El camino era largo y muy aburrido. Casi no había descansos así que hasta atravesar la zona montañosa los guerreros se dedicaban a cantar.
Deagal era el que marcaba el ritmo y Mendo el que se dedicaba a la improvisación. Comenzaron cantando sobre la gloria, la batalla y la lealtad. Sus voces recordándoles lo que eran y por qué seguían caminando. Conforme pasaron las horas, la voz e inspiración de Mendo fueron apagándose hasta que quedaron burdas letras sin sentido. Antes de callarse, canto dulcemente sobre una pobre ardilla muerta que encontraron por el camino.
El sol salió y se ocultó mientras ellos continuaban caminando. No hubo pausas para comer, ni para descansar y aunque los Inquebrantables procuraban hacer honor a su nombre, seguían siendo humanos.
Emil era ignorante de todo eso porque no estaba conectado a la red de consciencias. Así que no escuchó ninguna canción, ni se unió a las risas, iba demasiado ensimismado. Montando a Luz verdadera iba a paso tranquilo recorriendo camino tras camino.
Se dirigían a la ciudad de Kozanga conocida como la ciudad fantasma. Había reportes sobre actividad sobrenatural en los alrededores. Kozanga era esa clase de destino que todos evitaban. Según los rumores, si te acercabas lo suficiente los fantasmas te llevaban y desaparecías para siempre. Durante años se mantuvo una especie de límite seguro, pero con tanto Caos en el mundo, parecía que los fantasmas se habían olvidado de sus fronteras. Cada día se reportaban más y más desapariciones, especialmente de niños.
La misión era interesante y en otro tiempo, quizá Emil hubiera estado más contento, pero ahora lo consideraba tiempo perdido. Más como una forma de deshacerse de él y su batallón que algo importante.
Desde que salió del Valle de los Inquebrantables, esos pensamientos negativos lo consumían. Llevándolo a adquirir una rabia impropia que le recordaba sus peores momentos. Tanto era así que sin darse cuenta apretó demasiado las riendas y Luz verdadera coceó haciéndole saber que se estaba pasando.
—Lo siento, bonito —susurró acariciándole suavemente las orejas.
Se obligó a respirar profundo y sintió un toque familiar en su corazón. Una especie de cosquilleo que se extendía por su pecho. Era una sensación parecida a lo que muchos describirían como estar enamorado. Ese extraño momento dónde se siente que todo va a estar bien.
Emil no tenía que buscar su origen, lo sabía. Su relicario enviaba esas punzadas como si fuera un corazón. Sabía que su amigo buscaba tranquilizar. Podría haberse ido hace mucho, pero lo había convencido.
Ese calorcillo que despertaba su amigo le permitió dejar atrás un poco del pesimismo y poco a poco se fue relajando, al punto de disfrutar las últimas pinceladas del sol.
Ese instante de paz hizo que se reconectara a la red de consciencias y por poco tiempo disfrutó de escuchar una de las canciones inventadas. Estaba por intervenir y sumar su propio verso cuando sintió el llamado de alguien más.
La conexión provenía de un comandante y pronto lo reconoció.
—Comandante Emil, le deseo suerte —dijo Robert desde alguna parte del continente.
Emil no pudo reprimir un gesto de sorpresa. No se imaginaba que alguien a quien había desafiado se comunicara.
—Señor —respondió con tacto.
—Sé que esperabas que las cosas fueran distintas —dijo con cierta parsimonia.
El comandante no supo qué responder a eso. Sonaba extrañamente a un exceso de compasión y el inicio de un consejo. Algo que ahora no estaba listo para escuchar.
—Señor, yo…
—Escucha, solo quería desearte suerte.
Sin decir más se desconectó de la red de consciencias y lo dejó con más dudas que nunca. ¿Qué había sido eso?
Se quedó pensando durante un par de kilómetros en completo silencio, pero no se sorprendió. Después de todo, se había olvidado de que continuaba conectado a la red de consciencias.
Mientras Emil se perdía en sus propias preguntas, sus hermanos se removían incómodos. Dirigían cada vez más miradas inquietas a su comandante y se murmuraban unos a otros. Deagal también se estaba contagiando de una extraña inquietud.
El comandante se había adelantado un buen trecho y minuto a minuto se iba convirtiendo en un punto lejano. La noche comenzaba a caer transformando la luz en oscuridad. Deagal casi rezaba para que Emil al fin diera la señal de detenerse, pero su figura continuaba avanzando.
Los guerreros ya comenzaban a quejarse y no les faltaba razón. Cuando la situación alcanzó los límites de lo intolerable, Deagal supo que tenía que hacer algo.
Echó a correr y reiteradamente llamó a Emil a través de la red de consciencias. Sin embargo, no le contestó. Lo cierto era que su comportamiento era extraño. Es más, Deagal se había convencido de que algo había cambiado desde esa noche ilusoria. Aunque puede ser que estuviera buscando hasta el mínimo cambio.
Por ejemplo, antes de partir se dio cuenta que comió huevos duros y no una hogaza de pan como siempre. También estaba el hecho de que no peino la crin de Luz verdadera a la izquierda, sino a la derecha.
Preocupado se esforzó más y en un par de minutos alcanzó a Luz verdadera.
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Editado: 13.09.2026