La bruja de porcelana 02: Inquebrantables

I. La serpiente del lago

El sonido del río era casi ensordecedor. El invierno había traído tantas lluvias que el río amenazaba con desbordarse en cualquier momento. Ahora mismo la gente con un poco de sentido común se mantenía alejada de la orilla y de sus alrededores. Solo los locos merodeaban cerca.

«Claro, solo los locos» pensó Deagal mientras jalaba las riendas de su caballo para que avance a la par del río. Ir en lomos de un caballo era un privilegio guardado solo para los líderes de batallón. Debería sentirse muy orgulloso, pero en realidad se sentía ligeramente ¿asustado? Sacudió la cabeza, buscando una palabra mejor. «Nervioso» esa sí era la correcta.

Estaba nervioso por fallar en la misión más importante de su vida. Después de todo, era la primera vez que su líder confiaba en él para dirigir el batallón. Deagal, era el segundo al mando, pero aun así no tenía dominio elemental. Así que la supervivencia de sus compañeros y amigos pesaban demasiado sobre sus hombros.

Deagal jaló más las riendas y apretó las piernas, Luz verdadera, el caballo, se encabritaba cada vez más. Intentando pararse en sus dos patas para huir o volver con su verdadero amo. Sea como sea, el caballo tenía más instinto de supervivencia que él.

Respiró profundo dejando que el frío aire llenara sus pulmones y rodeó con fuerza el cuello del animal. Luz verdadera echó a correr como alma que lleva el diablo.

Deagal, ¿dónde estás? —preguntó su capitán.

Su voz le llegó directamente a su cabeza gracias a la red de consciencias. Una de las herramientas mágicas que diferenciaba a los Inquebrantables de cualquier otro ejército.

Llegando al lago —respondió.

No hubo respuesta. Lo que significa que todo marchaba bien.

Mientras más se acercaba al lago más bravas se volvían las aguas. Lo que antes había sido un lago tranquilo con hermosas aguas azules, se había convertido en la réplica de un mar enfurecido. Olas gigantes que golpeaban la costa llevando árboles, pastizales, animales y campesinos a su paso.

Luz verdadera relinchó y logró pararse en dos patas. Deagal estuvo a punto de caerse y supo en ese momento que no habría fuerza humana que lo obligara a acercarse más. Mucho menos cuando un inoportuno rayo iluminó el cielo y mostró en toda su grandiosidad a la serpiente gigante.

Deagal se quedó impresionado. Jamás había visto nada semejante. Sus manos dejaron de presionar las riendas y se quedó mirando al monstruo. Su cabeza era semejante a la de una cobra y de sus dientes caían hilos de veneno que caían sobre el lago. Una parte de su cola azotaba la tierra alrededor y en su punta tenía una especie de cascabel que dejaba hoyos profundos donde golpeaba.

Era un ser extremadamente peligroso que había llevado destrucción a kilómetros a la redonda y eso que gran parte de su cuerpo seguía aprisionado.

Se retorcía y golpeaba contra el fondo del lago levantando el cieno y todo lo que por siglos había permanecido escondido. Algo o alguien, sospechaban de los brujos caóticos, había perturbado su largo sueño y ahora solo buscaba escapar. Si lo lograba su principal objetivo sería Likama, una ciudad que, aunque pequeña albergaba miles de personas.

Jaló las riendas y detuvo al caballo. Consideró sus opciones y supo que no podría solo

Señor... — susurró esperando con paciencia que se conectara a la red de consciencias. Sintió ese cosquilleó dentro de su cabeza y supo que lo estaba escuchando —. Necesito ayuda. Tengo que acercarme.

La respuesta no llegó con palabras. A su lado se elevó un buen trozo de tierra que no tardó en solidificarse en una pequeña plataforma de forma romboidal y bordes lisos.

Deagal no esperó más, se bajó del caballo y le dio una palmadita en el flanco como despedida. Sabía que Luz verdadera volvería a casa. Estiró un poco las piernas y flexionó los brazos para quitarse la tensión de sus músculos agarrotados.

Cuando estuvo listo dio un salto perfecto hacia la plataforma. Sus botas apenas hicieron ruido. Golpeó con los nudillos la tierra y se preparó.

La plataforma se elevó en el cielo y conforme subía iba perdiendo material, lo que no preocupó a Deagal. Habían practicado miles de veces ese ejercicio. Cuando la plataforma ya era demasiado delgada y sin esperar a que se formara otra nueva, el joven se lanzó hacia adelante.

Su pie no tardó en sentir la seguridad de la nueva porción de tierra que su líder creó para que siguiera avanzando. Con una sonrisa de absoluta confianza comenzó a correr. No habría nada que lo detuviera.

Recorrió los metros que lo separaban de la gran serpiente corriendo en el cielo. Los bloques de tierra le servían como impulso que se formaban y destruían con la rapidez de un parpadeo. Las lluvia lo golpeaba por todas partes cada vez con más fuerza. Pronto estuvo completamente empapado, pero gracias a la adrenalina no sentía el frío.

En poco tiempo se enfrentaría a la cabeza de la serpiente. Deagal tendría que saltar, así que repasó mentalmente el símbolo que necesitaba y se lanzó a la acción.

La serpiente lo percibió por el rabillo del ojo y sacudió su cabeza justo cuando Deagal se lanzaba hacia ella. Era imposible ya cambiar su trayectoria y por más que lo intentó, su manejo sobre los elementos no funcionó. Así que giró como pudo su cuerpo mientras caía a una velocidad vertiginosa.




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