No fue oscuridad.
Fue descanso.
La noche llegó sin peso, sin exigencia, sin esa atención tensa que había sostenido durante tanto tiempo. Ya no observaba. Ya no reclamaba. La noche, por primera vez, cerró los ojos.
La bruja lo sintió como se siente el final de una vigilia larga: el cuerpo aún despierto, pero el alma soltando el turno. El primer rostro no recordó. El segundo no vigiló. El tercero no sostuvo nada.
—Ya puede dormir —dijo en voz baja.
Elna se sentó junto al fuego apagado, envuelta en una calma que no conocía. No era alivio eufórico. Era quietud legítima, esa que llega cuando no queda nada pendiente por sostener.
—Nunca había sentido la noche así —confesó—. Siempre parecía… alerta.
La bruja asintió.
—Porque estuvo cuidando lo que nadie más cuidaba.
Roa se recostó sobre la tierra sin temor, con la confianza de quien sabe que nada va a irrumpir sin aviso. Su respiración se volvió profunda, acompasada.
—Es suave —murmuró—. Como si el mundo estuviera respirando con nosotras.
La noche cerró los ojos porque ya no hacía falta que observara por todos. Lo que fue visto estaba integrado. Lo que fue dicho había encontrado lugar. Lo que fue peligro ya no necesitaba sombra para esconderse.
El bosque se volvió fondo, no escenario.
El silencio se volvió cobija, no frontera.
La oscuridad dejó de ser contención forzada.
La bruja miró el cielo apenas visible entre las ramas.
—Cuando la noche cierra los ojos —dijo—, es porque confía.
Elna cerró los suyos también.
Por primera vez, no para huir del mundo,
sino para habitarlo sin defensa.
Y así, sin ritual ni testigos,
la noche descansó.
No porque todo estuviera resuelto,
sino porque todo estaba, al fin,
en manos capaces.