No apareció desde el bosque.
Apareció desde adentro.
La bruja lo supo antes de sentirlo en el cuerpo. Fue una tensión distinta en el aire, un pulso más grave que no venía de la grieta ni del claro, sino de un lugar más profundo, más primitivo.
El segundo rostro se irguió.
No con furia. Con reconocimiento.
El primero se quedó quieto, atento.
El tercero no intervino.
—Va a salir —dijo la bruja.
Elna miró alrededor, buscando algo visible.
—¿Qué cosa?
Roa llevó la mano al pecho.
—Algo que estaba dormido.
La bruja asintió.
La bestia sagrada no era un animal. No tenía forma fija. Era el instinto antiguo que las mujeres del claro habían tenido que enterrar para sobrevivir. La parte que gruñe cuando algo no es justo. La parte que muerde cuando el límite es cruzado. La parte que sabe, sin necesidad de explicación, cuándo algo debe detenerse.
Ese instinto había sido callado durante generaciones. No destruido. Dormido.
Y ahora, despertaba.
El viento se volvió más pesado. Las hojas dejaron de moverse. El bosque parecía contener el aliento. El fuego que observa no se agitó; simplemente brilló con más intensidad invisible.
Elna sintió un calor subirle por la espalda, no doloroso, pero sí poderoso.
—Siento ganas de gritar —dijo, sorprendida.
—Hazlo —respondió la bruja.
Elna dudó un segundo. Luego abrió la boca y dejó salir un sonido que no era palabra ni llanto. Era un rugido contenido durante años, liberado sin forma, pero con intención clara.
El bosque respondió con un eco profundo.
Roa no se asustó. Sonrió.
—Eso son ellas —dijo.
La bruja cerró los ojos.
El segundo rostro respiraba con plenitud ahora. No había rabia. Había presencia completa. La bestia sagrada no pedía destruir nada. Pedía ocupar su lugar.
—Nos enseñaron a temer esto —dijo la bruja—. A creer que era peligroso.
El primer rostro añadió:
—Pero esto fue lo que las mantuvo vivas.
El tercero sostuvo el equilibrio.
Elna respiraba con dificultad, pero no de miedo. De intensidad. Como si su cuerpo estuviera redescubriendo una fuerza que nunca supo que tenía permiso de usar.
—No quiero volver a callarlo —susurró.
La bruja asintió.
—Ya no tendrás que hacerlo.
Porque cuando la bestia sagrada despierta,
el silencio deja de ser refugio…
y se convierte en límite que ya no se acepta cruzar.