No todo sacrificio ocurre en el momento del dolor.
Algunos continúan vibrando mucho después, como un sonido que no se apaga del todo y sigue resonando en quienes caminan sobre el mismo suelo.
La bruja lo sintió al regresar al claro. No era peso. Era eco.
El primer rostro lo reconoció con una reverencia silenciosa.
El segundo no se tensó.
El tercero comprendió.
—Esto es lo que quedó —dijo.
Elna miró alrededor.
—¿De qué?
—De lo que eligieron entregar.
Las mujeres del claro no solo entregaron la vida o la voz. Entregaron futuros posibles. Entregaron la posibilidad de ser comprendidas en su tiempo. Entregaron la comodidad de explicar.
Ese fue el sacrificio más profundo.
Roa caminó hasta el centro y se sentó en el suelo, con la espalda recta, los ojos cerrados.
—Todavía suena —dijo.
La bruja asintió.
El eco del sacrificio no era doloroso. Era firme. No pedía que se repitiera. Pedía que fuera honrado.
Elna sintió una presión suave en el pecho.
—¿Cómo se honra algo así?
La bruja la miró.
—No repitiéndolo.
El segundo rostro habló con claridad:
—Ellas no querían que sufrieran igual.
El primero añadió:
—Querían que supieran por qué.
El tercero sostuvo el equilibrio.
El eco no exigía más silencio ni más sacrificios. Exigía conciencia. Que lo que fue entregado no se volviera costumbre. Que el dolor no se romantizara. Que la renuncia no se confundiera con virtud.
Roa abrió los ojos.
—No quieren que nos rompamos para probar nada.
La bruja sonrió apenas.
—Exacto.
El viento pasó suave entre los árboles, llevando consigo una vibración baja que parecía acomodarse en la tierra, no desaparecer.
Porque cuando el eco del sacrificio es escuchado de verdad,
deja de exigir cuerpos…
y comienza a proteger futuros.