No recuerda.
No arde.
Observa.
Mientras el aire aún guardaba el eco de lo dicho y la herida se acomodaba en un silencio nuevo, el tercer rostro permanecía despierto, inmóvil, exacto. No miraba el pasado como el primero. No protegía con fuego como el segundo. Miraba el ahora, ese punto frágil donde todo puede torcerse o asentarse.
El primer rostro sentía alivio.
El segundo descansaba.
El tercero medía.
Porque no toda verdad dicha está lista para quedarse expuesta. Algunas necesitan ser vigiladas para no convertirse en peso otra vez.
La bruja lo sintió como una quietud interna, firme, sin emoción excesiva. El tercer rostro no juzgaba a Elna ni a Roa. Observaba cómo lo dicho empezaba a tomar forma en sus cuerpos: la respiración más amplia, los hombros menos tensos, la mirada sin huida.
—Ahora no hagas nada —dijo la bruja, sin dureza.
Elna asintió.
Roa también.
El tercer rostro observa para saber cuándo parar. Para reconocer el punto exacto en que insistir sería violencia, aunque venga disfrazada de sanación. Para custodiar el equilibrio cuando la memoria ya cumplió su función.
El bosque acompañaba esa pausa. No se movía. No empujaba. Simplemente estaba.
La bruja cerró los ojos un instante y sintió cómo el pacto se acomodaba sin tensión. No había nada más que abrir. No había nada que cerrar. Solo integrar.
—Esto también es cuidado —murmuró.
El tercer rostro observa porque sabe algo que los otros no necesitan saber:
que la verdadera sabiduría no está en recordar más,
ni en arder más fuerte,
sino en saber cuándo la verdad ya encontró su lugar.
Y en ese silencio atento, por primera vez,
la noche no reclamó…
simplemente respetó.