No llegó como castigo.
Llegó como verdad desnuda.
El precio final no se paga con sangre ni con fuego. Se paga con algo más difícil: irreversibilidad. Con aceptar que ya no hay retorno a la ignorancia, a la comodidad de no saber, al refugio de las viejas máscaras.
La bruja lo sintió al ponerse en marcha otra vez.
El primer rostro no miró atrás.
El segundo no protegió.
El tercero no calculó.
Porque ya no había nada que negociar.
—Esto es lo que cuesta —dijo, sin solemnidad.
Elna la miró.
—¿Qué?
—No volver a encajar donde antes encajabas.
El mundo después no expulsa; descoloca. Las palabras conocidas suenan distintas. Las relaciones que se sostenían en silencios cómodos comienzan a crujir. Las preguntas ya no se pueden evitar sin traicionarse.
Ese es el precio.
Roa caminaba con paso firme, ajena aún a algunas pérdidas que llegarían más tarde. La bruja la observó con una ternura sobria.
—Para ti será distinto —dijo—. Pero no gratis.
Elna sintió el peso asentarse en el pecho.
—Voy a perder cosas.
La bruja asintió.
—Sí. Y personas.
No por maldad. No por elección cruel. Sino porque la verdad sostenida cambia la geometría de los vínculos. Algunos no pueden —o no quieren— habitarla.
El primer rostro sintió el duelo.
El segundo sostuvo el límite.
El tercero aceptó el costo completo.
—¿Y vale la pena? —preguntó Elna.
La bruja no respondió enseguida. Miró el bosque, el camino abierto, el aire limpio después del último fuego.
—La pregunta real —dijo al fin— es si podrías pagar el precio contrario.
Elna entendió.
El precio final no es lo que se pierde afuera.
Es lo que se perdería adentro si se negara lo sabido.
Roa volvió la cabeza.
—Yo prefiero esto.
La bruja sonrió apenas.
—Entonces el precio está pagado.
Porque el precio final no se cobra una sola vez.
Se sostiene cada día,
con cada elección pequeña,
con cada silencio que ya no se acepta,
con cada verdad que no se traiciona.
Y una vez aceptado,
no hay deuda pendiente.