Esa noche, la oscuridad no cayó.
Se acomodó.
No trajo miedo ni descanso. Trajo una atención nueva, como si el mundo hubiera decidido abrir los ojos desde adentro. El bosque no se movía, pero tampoco dormía. Cada sombra parecía tener forma propia, cada rincón parecía esperar algo.
La bruja lo sintió apenas el sol desapareció.
—Hoy la noche no va a cubrir —dijo en voz baja—. Va a observar.
Elna encendió una pequeña lámpara dentro de la casa, pero la apagó casi de inmediato. La luz resultaba innecesaria. No porque hubiera claridad, sino porque la oscuridad ya no escondía nada.
Roa se sentó en el umbral, mirando hacia el claro.
—Puedo ver mejor así —susurró.
El primer rostro entendió.
El segundo se mantuvo alerta.
El tercero reconoció el cambio.
La noche, que antes servía para ocultar lo que dolía, estaba aprendiendo otra función: mirar lo que fue negado.
A lo lejos, la grieta emitía un pulso rítmico, casi imperceptible, como una respiración profunda. No era amenaza. Era presencia sostenida.
Elna se sentó junto a Roa.
—¿Qué ves?
La niña no apartó la mirada.
—No están tristes.
La bruja escuchó eso con atención.
—¿Qué están?
Roa pensó un momento.
—Cansadas de esperar que alguien las mire.
La bruja cerró los ojos. La marca del pacto ardía con una calma nueva, menos urgente, más clara. El primer rostro no recordaba con dolor, sino con precisión. El segundo no deseaba quemar, sino proteger. El tercero mantenía el equilibrio.
La noche ya no era cómplice del silencio.
Se había vuelto testigo.
Y cuando la noche se convierte en testigo, lo oculto pierde su lugar donde esconderse.
Un crujido suave recorrió el bosque, no desde los árboles, sino desde la tierra. Como si algo se acomodara bajo la superficie, encontrando finalmente una postura más cómoda.
Elna sintió un escalofrío.
—Siento que nos están mirando.
La bruja negó despacio.
—Nos están dejando mirarlas.
Roa apoyó la cabeza en el hombro de su madre.
—Ya no tienen que esconderse.
El viento se levantó apenas, moviendo las hojas con un susurro continuo. No era sonido de advertencia. Era sonido de apertura.
Esa noche, nadie durmió.
Pero nadie tuvo miedo.
Porque cuando la noche aprende a mirar,
la verdad deja de necesitar luz para existir.