No como la mente.
No con fechas ni imágenes completas.
La sangre recuerda en impulsos, en reacciones que no pasan por el pensamiento, en una certeza que aparece antes de cualquier explicación. La bruja lo sintió al ver a Roa detenerse de golpe y girar el cuerpo con una precisión que no había aprendido de nadie.
El primer rostro reconoció el gesto.
El segundo se mantuvo atento.
El tercero entendió.
—Ahí está —dijo.
Elna observó a su hija con una mezcla de asombro y temor.
—¿Qué es eso?
—La memoria que no fue escrita —respondió la bruja—. La que viaja intacta.
La sangre guarda lo que el lenguaje no pudo. Guarda rutas de protección, respuestas ante el peligro, formas de sostenerse cuando todo parece ceder. No es nostalgia. Es orientación.
Roa tocó su propio brazo.
—Siento que ya estuve aquí.
La bruja negó suavemente.
—No tú. Pero alguien que vive en ti.
Las mujeres del linaje no dejaron mapas ni instrucciones claras. Dejaron algo más eficaz: una sensibilidad afinada, una capacidad de reconocer cuándo algo no está bien, cuándo un límite fue cruzado, cuándo es momento de irse.
Eso vive en la sangre.
Elna cerró los ojos.
—Entonces no todo se perdió.
La bruja la miró con una calma profunda.
—Nada de lo que fue honrado se pierde.
El segundo rostro descansaba ahora. El primero ya no cargaba dolor. El tercero sostenía con firmeza una verdad simple: lo que se recuerda en la sangre no necesita ser defendido constantemente.
Roa sonrió apenas.
—Es como si supiera qué hacer sin pensar.
La bruja asintió.
—Eso es recordar bien.
El viento pasó suave entre los árboles, casi como una caricia. El bosque no observaba. Acompañaba.
Porque cuando la sangre recuerda,
la memoria deja de ser peso…
y se convierte en dirección.