Deagal se reunió con sus hermanos de batallón. Fue sin Emil porque su amigo estaba furioso y definitivamente no estaba de humor para socializar. Así que por seguridad nadie debía molestarlo.
—¿Qué tal les fue? —preguntó Mendo apenas lo vio.
Todos se habían reunido en una taberna para celebrar su éxito en la primera misión. Las jarras de cerveza vacías, cantos entusiastas y risas atronadoras indicaban que la celebración inició muy temprano. Es más, Mendo le alcanzó una espumosa cerveza antes siquiera de escuchar la respuesta.
No era común que los Inquebrantables bebiesen, pero a veces había excepciones. Después de todo, estaban en la seguridad de su hogar.
—Pudo haber ido peor —respondió el subcomandante tomando asiento al lado de Gerard y dándole un trago a su bebida.
—¿Tan malo? —preguntó Gerard.
Gerard era uno de los más fuertes y responsables miembros del batallón. Su barba y cabello pelirrojos parecían brillar como fuego en la batalla. Además, era de los pocos que habían tenido un linaje algo noble.
—Bueno, Emil se molestó. Quería enfrentar a Cassian.
Al escuchar ese nombre Mendo hizo una mueca y se dio la vuelta. Aseguró que buscaría compañeros que no arruinaran el ambiente. Mendo era así, relajado y siempre positivo. Si necesitabas a alguien para divertirte, él era la opción. Pronto se reunió con Alan y Leaf que entonaban una canción sin mucho sentido y peor ritmo. Lo único que se les entendía era el nombre del capitán y su buen juicio.
Deagal tomó un gran trago de cerveza y sacudió la cabeza. Emil era muy bueno en la magia, era valiente y poderoso, pero eso no quitaba el hecho de que a veces era un cabezotas. Todavía no podía creer lo que había dicho en la reunión. ¿Desafiar a los comandantes de ese modo? ¡Dioses! A veces no entendía a su amigo.
Wilkin lo vio desde el otro lado del salón y se acercó a él. El médico era de los más sensatos y francamente siempre era bueno tenerlo a su lado.
—Así que enfrentarse a los brujos del Caos… —murmuró Gerard tras saludar al doctor.
—¿A los Magics? ¿Los enfrentaremos tan pronto? —preguntó Wilkin genuinamente preocupado.
—Eso quería nuestro comandante —aclaró Deagal.
—Vaya —murmuró el médico.
—Me alegro de que se lo hayan impedido —dijo Gerard con determinación, ganándose una mirada de desaprobación de Wilkin y un suspiro de Deagal.
—Vamos, es cierto. Nuestra primera misión casi fue un desastre —continuó el soldado —. Deagal casi se muere y Gage fue tragado. ¡Imagínense que podría pasar con los Magics!
Deagal no podía refutarlo. Tenía toda la razón. Podrían ser poderosos, pero sin duda, su experiencia era escaza. ¡Él al menos ni controlaba los elementos!
—Bueno, pues ahora nos asignarán alguna otra cosa —murmuró.
—Por cierto, doctor. ¿Dónde está nuestro amigo Gage? —preguntó Gerard desviando la conversación.
Deagal dejó de prestarles atención y se concentró en beber la cerveza. Había algo refrescante en su dulzor. Le permitía desconectarse un poco del mundo y disfrutar de la compañía de sus hermanos.
Al cabo de la quinta o sexta pinta, se había olvidado por completo del tema y bailaba alegremente dando saltos y subiéndose a algunas mesas. Se quedaron hasta que el tabernero los mando sacando.
Medio mareado y confuso Deagal siguió a Mendo hasta la aldea. Dejó a su amigo en una de las esquinas e intentó orientarse. La sombra del castillo se veía lejana y por más que intentara acordarse, no era capaz de decidir si continuar recto o girar a la izquierda.
Lo cierto era que jamás había recorrido ese camino borracho pues la última vez que había celebrado algo estaba con Emil y él era lo suficientemente sensato como para sacarlo antes de que se olvidara su nombre.
A trompicones continuó caminando recto. El camino de tierra estaba remojado por la lluvia ligera del día anterior y en algunas zonas resultaba resbaloso. Así que se cayó más veces de lo que pudo contar. La última vez que se tropezó, terminó con la cara a centímetro de un riachuelo. Se quedó un momento mirando su frío reflejo en el lago y un escalofrío recorrió su cuerpo. Hace mucho que no se veía tan mal. El susto de recordar quien era o más bien quien fue casi le quitó la borrachera.
Al menos lo suficiente para recordar el camino. Así que apesadumbrado llegó al castillo y casi fue capaz de subir todas las gradas sin tropezarse. Los Inquebrantables de turno lo saludaron con respeto, aunque Deagal sintió sus ojos juzgadores siguiéndole todo el patio hasta que llegó a las escaleras.
En el segundo piso, las luces que se colaban bajo la puerta revelaban que algunos comandantes estaban en reunión. Así que intentó pasar lo más desapercibido posible. No imaginaba escenario más vergonzoso que ser descubierto en ese estado.
Estaba dando la vuelta para subir al tercer piso donde se encontraban su habitación se percató de una extraña luz.
Deagal se detuvo y percibiendo que algo raro estaba pasando se deslizó silenciosamente hasta la pared. El castillo podía tener miles de antorchas, pero continuaba teniendo zonas oscuras que podían ocultar por completo a una persona.
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Editado: 13.09.2026