Mientras el batallón de Emil se dirigía a Kozanga y disfrutaba haciendo pagar a su comandante por su déspota actitud con, bromas, juegos y retos. Los cuatro batallones de los Inquebrantables llegaron a la costa donde antes se elevaba Kobika
Los Inquebrantables estaban acostumbrados a ver la destrucción y la desolación que el desequilibrio del mundo podía traer a la gente, sin embargo, nada era tan horrible como la cicatriz que Cassian había dejado en el continente.
El mar golpeaba con fuerza a la ladera donde Kobika había sido arrancada, lenguas de magia caótica caían sobre el mar, reproduciendo en cada ola los gritos desesperados de los sacrificados.
Ríos de plata mágica se deslizaban por toda la costa convirtiendo la antes blanca arena en un campo minado de probabilidades. Quien sea que se atreviera a pisarla, podía obtener feas, absurdas y macabras maldiciones.
Los batallones se agruparon frente a una pequeña construcción de piedra. Nadie conocía a su escultor, nadie había preguntado tampoco. Se trataba de una pila conchas marinas, piedras blancas y nombres tallados que recordaban a los perdidos para siempre.
Robert decidió que ese era un lugar perfecto. Un lugar para recordar lo que habían perdido y estaban perdiendo. Cada día caía un reino, una ciudad, un castillo ante la magia caótica. Se recibían reportes de todo el continente narrando sobre el despertar de criaturas antiguas y prácticamente olvidadas que se despertaban en nombre del Caos. Los nombres de las víctimas se convertían de cientos en miles y, si no los detenían, en millares. Toda su dedicación y valentía no serviría de nada si dejaban que el continente se hundiera bajo el poder de Cassian.
Así, todavía subido sobre su caballo dirigió la mirada hacia el horizonte. Un mar de nubes sombrías y espesas como la noche cubrían el mar. Una perpetua tormenta evitaba que alguien se acercara al territorio de los Magics. Cassian no tenía que esconderse porque se pensaba infranqueable.
Así había sido durante los primeros años de su reinado. Sin embargo, el mapa de su endemoniada isla y como entrar a ella había sido reconstruido fragmento a fragmento. Interrogatorio tras interrogatorio, sacrificio tras sacrificio. Este burdo ataque que Hawise calificaba como suicidio era histórico porque por primera vez en cinco años se atreverían a desafiar al campeón del Caos.
Medirían sus fuerzas e independiente de la victoria o la derrota comprenderían algo más importante: a qué poder se enfrentaban, por qué lo hacían y qué podían hacer. En una guerra lo más importante era entender al enemigo y hasta ahora los Inquebrantables habían fracasado rotundamente.
Durante años los habían juzgado como ciegos seguidores de una deidad cruel, malvados, organizados hasta cierto punto, pero controlables. En esta nueva era, Cassian se movía con una soltura que indicaba tener un objetivo. Eso era lo que realmente asustaba.
El cielo se iluminó con un rayo blanco que destacó la horrible torre de Kobika. La construida a semejanza del Dios del Caos, construida con nada más y nada menos que las almas sobrantes. Según conocían, cada día, cada hora, se producía un sacrificio y su poder crecía.
Robert suspiró y se volteó hacia los demás. Tres batallones se formaban en perfecto orden, cada uno con sus comandantes, impasibles y valientes mirando a la cara su propio destino.
Alrededor de doscientos Inquebrantables esperaban su orden para lanzarse a la batalla.
—¿Todo está listo? —cuestionó Robert a través de la red de consciencias.
Lejos, en un lugar seguro, sintió la conexión de Marshal. Un suspiro de alivio salió de entre sus labios. Era consciente que tarde o temprano su hijo se enfrentaría a la muerte, pero como padre siempre había procurado que ese día se retrasara más y más.
—Todos están listos —respondió Marshal —. Esperamos tu orden.
Robert asintió y apretó sus talones para que su caballo se moviera. Yendo de un lado a otro del ejército, miró a los ojos a todos aquellos hombres que pronto darían su vida por una causa más grande que ellos mismos.
—No voy a mentirles —dijo con voz calmada y solemne —. Hoy probablemente no volvamos a casa, somos fuertes, pero no nos engañemos. Hoy enfrentamos al más cruel de los males, brujos del Caos que tratan de quitarnos todo. Por eso, hoy decidimos.
Robert hizo una pausa y miró una vez más al horizonte. Las nubes de la perpetua tormenta se hicieron más oscuras y peligrosas.
—¡Hoy decidimos enfrentar nuestro destino! ¡Hoy decidimos ir sin miedo ante la mismísima muerte! ¡Hoy podremos perder, pero será por nuestra decisión no la de ellos!
Los soldados vitorearon y desenvainaron sus armas. Los comandantes ofrecieron sus caballos a sus subcomandantes.
—Guíanos hacia la victoria —murmuró Robert mirando al cielo.
Los Inquebrantables reunían guerreros de todo el continente, así que era natural que no tuvieran un mismo Dios. Por ejemplo, Soluku, su amigo, había creído siempre en la luna. Él en cambio era partidario del Dios del Sol y encontraba confort en imaginarse que su deidad lo acompañaba.
Los tres comandantes se reunieron y junto al monumento construyeron una muralla de piedra que los separó de los demás. Ellos no cruzarían el mar, ni se enfrentarían a los brujos directamente. Esto podría parecer cobarde, pero la verdad era que mientras ellos permanecieran vivos. Sus guerreros no morirían.
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Editado: 13.09.2026