No fue calma.
Fue contención.
Ese tipo de silencio que no anuncia descanso, sino decisión. El que aparece justo antes de que algo cruce un límite que ya no puede seguir intacto.
La bruja lo reconoció en el cuerpo.
El primer rostro no recordó.
El segundo no ardió.
El tercero sostuvo.
El silencio se estiró como un músculo a punto de tensarse por completo. El bosque no respiraba. La noche no observaba. Todo parecía haber dado un paso atrás, dejando un espacio vacío en el centro.
Roa lo sintió y apretó los puños.
—Viene —dijo.
Elna no preguntó qué. Su cuerpo ya estaba de pie, alerta, con una claridad que no conocía. No era miedo. Era preparación.
La bestia sagrada no rugía. No mostraba los colmillos. Permanecía quieta, acechando desde adentro, sabiendo que el momento no se adelanta ni se retrasa.
El segundo rostro habló con voz baja:
—Este es el punto.
El primero añadió, casi en un susurro:
—Aquí es donde muchas retroceden.
El tercero no dijo nada.
Porque el silencio antes del mordisco no es duda.
Es evaluación.
La bruja entendió que ya no se trataba de memoria ni de sanación. Se trataba de límite. De decidir qué no volvería a permitirse. De reconocer que hay instantes en los que la quietud es solo el último gesto antes de la acción justa.
Elna respiró hondo.
—No quiero volver atrás.
La bruja la miró.
—Entonces no lo harás.
El aire se volvió denso por un segundo eterno. El mundo parecía contener el aliento junto a ellas. No había dramatismo. No había fuego. Solo la certeza de que algo estaba a punto de cambiar de forma.
La bestia abrió la boca en silencio.
Porque el mordisco no siempre hiere.
A veces,
marca el límite que nunca más será cruzado.