No hubo señal en el cielo.
No tembló la tierra.
Nadie anunció que el momento había llegado.
Y, sin embargo, las tres lo supieron al mismo tiempo.
La bruja abrió los ojos antes del amanecer con una certeza que no necesitaba explicación. El primer rostro estaba en calma. El segundo, presente. El tercero, firme como piedra antigua.
—Hoy —dijo.
Elna no preguntó qué. Roa ya estaba de pie, mirando hacia el sendero que conducía a la grieta.
El aire tenía una claridad distinta, como si el mundo hubiera sido lavado durante la noche sin dejar rastro de agua. El bosque no parecía observarlas esta vez. Parecía abrirse.
Caminaron sin hablar.
Cada paso las alejaba del claro, de los huesos, del libro, de todo lo que había sido descubierto. No porque lo dejaran atrás, sino porque ahora lo llevaban dentro.
La grieta apareció ante ellas sin dramatismo. Seguía allí, respirando con ese pulso lento y profundo que ya no asustaba. La tierra a su alrededor estaba más firme, como si hubiera aceptado su propia apertura.
La bruja se detuvo en el borde.
—Esto no es una herida —dijo—. Es una puerta.
Elna miró hacia el fondo oscuro.
—¿A dónde lleva?
La bruja negó suavemente.
—No lleva. Trae.
Roa dio un paso al frente sin vacilar.
El primer rostro no intentó detenerla.
El segundo no mostró resistencia.
El tercero sostuvo el equilibrio con claridad absoluta.
Porque el umbral no es un lugar físico. Es el punto exacto donde el miedo deja de decidir.
Roa miró hacia abajo.
—No siento miedo.
La bruja asintió.
—Entonces ya cruzaste.
Elna entendió en ese instante. No se trataba de bajar a la grieta. No se trataba de enfrentar algo externo. Se trataba de aceptar que lo descubierto no podía volver a enterrarse, que la memoria ya no podía volver a prohibirse, que el silencio ya no podía volver a imponerse.
Ese era el umbral.
Y ellas ya estaban del otro lado.
El viento pasó entre los árboles con un sonido nuevo, ligero, como un suspiro largo que finalmente encuentra salida. La grieta emitió un crujido suave, no de tensión, sino de acomodamiento.
La bruja sonrió apenas.
—Ahora empieza lo verdadero.
Porque cruzar el umbral no cambia el mundo.
Cambia la forma en que una decide habitarlo.