

Roa levantó la mirada.

—Quiere que lo abramos.

La bruja asintió lentamente.
Porque la memoria prohibida no busca venganza.
Busca, simplemente,
ser recordada completa.



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En el texto hay: misterio, magia

Editado: 06.02.2026

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