No era hambre de carne.
Era hambre de lo falso.
La bruja lo sintió al caer la tarde, cuando el aire volvió a tensarse sin aviso. El segundo rostro se mantuvo firme. El primero observó con cautela. El tercero… cedió espacio.
—Ahora —dijo—. Este es su momento.
El rostro que devora no aparece siempre. Solo cuando algo insiste en permanecer después de haber sido visto. Solo cuando una mentira intenta disfrazarse de costumbre otra vez.
Elna sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué va a pasar?
La bruja no apartó la mirada del claro.
—Lo que ya no puede seguir existiendo… va a ser consumido.
No hubo gritos.
No hubo figuras monstruosas saliendo de la tierra.
Lo que fue devorado no tenía cuerpo.
Fueron ideas.
Mandatos.
Versiones torcidas de la historia que todavía flotaban en el aire como humo viejo.
El rostro que devora se activó dentro de la bruja como una fuerza silenciosa, precisa. No arrasó. Seleccionó. Se llevó lo que ya había cumplido su función y ahora solo estorbaba.
El segundo rostro no intervino.
El primero no se aferró.
El tercero sostuvo el límite exacto.
Roa observaba con atención absoluta.
—No duele —dijo—. Pero desaparece.
La bruja asintió.
—Eso es devorar bien.
El rostro que devora no castiga personas. Devora estructuras internas que ya no sostienen la verdad. Miedos heredados. Culpa inútil. Lealtades mal entendidas.
Elna respiró hondo y sintió algo soltarse en el pecho, como un nudo antiguo que por fin se deshacía sin resistencia.
—Siento alivio —susurró.
La bruja la miró.
—Porque no perdiste nada real.
El bosque exhaló con ellas. La grieta, a lo lejos, se aquietó por primera vez desde que todo comenzó.
El rostro que devora se retiró sin ceremonia.
Porque su función no es quedarse.
Es limpiar.
Y cuando termina su trabajo,
lo que queda no es vacío…
es espacio verdadero.