No desaparece con el tiempo.
Se transforma.
A veces se vuelve prudencia excesiva.
A veces, miedo sin causa.
A veces, una tristeza que parece no tener origen.
La bruja lo sintió cuando Elna evitó mirar el claro esa mañana. No fue un gesto grande. Fue apenas un desvío leve de la mirada, como si algo allí le recordara algo que prefería no enfrentar.
El primer rostro lo reconoció con tristeza antigua.
El segundo mostró una tensión leve.
El tercero comprendió.
—No es tu culpa —dijo la bruja, antes de que Elna dijera nada.
Elna bajó la cabeza.
—Pero lo siento como si lo fuera.
Roa escuchaba en silencio.
La culpa heredada no nace de acciones propias. Nace de decisiones tomadas antes, de historias que no fueron contadas completas, de silencios que dejaron huecos donde la mente intenta poner explicación.
Cuando no se sabe qué pasó, el cuerpo inventa razones. Y muchas veces, esas razones se convierten en culpa.
—Nos enseñaron a cargarla —continuó la bruja—. Como si fuera parte de ser mujer.
El segundo rostro apretó la mandíbula.
—Como si hubiéramos hecho algo mal por sobrevivir.
El primero añadió:
—Como si recordar fuera traición.
El tercero sostuvo el equilibrio.
Elna respiró con dificultad.
—Siento que debí saber esto antes… que debí proteger mejor a Roa… que debí…
La bruja la interrumpió con suavidad.
—La culpa no muere sola. Se disuelve cuando se entiende.
Roa se acercó y tomó la mano de su madre.
—No hiciste nada mal.
El gesto era simple, pero rompía algo antiguo.
La bruja observó cómo el aire parecía aflojarse alrededor de ellas. La grieta, a lo lejos, ya no emitía ese pulso pesado de antes. Respiraba con calma nueva.
—La culpa fue el mecanismo para que el silencio se mantuviera —dijo la bruja—. Si crees que eres responsable, no preguntas. No buscas. No remueves.
Elna cerró los ojos.
—Ya no quiero llevarla.
La bruja asintió.
—Entonces mírala de frente.
Porque la culpa no muere con el tiempo.
Muere cuando alguien, por fin,
entiende que nunca le perteneció.