No estaba en los apellidos.
No estaba en los registros.
No estaba en ninguna historia que pudiera contarse en voz alta.
Y, sin embargo, estaba en todas.
La bruja lo percibió mientras caminaban de regreso al claro. No era un pensamiento. Era una sensación que recorría el aire como un hilo invisible uniendo puntos que parecían separados.
El primer rostro lo reconoció con una claridad suave.
El segundo no se tensó.
El tercero comprendió.
—No fueron pocas —dijo.
Elna la miró.
—¿Quiénes?
—Las que eligieron guardar.
No eran solo las mujeres del claro. No eran solo las que fueron ceniza ni la que no ardió. Había otras, en otros lugares, en otros tiempos, que hicieron lo mismo sin saber que formaban parte de algo mayor.
Mujeres que callaron con intención.
Mujeres que sobrevivieron sin olvidar.
Mujeres que transmitieron sin palabras.
Eso era el linaje oculto.
Roa caminaba unos pasos adelante, como si siguiera un camino que nadie más veía.
—No estamos solas —dijo.
La bruja sonrió apenas.
—Nunca lo estuvieron.
El linaje no se reconocía en la sangre solamente, sino en la forma de sentir el mundo. En la incomodidad frente a la injusticia. En la necesidad de entender lo que otros prefieren ignorar. En la intuición que aparece sin explicación.
Elna sintió un estremecimiento.
—¿Hay más como nosotras?
La bruja asintió.
—Muchas. En lugares distintos. Sin saber que comparten el mismo origen.
El bosque parecía más amplio esa mañana, como si se hubiera retirado un poco para dejar espacio a esa idea.
El primer rostro recordaba sin peso.
El segundo descansaba.
El tercero sostenía el equilibrio con firmeza.
El linaje oculto no necesitaba encontrarse para existir.
Bastaba con que cada una despertara en su propio lugar.
Roa se detuvo y miró hacia atrás.
—Entonces esto no es solo nuestro.
La bruja negó suavemente.
—Nunca lo fue.
Porque cuando un linaje vive en la memoria y no en los nombres,
puede atravesar generaciones enteras sin ser visto…
hasta que alguien, por fin, lo reconoce.