Emil y todos los Inquebrantables sintieron la perturbación en la red de consciencias. Era como un jalón de pelo que desubicaba y dejaba buscando responsables. Todos dejaron a un lado sus tareas y se miraron entre sí buscando respuestas.
Emil recorrió rápidamente la red buscando a quien sea que le informara. Primero buscó a Marshal, pero no obtuvo respuesta. Después lo intentó con Hawise, pero toda conexión estaba bloqueada. Otros comandantes le respondieron, pero ninguno sabía que pasaba.
Lo único en que estaban de acuerdo era que era algo muy malo. Por el momento, acordaron permanecer en calma y evitar utilizar la red.
—Avancemos —dijo Emil sin atreverse a compartir los malos augurios.
Sus hermanos tampoco insistieron, aunque entre ellos compartieron miradas curiosas.
—¿Todo bien? —preguntó Deagal a través de la red de consciencias.
—No —respondió Emil y se dirigió a los demás.
—Hermanos por órdenes superiores vamos a evitar la red de consciencias.
Los soldados se removieron inquietos y Gerard hizo intención de preguntar.
—No sé mucho más —dijo con sinceridad —. Solo apeguémonos a las órdenes.
El batallón no insistió y obedientemente siguió su camino. Todos eran ignorantes de que cuatro comandantes y sus batallones yacían muertos en el campo de batalla.
Mientras pasaban se ganaban la mirada de los campesinos y ciudadanos que trabajaban. Algunos dejaban a un lado sus actividades y prodigaban saludos silenciosos, otros agachaban la cabeza y los ignoraban. Se les notaba asustados, temerosos que la presencia de los Inquebrantables signifique un ataque inminente.
Ya estaba cayendo la tarde cuando probó conectarse a la red de las consciencias. Sin embargo, se sentía todavía más extraña, como si las conexiones no llegaran a ninguna parte, principalmente con los miembros externos de su batallón. Probó enviando un mensaje a Vernal y aunque su respuesta llegó tarde, le informó que la comunicación con los tres y Hawise era imposible. Tampoco podía acceder a las redes de los batallones que estaban en casa.
Durante un momento Emil consideró la idea de regresar al valle. Presentía que toda la interrupción con la red de consciencias tenía que ver con Cassian y el ataque que se efectuaría. No había tenido acceso a cuándo, ni cómo, ni a qué hora se llevaría a cabo. Lo único que tenía era un presentimiento.
Sin embargo, no podía hacerlo. Era considerado acto de traición el abandonar una misión, principalmente, cuando no había una razón concreta. Además, una parte de él continuaba resentido por su desprecio ante sus ideas. Si hubiera estado allí…
De cualquier forma, esa noche no durmió mucho. Por una parte, porque temía que su viejo y molesto visitante encontrara una nueva forma de alcanzarlo y también porque intentaba averiguar cómo cumplir la misión en tiempo récord. Así no faltaría a ninguno de sus juramentos.
Estudió toda la noche los mapas que tenía a disposición y repitió una a una las lecciones de magia que había aprendido. Sus maestras le habían permitido tener un panorama general de los tipos de magia y sumado a su propia experimentación, trabajaba arduamente para encontrar la solución.
Durante todas esas horas, Deagal se mantuvo de guardia. Comprendía y hasta cierto punto había aceptado la nueva información de Emil. Sin embargo, se preocupaba por él. Había logrado durante 5 años esconder su secreto y él, ni siquiera se había dado cuenta. ¿Qué clase de amigo era? Y peor, ¿qué más podría estar escondiendo?
Mientras más lo pensaba más miedo tenía de sus propios pensamientos. Se repetía una y otra vez que Emil continuaba siendo su amigo. Se habían apoyado desde siempre.
Se sentía como un traidor observando a Emil a hurtadillas, decidido se encaminó hacia su tienda, pero entonces el cielo se iluminó con un terrible resplandor.
Era como si un rayo hubiera caído, pero nada indicaba que se aproximara una tormenta. Emil y todos los Inquebrantables se sobresaltaron. Había una rara electricidad en el aire que indicaba que algo había cambiado para siempre y sospechaba que no era nada bueno.
—Eso viene del… ¿norte? —preguntó Emil acercándose a sus hermanos.
—Es de Kovika —gritó Wilkin viendo otro rayo que iluminaba el cielo.
A lo lejos se apreció la estatua maldita. Algo que sin duda era imposible, considerando la distancia que los separaba. Todos se quedaron quietos y en silencio. Espera que el cielo volviera a tronar. Pasaron los minutos y nada pasó. Solo el viento permanecía acariciando las hojas y sus rostros.
—¿Todos vieron lo que yo? —preguntó quedamente Mendo después de un rato.
—¿Te refieres a la torre del demonio? —contestó Gerard todavía mirando al cielo.
—Emil, ¿qué está pasando? —preguntó Deagal volteándose hacia su amigo.
La mirada del comandante estaba igual de perdida que esa noche. Deagal se asustó y lo tomó rápidamente por los hombros.
—¿Emil?
La mente del comandante volaba a través de la red de consciencias. Algo muy, pero muy malo había pasado. Las conexiones entre los otros comandantes habían volado y solo permanecía su conexión con sus soldados. Mientras más se alejaba, más extraño se volvía la red. Enmarañada, lastimada y un… un deje de magia peligrosa.
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Editado: 13.09.2026