Una luz deslumbrante lo sacó del mar de pesadillas que lo atormentaba. Poco a poco fue recordando lo sucedido el día anterior. El reflejo, la luz y sobre todo la sangre. Apenas la sintió en las manos…. Su cuerpo se sacudió con un sobresalto y pareció paralizarlo todo, incluso su terrible dolor de cabeza se detuvo.
No tenía ni idea de cómo había llegado a su habitación. Tampoco estaba seguro de querer saberlo. Lo único que sabía era que la noche anterior fue un desastre. Respiró profundo y con todo el valor que tuvo se metió en la maraña de sus recuerdos.
Cuando llegó a Emil, se levantó de golpe. Su cabeza dio vueltas y vueltas y sintió como las náuseas dominaban todo su cuerpo. Se quedó un momento sentado y volvió a cuestionarse si todo era real. Sin embargo, cuando recordó a Emil, se convenció de que debía ser así porque el peso de su cuerpo, la fría desazón de su mirada, la forma en que hablaba, era él. No era una ilusión. ¡No lo era!
Convencido, se levantó como pudo de la cama y se dio cuenta de que solo llevaba un zapato y que toda su ropa estaba llena de barro, sin embargo, no había ni una pizca de sangre. Ni en sus manos, ni en su camisa, solo en su recuerdo y en su nariz. Siempre sería capaz de distinguir ese olor y no pensaba que el alcohol hiciera tan fuertes alucinaciones.
Tardó unos desesperantes veinte minutos en arreglarse y estar medio presentable. Después bajó tan rápido como pudo y aporreó la puerta del dormitorio de Emil. Varios comandantes lo miraron extraño y él no se hubiera detenido si no hubiera sido por Marshal.
El comandante apenas lo vio se acercó a él y se apoyó cruzado de brazos. No en forma amenazadora, más bien como un viejo amigo, aunque lo cierto era que de amigo era más de Emil.
—Felicitaciones, Deagal —dijo con amabilidad.
—¿Por qué? —preguntó el subcomandante. Pues había estado tan enfocado intentando conectar con Emil a través de la red de consciencias que se había olvidado de todo.
—Por la primera misión, por supuesto.
—Ah, eso. Sí… no hay mucho que contar —dijo Deagal y se preparó para empujar la puerta.
—Oye, yo no haría eso, si fuera tú —advirtió Marshal.
—¿Dónde diablos está Emil? —murmuró Deagal, ignorándolo.
—En el patio de armas —respondió Marshal, sujetándolo con amabilidad del codo.
Deagal se regresó a verlo sorprendido. Antes de decir algo, su cabeza decidió incrementar su dolor y darle unas deliciosas punzadas en las sienes. No podía creer a Marshal y, sin embargo, tampoco podía encontrar motivos para no hacerlo.
Sin responder echó a correr escaleras abajo, cruzó las caballerizas y se encontró rápidamente con un grupo de Inquebrantables entrenando. Entre ellos estaba Emil con varios de los suyos.
Deagal corrió hacia él y lo abrazó estrechándolo entre sus brazos. Tomó a su amigo de improvisto, así que no se sorprendió que Emil le contestara con quejas e intentos de soltarse bruscamente.
—¡Por todos los cielos! ¡Qué te pasa! —exclamó Emil mientras Deagal se afanaba en buscar en el cuerpo de su amigo alguna lesión o herida que justifiquen la sangre del día anterior.
—¡¿Qué me pasa a mí?! Más bien, ¿qué pasó contigo ayer?
—¿Por lo de la reunión? —preguntó su amigo frunciendo las cejas —. Si quieres que me retracte, no lo…
—No, no, la reunión me da igual. Ayer en la noche. ¿Qué fue esa luz y…?
Emil le miraba tan extrañado que Deagal se sintió avergonzado y dudó en continuar su pregunta.
—Deagal, no sé de que estás hablando —dijo con tranquilidad —. Ayer no te vi más después de la reunión. ¿No fuiste a festejar con los muchachos?
Claro que lo había hecho, pero había regresado. Volvió a repasar sus recuerdos y de nuevo se miró las manos. Sin rastro de sangre. Emil tampoco estaba herido. ¿Qué había pasado?
—Quizá bebiste demasiado —añadió Wilkin que curiosamente estaba entre los que entrenaban.
—Sí, pero el alcohol… no puede… ¡Fue muy real! Se lo que vi. Algo o alguien te atacó. ¡Hablabas! —se volteó en busca del apoyo de Emil, pero de nuevo su amigo le miraba confundido.
—¿Estás bien? —le preguntó con genuina preocupación. Wilkin también se acercó a él y se cruzó de brazos.
—Quizá es un efecto secundario del veneno —añadió el médico tomándolo amistosamente del hombro —. Después de todo, no sabemos que puede causar a largo plazo.
Emil asintió. Deagal quería refutar algo, pero la teoría sonaba demasiado cuerda.
—¿Por qué no vas a la enfermería con Wilkin? —preguntó Emil.
Deagal asintió y estaba por irse con Wilkin cuando recordó otra cosa más.
—¿Por qué no te conectaste antes a la red de consciencias?
—Estaba enfadado —contestó —. Solo quería estar tranquilo.
—Eso ayer, pero hoy. Fui a buscarte a tu habitación y no sentí tu conexión.
—Ah, eso —dijo Wilkin —. Hace poco terminamos un entrenamiento sin conexiones. Ya sabes, un ejercicio de comunicación.
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Editado: 13.09.2026