No fue una idea que llegó con palabras.
Fue una sensación.
Elna la notó primero al lavarse las manos en el río. El agua estaba fría, clara, pero el contacto con su piel le produjo algo distinto: una conciencia nueva de su propio cuerpo, como si lo habitara por primera vez sin prisa.
La bruja la observó desde la orilla.
El primer rostro reconoció ese momento con respeto.
El segundo permaneció en calma.
El tercero comprendió.
—Lo estás sintiendo —dijo.
Elna asintió lentamente.
—Es extraño… como si mi cuerpo hubiera estado lejos de mí todo este tiempo.
Roa jugaba con el agua unos pasos más allá, moviéndola con los pies, riendo sin tensión.
La bruja se acercó.
—Nos enseñaron a desconectarnos de él —explicó—. A verlo como algo que debía ser contenido, corregido, vigilado.
El segundo rostro mostró una sombra de rabia.
—Como si fuera peligroso.
El primero añadió con suavidad:
—Como si no fuera sagrado.
El tercero sostuvo el equilibrio.
Elna miró sus manos, luego sus brazos, luego el reflejo tembloroso de su rostro en el agua.
—Nunca pensé en él así.
—Porque nadie te lo enseñó —dijo la bruja—. Y eso también fue parte del silencio.
El cuerpo guarda memorias que la mente no puede sostener. Guarda tensiones, miedos, posturas aprendidas para sobrevivir. Pero también guarda fuerza, intuición, instinto.
Las mujeres del claro lo sabían.
Por eso eligieron callar con el cuerpo erguido. Por eso enfrentaron el fuego sin encogerse. Por eso su memoria no se perdió: quedó escrita en la forma en que sus descendientes aprendieron a habitarse.
Roa salió del agua y se acercó.
—Se siente bonito —dijo, abrazándose a sí misma.
La bruja sonrió apenas.
—Porque el cuerpo no quiere ser escondido. Quiere ser habitado.
Elna respiró hondo y dejó que el aire llenara su pecho sin esfuerzo. No había prisa. No había tensión. Solo presencia.
—¿Y ahora? —preguntó.
La bruja miró el bosque, el claro, la grieta a lo lejos.
—Ahora empiezas a entender que tu cuerpo no fue hecho para cargar culpa, miedo ni silencio.
Fue hecho para sostener verdad.
Porque cuando una mujer reconoce su cuerpo como altar,
deja de pedir permiso para existir…
y comienza a ocupar el espacio que siempre le perteneció.