La bruja de los tres rostros

Capítulo 11

El libro no crujió al abrirse.
Suspiró.

Como si hubiera esperado tanto tiempo ese gesto que ya no recordaba cómo resistirse. El polvo no se levantó; cayó hacia adentro, obediente, como si las páginas respiraran hacia sí mismas.

La bruja apoyó las manos a ambos lados de la mesa. No leyó de inmediato.

Escuchó.

El primer rostro se inclinó hacia las letras antes que sus ojos. Reconocía la forma de esa escritura: no era cuidadosa, era urgente. No buscaba belleza, buscaba permanencia.

Roa se acercó sin miedo. Elna se quedó en el umbral, incapaz de cruzar del todo.

La bruja leyó la primera línea en silencio.

Y algo cambió.
No en el aire.
No en la habitación.
En ella.

El primer rostro abrió los ojos por completo.

Las palabras no describían hechos. Describían decisiones. Mujeres que eligieron callar en un momento preciso para que algo mayor pudiera sobrevivir. Mujeres que entendieron que la memoria, si se dejaba libre, sería usada en su contra. Mujeres que escribieron para el futuro, no para su tiempo.

La bruja sintió que la marca del pacto se ajustaba con claridad nueva.
No como peso. Como dirección.

—¿Qué dice? —preguntó Elna, con la voz pequeña.

La bruja no respondió de inmediato. Pasó las páginas con lentitud reverente. Cada frase era una piedra retirada del pecho del mundo.

—Dice que no fueron víctimas —murmuró al fin—. Fueron estrategas.

El segundo rostro dejó de tensarse.

El tercero comprendió la magnitud.

Las mujeres del claro no habían sido arrastradas por el destino. Habían diseñado un silencio. Habían pactado que alguien, algún día, encontraría esto.

Que alguien estaría listo.

La bruja levantó la mirada hacia Roa.

La niña no apartaba los ojos del libro, como si reconociera en esas palabras una música familiar.

—Dice —continuó la bruja— que una de ellas debía sobrevivir sin arder. Que debía caminar con los nombres intactos hasta que el tiempo fuera seguro para devolverlos al mundo.

Elna comprendió entonces.

—La mujer que no ardió…

La bruja asintió.

El libro no era un registro. Era un puente. Un mensaje lanzado hacia adelante con la certeza de que el pasado no podría sostenerlo.

Y en ese instante, el primer rostro de la bruja despertó por completo.

No solo recordaba.
Entendía.

Entendía que ella no estaba allí por casualidad. Que el pacto no era castigo ni carga. Era continuación.
El rostro de la memoria no pesaba ya con tristeza, sino con claridad feroz.

La bruja cerró el libro con cuidado.

—Ya no están esperando —dijo.

Roa la miró.

—¿Entonces?

La bruja respiró hondo.

—Ahora, van a empezar a hablar.



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En el texto hay: misterio, magia

Editado: 06.02.2026

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