Emil escogió personalmente a cuatro Inquebrantables, además de él para terminar la misión. Consideró que ellos serían suficiente. Acarició a Luz verdadera para transmitirle algo de su tranquilidad. Lo cierto era que esta primera misión no solo era la primera para los Inquebrantables de su batallón, sino también para el equino. Así que la gran bestia no dejaba de moverse nervioso y agitar continuamente sus orejas.
—Tranquilo, bonito —dijo Emil dándole palmaditas en el cuello.
Sus crines largas y sedosas estaban enredadas entre sí y caían sin gloria sobre su cuerpo. Emil pasó sus dedos intentando peinarlo, pero fue inútil.
—Un intento más. Tú puedes, bonito.
Preparó con cuidado la silla y se aseguró que estuviera bien sujeta. Se colocó el casco y acomodó su relicario para que quedara oculto bajo su cota de malla. Tenía que asegurarse de vencer a esa serpiente porque si no… Una imagen fugaz de Cassian riéndose hizo que apretara la mandíbula. Sin más espera llamó a sus elegidos.
Luz verdadera comenzó a galopar mientras que sus hermanos volaban a su lado, utilizando las plataformas de tierra que Emil creaba.
Muy lejos, una niña curiosa se acercaba hacia la antigua laguna. Sabía que era peligroso, pero tenía esa edad donde la curiosidad justificaba cualquier peligro. Además, había escuchado que los Inquebrantables estaban luchando contra el monstruo.
La pequeña llevaba sus ropas más abrigadas y una capucha que cubría su cabeza de la atronadora lluvia. Caminaba en medio del bosque, intentando convencerse de que no tenía miedo. Su corazón revelaba la verdad. Era posible que la lluvia enmascarara cualquier sonido, pero el constante martilleo de su corazón no era uno de esos.
Sin embargo, desde que se desató la pesadilla de los Magics, todos vivían con miedo y ella estaba cansada de sentirlo. Simplemente, quería ver a los Inquebrantables. Todos en su pueblo hablaban de ellos, de que eran valientes y que los salvarían de la magia del Caos. Para ella esos soldados sonaban a verdaderas leyendas.
La pequeña esperaba ver a los Inquebrantables derrotar a la serpiente y quizá entonces… entonces ya no tuviera tanto miedo y pesadillas.
Caminó hasta dónde su valentía le alcanzó y se detuvo entre unos fuertes árboles cuyas copas se movían de un lado para el otro por culpa del viento. El sonido del río era tan atronador que parecía como que un demonio muy antiguo gritara. La niña se sacó los guantes como pudo y buscó un buen árbol para trepar.
Observó durante un momento sus delgadas manos, pálidas por el frío y movió poco a poco los dedos. Tenía por todas partes pequeños cortes y cicatrices. Desde pequeña se había acostumbrado a subirse a los árboles como un mono, aunque últimamente no salía mucho de casa. Sus manos se sentían ásperas y sus músculos sin fuerzas. Por milésima vez se preguntó si valía la pena. Un rugido diferente y escalofriante rompió su tranquilidad, lo que le produjo un susto terrible. Así que se lanzó como pudo al árbol, convenciéndose de que al menos ahí estaría más segura.
Clavó como pudo sus uñas en la corteza y buscó un lugar apropiado para colocar sus pies. La lluvia dificultaba su trabajo haciendo que constantemente se resbalara y se raspara los codos. Llevaba ya varias astillas clavadas en su piel y tardó más tiempo de lo que pensaba en llegar a una rama lo suficientemente estable para pararse. Cuando la alcanzó, logró seguir subiendo, saltando de rama en rama.
Llegó hasta la copa del árbol y miró a su alrededor. Había escogido uno de los árboles más altos del lugar. Se demoró en orientarse un poquito. Lo que le pareció hasta tonto considerando que la serpiente medía unos 20 o 25 metros y se alzaba aterradoramente sobre ella. Un grito ahogado escapó de sus finos labios y estuvo a punto de soltarse de la rama. Rezó en silencio para que pudieran derrotarlo.
Se colocó de nuevo la capucha y se dedicó a mirar toda la destrucción. Nunca había visto nada semejante. Los árboles estaban partidos por la mitad sin importar el ancho de su tronco y la tierra volaba metros como si fuera simple arena.
Se quedó embelesada en esa destrucción cerca de media hora cuando algo llamó su atención. Se paró como pudo de puntillas para ver mejor y se refregó los ojos para asegurarse de que lo que veía no era una ilusión.
Un guerrero que parecía apenas un puntito lejano se elevaba por los aires. Parecía correr en el cielo mismo. La serpiente no tardó en encontrarlo y girarse furiosa abriendo sus fauces.
El guerrero danzó en el aire para evitar ser tragado, moviéndose con gran agilidad por el cielo abierto. Mientras su compañero volaba, otro Inquebrantable apareció en el campo de batalla. También estaba volando, pero venía en dirección completamente opuesta, aprovechando la distracción de la serpiente. Entre sus manos llevaba una gran espada y tenía la clara intención de decapitar a la criatura.
La niña comenzó a morderse las uñas contando los segundos para que llegara. Sin embargo, la serpiente pareció detectar su olor y giró repentinamente la cabeza. El guerrero pasó a centímetros de sus fauces y se golpeó con parte de su cuerpo. La pequeña espectadora gritó, aunque su voz quedó opacada entre tanto caos.
Un tercero soldado se unió a la lucha y esta vez alcanzó a golpear la cabeza de la bestia. Su espada se estrelló contra las duras escamas, sacando chispas blancas brillantes por toda la superficie del cráneo. Lo intentaron de nuevo unas tres o cuatro veces, cada vez que alguien golpeaba se encontraba con la armadura natural de la bestia: sus escamas.
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Editado: 13.09.2026