La brisa ligera le daba una sensación grata. Era como la cereza de un pastel especialmente hermoso. Emil estaba sentado en la orilla del riachuelo, sintiendo la corriente entre los dedos de sus pies. Había querido hablar con Hawise, pero la bruja se había negado en rotundo a recibirlo, incluso ordenó que dejara el frasco con veneno en la puerta.
El comandante intentaba evitar que eso arruinara su humor. Después de todo, pronto se llevaría a cabo una reunión importante y él quería aparentar ser lo más sensato posible.
Así que había decidió descansar en el riachuelo. Esa oficialmente era tierra de Hawise y más allá un puente de madera la separaba del hogar de los Inquebrantables, un castillo enorme de piedra y murallas tan altas que ocultaban las montañas.
Emil estaba admirando el movimiento de la hierba cuando vio a Deagal acercándose hacía él. El subcomandante tenía la cabeza gacha y Emil con una mirada supo el por qué. Adoptó una pose más relajada y con señas le invitó a sentarse a su lado.
—Amigo —saludó con una sonrisa —. ¿Qué te trae a mi lado?
Deagal suspiró y se acomodó. Desviando la mirada hacia la pequeña corriente de agua.
—Te debo una disculpa —dijo.
—¿Por qué? —preguntó Emil fingiendo que no sabía la respuesta.
Su amigo regresó a mirarlo y una pequeña sonrisa curvó sus labios.
—Ya lo sabes —dijo.
Todo su batallón se había conocido casi al mismo tiempo, hombres de todas las partes del continente habían escuchado y respondido la llamada para unirse a los Inquebrantables. Fueron cinco largos años de entrenamiento donde su vínculo fue lo que más se desarrolló. Emil y Deagal fueron como uña y mugre desde el principio.
—Claro que sí, pero quiero que tú me digas.
—Bien —respondió Deagal abatido —. Lo siento por la batalla, por no poder controlar la magia.
El subcomandante tomó un puñado de hierba y la arrojó al aire. Él era un buen hombre, pero sin duda estaba frustrado.
—Es que no entiendo —se sinceró después de un rato en silencio —. No entiendo porque se me hace tan difícil.
Emil le dio una palmadita en la espalda.
—No creo que te estés haciendo la pregunta correcta.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a qué quizá la pregunta es: ¿por qué para mi es tan fácil?
Su pregunta podría parecer egoísta sin el contexto adecuado, lo que sucedía era que Emil ya se había topado con la magia antes y conocía sus fundamentos. Aprender magia elemental se le había hecho más sencillo que a muchos otros.
—No me hagas sentir peor con tu talento —bromeó Deagal cruzándose de brazos.
—Solo digo que te tengas paciencia.
Tras decir eso, se le ocurrió una idea. Invitó a su amigo a quitarse los zapatos y meter los pies en el riachuelo.
—Dime, ¿qué sientes? —preguntó Emil.
—Frío —respondió Deagal con una mueca.
Emil le golpeó amistosamente en la parte de atrás de la cabeza.
—No te burles. Te estoy intentando enseñar.
—Auch. Eres peor maestro que Hawise —se quejó Deagal fingiendo enfado.
—Vamos, no seas quejoso. ¿Qué sientes?
Deagal suspiró y cerró los ojos. Su rostro era de tal concentración y esfuerzo que Emil tuvo que aguantarse la risa. Su pobre amigo se esforzaba demasiado.
—No siento nada —respondió el subcomandante lanzando una patada dentro del agua.
A Emil no le sorprendió. Tomó su mano y en la palma movió su dedo a milímetro de tocarla.
—¿Sientes algo?
—Claro, tu dedo —respondió Deagal virando los ojos
—Pero yo no te tocó.
El subcomandante abrió mucho los ojos y se fijó mejor en su mano. Frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—Eso es lo que debes sentir —dijo Emil, antes de que alguna suposición de su amigo lo desvíe del punto —. Cuando metes la mano o los pies en el agua, el agua se adapta, te acepta, te rodea, te empuja. Vuelve a intentarlo, ¿qué sientes?
El subcomandante suspiró y volvió a cerrar los ojos. Su rostro estaba ligeramente más relajado.
—Creo que… creo que siento menos peso —dijo abriendo los ojos y mirándolo. Esperaba alguna confirmación, pero Emil no pudo contestarle.
Había visto llegar al último batallón de Inquebrantables que estaban esperando. En una media hora sería la reunión y tenía que prepararse.
—Hora de irse —dijo a Deagal tomando sus botas —. Ya sabes dónde buscarme.
Dentro de una hora recibieron la llamada de Hawise y Emil junto con su subcomandante se dirigieron con rapidez hacia el salón central. El lugar más grande dentro del castillo, donde lo que más destacaba era la enorme mesa de juntas.
La mesa era de caoba, pesada, lisa y perfectamente equilibrada. Cubría de punta a punta el salón y a sus lados se disponían treinta sillas. Todo parecía ser la obra maestra de algún mago artesano que se había dedicado a tallar con perfección cada símbolo y runa que daba a todo el salón un aire místico.
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Editado: 13.09.2026