Esa noche, nadie soñó.
No porque durmieran profundo, sino porque el sueño no encontró espacio donde posarse. El aire estaba lleno de una presencia suave, insistente, como manos apoyadas con delicadeza sobre los hombros de quienes podían sentir.
Roa fue la primera en levantarse.
—Están aquí —dijo, sin sobresalto.
La bruja ya estaba sentada afuera, mirando la línea oscura del bosque. El primer rostro no descansaba desde que el libro fue abierto. El segundo vigilaba. El tercero aguardaba el momento que se acercaba con pasos invisibles.
Elna salió detrás, abrazándose a sí misma.
—¿Quiénes?
Roa no miró a su madre. Miró la tierra.
—Las hijas.
La bruja asintió lentamente.
No eran las mujeres del claro. No eran las que eligieron el silencio. Eran las otras: las que quedaron después. Las niñas que crecieron sin saber exactamente qué había pasado, pero sintiendo el hueco como una forma permanente en el pecho.
Las hijas sin tumba.
No tenían restos bajo la tierra. No tenían ceniza que reclamar. Tenían algo más difícil: una herencia sin explicación, un miedo transmitido sin palabras, una tristeza que parecía propia pero no lo era.
—Ellas no fueron enterradas —dijo la bruja—. Fueron dejadas vivas.
Elna sintió que algo se acomodaba dolorosamente en su interior.
—Como nosotras…
La bruja la miró.
—Sí. Como ustedes.
El bosque parecía lleno de pasos que no movían hojas. De respiraciones que no agitaban el aire. No era fantasmal. Era memoria activa buscando lugar.
Roa caminó hacia el claro sin pedir permiso. Se arrodilló donde los huesos habían sido descubiertos.
—No saben dónde poner lo que sienten —dijo.
La bruja se acercó y se colocó detrás de ella.
—Porque nadie les enseñó qué era.
Las hijas sin tumba habían crecido con el silencio como norma. Aprendieron a no preguntar, a no remover, a no incomodar. El dolor sin historia se convirtió en carácter. El miedo sin causa, en prudencia. La tristeza sin nombre, en forma de vivir.
Esa era la herencia más pesada.
El segundo rostro mostró los dientes con una rabia distinta.
El primero lloraba con comprensión profunda.
El tercero sabía que aquello era el centro de todo.
—No quieren salir de la tierra —dijo la bruja—. Quieren salir de ustedes.
Elna comenzó a llorar sin hacer ruido.
Roa apoyó ambas manos sobre el suelo.
—Pueden quedarse conmigo —susurró.
La bruja cerró los ojos.
Porque cuando las hijas sin tumba encuentran un lugar donde posar lo que cargan,
la memoria deja de ser peso…
y empieza a ser verdad compartida.