No eran muchas.
Nunca lo fueron.
Pero bastaba con que existieran.
La bruja las sintió antes de verlas. No como cuerpos, sino como presencias que avanzaban sin pedir permiso al paisaje. No domesticaban a la fiera. Caminaban con ella.
El primer rostro las reconoció con un respeto antiguo.
El segundo se relajó, por primera vez en mucho tiempo.
El tercero comprendió el patrón.
—No están solas —dijo.
Elna miró alrededor, buscando figuras que no aparecían.
—¿Quiénes?
—Las que no separaron su instinto de su conciencia.
Las que caminan con fieras no son salvajes sin rumbo. Son mujeres que aprendieron a escuchar el gruñido interno sin obedecerlo ciegamente. Que saben cuándo avanzar y cuándo detenerse. Que no le arrancaron los colmillos a su fuerza para ser aceptadas.
Roa las vio.
No con los ojos. Con el cuerpo.
—No tienen miedo —dijo—. Pero tampoco lastiman.
La bruja asintió.
Esas mujeres existieron siempre en los márgenes. No fueron celebradas ni nombradas. A veces fueron temidas. A veces imitadas en secreto. Eran las que ponían límites sin explicarse. Las que decían no sin elevar la voz. Las que sabían cuándo una situación ya había cruzado lo irreparable.
El equilibrio quebrado había hecho algo más:
había revelado el rastro de quienes eligieron no partirse para encajar.
Elna sintió una firmeza nueva en la espalda.
—Yo las he visto… pensé que eran duras.
La bruja negó.
—Son íntegras.
La fiera no es enemiga. Es guardiana. Advierte cuando algo amenaza la verdad interna. Protege cuando la palabra ya no alcanza. Enseña a ocupar espacio sin pedir disculpas.
Roa dio un paso al frente.
—Quiero aprender eso.
La bruja sonrió apenas.
—Ya lo estás haciendo.
Porque las que caminan con fieras no heredan el miedo.
Heredan presencia.
Y cuando el mundo cambia lo suficiente como para que el equilibrio ya no sostenga,
son ellas las que avanzan primero,
con la fiera despierta…
y la conciencia firme.