La bruja de los tres rostros

Capítulo 12

No era hambre de comida.
Era hambre de voz.

Desde que el libro fue abierto, el bosque dejó de comportarse como bosque. Los sonidos habituales —ramas, insectos, hojas— comenzaron a espaciarse, como si el lugar entero estuviera guardando energía para otra cosa. El aire se volvió más denso, más atento.

La bruja lo sintió en el estómago primero.

Una cavidad vacía que no pedía pan ni agua, sino algo más difícil de nombrar. El primer rostro reconoció la sensación con inquietud. El segundo se agitó. El tercero supo que ya no había forma de volver atrás.

—Está despertando —murmuró.

Elna la miró con preocupación.

—¿Qué cosa?

La bruja negó con la cabeza.

—No es cosa. Es necesidad.

Roa caminaba a su lado en silencio, pero su respiración estaba acelerada, como si hubiera corrido sin moverse. Se llevaba la mano al pecho, luego al vientre, confundida.

—Siento un hueco —dijo.

La bruja asintió.

—Ellas también.

El libro había hecho lo que debía: romper la última capa de prohibición. Y cuando la memoria deja de estar prohibida, aparece lo que estuvo contenido por demasiado tiempo.

Deseo de ser dicha.

Deseo de ser reconocida.

Deseo de existir otra vez en palabras.

Esa hambre se filtraba ahora por la tierra, por el aire, por la sangre de quienes podían sentirla.

La grieta, a lo lejos, crujió con un sonido nuevo. No de apertura, sino de presión interna. Como si algo empujara desde abajo, no con violencia, sino con insistencia constante.

El segundo rostro habló con voz baja:

—Esto va a pedir más que escucha.

El primero añadió, cargado de memoria:

—Va a pedir entrega.

El tercero guardó silencio, pero su presencia pesaba.

Elna comenzó a entender que aquello no era una historia que se observaba desde afuera. Estaban dentro. La grieta no se abría en la tierra solamente. Se abría en ellas.

—¿Qué quieren? —preguntó.

La bruja miró el horizonte donde el bosque se oscurecía.

—Ser contadas completas.

El hambre antigua no pedía justicia ni venganza. Pedía algo más radical: que su verdad circulara sin vergüenza, sin censura, sin miedo.

Y eso, la bruja lo sabía, exigía un precio mayor que el fuego.

Roa se detuvo de pronto.

—No quieren que tengamos miedo —dijo.

La bruja la miró con atención.

—Quieren que tengamos voz.

El viento se levantó por primera vez con fuerza desde que todo comenzó. No era violento, pero sí firme, como si arrastrara consigo siglos de espera.

La bruja cerró los ojos un instante.

La marca del pacto ardía de nuevo.

La hambre antigua había despertado.

Y no se saciaría con silencio.



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En el texto hay: misterio, magia

Editado: 06.02.2026

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