No se durmió.
Se sentó.
La bestia no desapareció cuando el pacto se cumplió. Tampoco se volvió dócil. Simplemente dejó de tensar el cuerpo contra un peligro constante que ya no estaba allí. La bruja lo sintió como se siente un músculo después del esfuerzo justo: presente, fuerte, en reposo consciente.
El primer rostro no temió perderla.
El segundo no la empujó.
El tercero reconoció el estado exacto.
—Así es como debía estar —dijo.
Elna observó el claro con una atención nueva. No buscaba amenazas. No buscaba señales. Caminaba sin ese sobresalto interno que antes la acompañaba incluso en la quietud.
—Ya no estoy alerta todo el tiempo —admitió—. Y eso… me asusta un poco.
La bruja asintió.
—Porque confundimos calma con vulnerabilidad.
La bestia en calma no baja la guardia. Descansa sin desaparecer. Está ahí, disponible, pero no empuja cada gesto, no muerde cada sombra. Ya no necesita demostrar nada.
Roa se sentó en el suelo, cruzó las piernas y cerró los ojos.
—Se siente tibio —dijo—. Como cuando algo te cuida sin tocarte.
La bruja sonrió apenas.
Eso era.
La bestia no había sido creada para vivir en guerra eterna. Fue despertada para poner límites, no para habitar el conflicto como hogar. Ahora, con el pacto cumplido y la verdad integrada, podía ocupar su lugar correcto: guardiana silenciosa, no amenaza permanente.
El bosque acompañaba esa calma sin ruido. No celebraba. No advertía. Confiaba.
Elna respiró hondo y sintió el cuerpo soltarse un poco más.
—Entonces… si vuelve a moverse…
La bruja completó la frase:
—Será porque de verdad hace falta.
El primer rostro no cargaba miedo.
El segundo no ardía.
El tercero descansaba sin vigilar.
La bestia en calma no se va.
Permanece al fondo,
con los ojos abiertos y el cuerpo suelto,
lista para levantarse solo si algo esencial vuelve a ser cruzado.
Y por primera vez,
esa calma no era silencio impuesto,
sino seguridad habitada.