Wilkin estaba en el campamento realizando algunos ejercicios de calentamiento. Se preparaba física y mentalmente para recibir a uno de los suyos, al subcomandante Daegal.
Al ser el médico del batallón pocas veces salía a misiones de campo, aunque se encargaba de la salud de todos. Como siempre se decía: «Cuerpo sano es mente sana» y justamente la mente era de las más importantes para los Inquebrantables.
Después de todo funcionaban como una colmena, sus integrantes se consideraban entre ellos hermanos y estaban en constante comunicación. Por supuesto, también tenían a su reina, aunque en este caso era un hombre, el comandante. Él manejaba los elementos, recibía mensajes de otros comandantes y por supuesto, curaba. Estando los dos últimos dones unidos intrínsecamente con la red de consciencias. Por lo tanto, si traía a Deagal al campamento era por algo muy malo.
Wilkin terminó su entrenamiento matutino. Se vistió y preparó con cuidado todo lo que podría necesitar. Rezó en silencio a su Dios, pidiéndole fuerzas para enfrentar a lo desconocido y poder ayudar a su hermano.
El trotar de un caballo hizo que saliera de su tienda. El sol se había asomado ligeramente entre las nubes oscuras, aunque no era lo suficiente para calentar a nadie, ni a nada. En el horizonte y a toda velocidad venía galopando Luz verdadera con el comandante.
Cuando se acercó lo suficiente, el médico pudo reconocer a Daegal. El hombre venía inconsciente entre los brazos de Emil. Wilkin de inmediato ordenó a otros de sus hermanos que ayudaran a sostener al subcomandante.
Luz verdadera se detuvo a pocos pasos de él. Parecía la aparición de un ser divino con su pelaje negro brillante que destacaba por la humedad, sus largas crines pegadas al cuerpo y el vapor que salía de sus fosas nasales. El caballo era enorme y no dejaba de mover su pata delantera en señal de ansiedad. Solo la mano firme del comandante evitaba que continuara galopando.
Emil no se quedaba atrás. Su cabello oscurecido por la lluvia y su mirada seria lo hacía lucir mayor de lo que era. Generalmente, Emil era considerado un hombre muy joven que no pasaría de los 20 años.
—Daegal ha sido envenenado—dijo sujetando con sus fuertes brazos la cabeza del herido y moviéndola con delicadeza —Ha perdido la consciencia.
Wilkin asintió. La magia de curación solo funcionaba cuando el paciente estaba consciente.
El médico sujetó por los hombros a Deagal y junto con tres soldados más lo bajaron. Emil no tardó en hacer lo propio y acompañarlos hasta la camilla que tenían preparada.
—No me fijé antes —aclaró Emil mientras Wilkin tomaba los signos vitales de su paciente. El ritmo de su respiración era lento en comparación con el latido del corazón.
—Pensé que estaba bien —añadió el comandante cruzándose de brazos e intentando parecer indiferente.
Lo cierto era que todos estaban conscientes de su preocupación por los demás. Emil, siempre se preocupaba demasiado y, además, cargaba con culpas que a veces no se merecía.
—Logró hacer el símbolo en la serpiente, pero no logró activarla. Además, creo que el veneno de su piel ha logrado penetrar su uniforme.
Wilkin le dio una palmadita en el hombro, haciéndole saber que lo entendía. Sin más distracciones, se enfocó en el sudoroso Deagal y le quitó con mucho cuidado su armadura y uniforme. No sabía que el veneno de la serpiente podía ser tan potente.
Dejó caer las prendas al suelo y llamó a Alan, su ayudante médico.
—Hay que bañarlo. Prepara lo más rápido que puedas el agua. No puede estar helada.
De por sí, su paciente ya tenía los labios azulados. La lluvia mezclada con el sudor había enfriado su piel, así que no podía arriesgarse a que sufriera de hipotermia.
Mientras tanto comenzó a limpiar su piel con toallas humedecidas. Tenían que limpiar todo rastro de veneno que hubiera llegado al cuerpo. Esperaba que la parte absorbida no venciera al cuerpo de Deagal que desde ya intentaba defenderse contra las toxinas.
Mientras él se enfocaba en su tarea, Emil abandonó el campamento sin despedirse. Wilkin lo vio alejarse y rezó por él en silencio. Emil era muy joven y cargaba sobre sus hombros una especie de culpa que a veces lo llevaba a tomar decisiones precipitadas y hasta peligrosas consigo mismo.
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Editado: 13.09.2026