La bruja de porcelana 02: Inquebrantables

III. Razones mortales

Emil luchó por no regresarse a ver, no podía enfocarse solo en la salud de Deagal. Después de todo, Wilkin tenía su trabajo y él el suyo.

Se paso una mano por el pelo mojado y se molestó en encontrarlo demasiado largo. Aunque quizá esa angustia no era por su cabello. Afortunadamente, no estaba conectado a la red de consciencias, así que sus pensamientos eran suyos y de nadie más.

No dejaba de recordar que no era la primera vez que llevaba en sus brazos a un amigo caído. No era que desconfiara de Wilkin, solo que no podía evitar imaginarse lo peor. Odiaba sentirse impotente como esa vez…

Se suponía que ahora era un jefe, un líder de batallón, no debía sentirse así de inútil. Como siempre hacía cuando estaba nervioso se llevó una mano hacia su relicario y lo acarició.

Su relicario tenía forma de cofre del tesoro y desde que decidió irse lo llevaba consigo. Sintió el calor que emanaba y la magia cosquilleó entre sus dedos. Una magia que nadie parecía recordar o entender.

Respiró profundo y continuó con su camino, aunque con cada paso su espada decidió golpearle ligeramente la cadera como afanada en recordarle que no era suya. recordándole que la llevaba. Era tan pesada como el primer día que la levantó. Un poco molesto la tomó de la empuñadura y repasó sus dedos en el símbolo de Mosika.

Pensar en esa ciudad era demasiado. Simplemente, no podía regresar a un lugar que había arruinado. Volvió a respirar profundo y entró en su tienda de campaña. Necesitaba asegurarse que el símbolo que Deagal hizo en la serpiente era el correcto.

Se conectó a la red de consciencias y al hacerlo un ligero temblor recorrió su espalda. Todavía temía ser tan abierto sobre sus pensamientos. Se dejó guiar por la corriente hasta buscar su conexión con Hawise.

Cuando entró en la conexión, la red de consciencias le permitió ver su rostro arrugado y sonrisa desdentada. Hawise estaba al otro lado del continente y aun así, su imagen y voz eran nítida.

¿Hawise? —preguntó para asegurarse que la maga lo escuchaba.

Dime, pequeño.

Emil apretó la mandíbula odiaba que lo llamara así. Hawise lo sabía muy bien, pero disfrutaba martirizándolo, incluso le guiñó un ojo.

¿Así que hoy vas a ser…? —preguntó Emil aclarándose la garganta

¿Una molestia? —interrumpió Hawise concentrándose en los objetos de su mesa.

Hawise era por decir lo menos extravagante, una maga de edad incierta que veía la vida de una forma incomprensible. Siempre ocupada con sus propios experimentos, solía tener frascos llenos de: ojos de sapo, esqueletos diminutos, conchas de mar e incluso arena.

Era como una bruja sacada de los cuentos de hadas, aunque ella era buena. Bueno, en lo máximo que puede ser una persona.

No —respondió Emil con paciencia —. Me iba a referir a tu apariencia.

Hawise se rio entre dientes y se encogió de hombros. Ella decidía sobre su apariencia, a veces era joven y otras anciana, sin embargo, eso variaba según su estado de ánimo que por supuesto, era impredecible.

Ten cuidado, muchacho. No me gustaría enviarte otra tarea especial.

Emil resopló. Todavía le dolía la espalda por estar buscando y recogiendo 200 piedras en forma de corazón él solito. Eso porque Hawise no estaba de humor para escucharlo y necesitaba un «incentivo».

Hawise, esto es importante.

Todos lo dicen —respondió ella concentrándose de pronto en una bola de cristal y buscando una especie de puntos brillantes entre los cajones.

Está bien —dijo Emil levantando las manos en señal de rendición —. Solo quiero saber si Deagal hizo el símbolo correctamente.

La maga encontró lo que buscaba y se tomó un momento para mirarle y juzgarle. Sus ojos se estrecharon y sonrió.

Eso no es lo único que me dicen tus pensamientos —dijo lanzando los puntos brillantes hacia arriba y con un movimiento de su otra mano pegándoles en la bola de cristal.

Emil volvió a apretar la mandíbula. Odiaba eso de Hawise. Ella era la única que podía leer sus pensamientos con tanta facilidad. Además, ni siquiera se esforzaba, era como si sus defensas fueran nulas ante ella. Lo peor era que de alguna forma, esa forma de sentirse expuesto, le recordaba a los Magics.

Ay, no te pongas nervioso, cariño. Ya sabes que conozco todos tus secretos —dijo con su sonrisa destentada.

El comandante suspiró, era cierto. Hawise lo había sabido todo desde el primer día, pero eso no lo hacía más fácil.

Hawise, por favor. Solo necesito saber si Deagal lo logró ¿Me ayudarías o no?

¿Dudas de tus hermanos? —preguntó ella alzando una de sus cejas.

Nunca —contestó él con determinación. Sería muchas cosas… pero no desconfiado con sus hermanos.

No te mientas —respondió Hawise con una sonrisa burlona —Ambos sabemos que no es así.

No desconfío de ellos —aclaró Emil —Yo solo… no…




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