No guarda rencor.
No negocia.
No olvida.
El fuego no perdona porque no entiende de excusas. Solo reconoce lo verdadero y lo falso, lo vivo y lo que ya debería haberse soltado. Todo lo demás es humo.
La bruja lo sintió en el pecho antes de que el aire cambiara. El segundo rostro se encendió sin pedir permiso. No como llama descontrolada, sino como juicio antiguo que despierta cuando la traición vuelve a rozar la superficie.
—Esto no se puede suavizar —dijo.
Elna sintió el calor subirle por la garganta.
—¿Qué va a pasar?
La bruja no respondió de inmediato. Miró el claro, el bosque, la grieta que respiraba más rápido ahora. Miró a Roa.
—El fuego va a hacer lo que siempre hace —dijo al fin—. Va a separar.
El fuego no perdona a quienes usaron la memoria como herramienta de control. No porque castigue, sino porque desenmascara. Derrite las versiones cómodas. Deja expuestas las estructuras construidas sobre silencios ajenos.
El primer rostro recordaba las hogueras con claridad dolorosa.
El segundo aceptaba el precio.
El tercero sabía que no había vuelta atrás.
—¿Va a doler? —preguntó Elna.
La bruja asintió.
—A quien se benefició del silencio, sí.
El viento cambió de dirección con brusquedad. No trajo llamas visibles, pero el calor se volvió innegable, como si el mundo entero estuviera siendo acercado a una verdad demasiado intensa para seguir ignorándola.
Roa dio un paso adelante.
—No es rabia —dijo—. Es límite.
La bruja sonrió apenas.
—Exacto.
El fuego no perdona porque no está hecho para consolar. Está hecho para terminar ciclos. Para impedir que lo que ya fue visto vuelva a esconderse bajo nuevas palabras bonitas.
Elna respiró hondo.
—Entonces que arda lo que tenga que arder.
La bruja la miró con respeto.
—Eso también es valentía.
El calor se estabilizó. No creció. No se apagó. Se quedó justo en el punto necesario.
Porque cuando el fuego no perdona,
no busca destruir el mundo…
busca impedir que la mentira vuelva a llamarse cuidado.