Emil había sentido la desconfianza y la odiaba con toda su alma, especialmente porque gran parte provenía de Deagal. Así que se retiró temprano y se dedicó al cuidado de Luz verdadera.
Desde que se unió a los Inquebrantables no se había sentido tan solo como ahora.
Luz verdadera parecía ser el único que no lo juzgaba. Aunque bueno, a él no le había ocultado secretos. Sabía que tarde o temprano eso le pasaría factura. Era el problema de ocultar tantas cosas, solo que… en realidad no tenía forma de confesarlos porque igual los terminaría perdiendo.
Durante cinco años había creído que las cosas podían ser diferentes, pero se estaba autoengañando. Era mejor que fuera despertándose poco a poco y alejándose de su propio batallón. Así todos podrían aceptarlo mejor. El odio era una buena manera de alejar a todos, incluido su mejor amigo.
—Te extrañaré —susurró a Luz verdadera mientras pasaba el cepillo por su lomo.
Todos los días lo peinaba, eliminando el pelo muerto y permitiendo que su pelaje negro brillara. Pensar separarse de su batallón ya era malo, pero hacerlo de su caballo era todavía peor. Desde el principio, nació una conexión que era difícil de explicar.
Hawise le había advertido. Le había dicho que el vínculo de un caballo con su jinete era especial.
—Una parte de ti se quedará siempre en el caballo. Te seguirá hasta el fin del mundo si eso quieres —había dicho hace mucho tiempo.
Emil no quería llevarlo hasta el fin del mundo. No podría. Ese destino era suyo.
Estaba terminando de cepillarlo cuando la actitud de Luz verdadera cambio. Levantó su cabeza y echó las orejas hacia atrás. Emil se dio cuenta rápido de que ya no estaba solo. Sin embargo, no tenía ganas de hablar con nadie.
Necio volvió a acercarse a Luz verdadera, acarició su morro con cuidado y besó suavemente su frente. Intentaba persuadir a su visitante de que se fuera. No funcionó.
Pronto una mano acarició el cuello de Luz verdadera, cosa que hizo relinchar al caballo y apartarse. Deagal apareció a su lado y dijo algo al caballo que Emil no alcanzó a comprender.
—¿Por qué crees que no me quiera? —preguntó iniciando la conversación.
Emil deseó salir corriendo, pero eso no era propio de un caballero. Se recostó sobre el corral improvisado y enfrentó a su amigo.
—¿Funcionaría decirte qué no quiero hablar? —preguntó con una mueca.
—No.
—Lo suponía —respondió y respiró profundo.
Desde joven tenía ese problema, reaccionaba y se defendía ante cualquier cuestionamiento. Era un… necio y lo sabía. Era tan difícil controlarse.
—Emil, no quiero discutir —dijo Deagal acomodándose a su lado —. Quiero entender a mi amigo.
—¿Qué no entiendes? —preguntó mordiéndose nerviosamente el labio inferior.
—¿Por qué? ¿Por qué haces lo que haces?
Emil cerró los ojos y se cruzó de brazos. Imitando un abrazo hacia sí mismo y clavando sin que su amigo se diera cuenta sus uñas en los brazos.
—Si te refieres a mi rol de líder. Yo…
—Sabes que no me refiero a eso —le cortó rápidamente Deagal —. Ambos sabemos que gozas del favor de Hawise.
Emil quiso reírse, no gozaba del favor de Hawise. No del modo que todos creían.
—Entonces por los Magics —resopló el comandante. Todos le cuestionaban lo mismo.
—Sí y no. En realidad, me preocupa más que nos guardes secretos.
—Lo sé. Solo que… pasaron cosas, Deagal. Cosas que todavía no supero y… no… puedo contarte.
—¿Por qué? ¿No confías en mí? —preguntó su amigo con cierta agresividad.
Esos pequeños movimientos y gestos eran los que le ponían a la defensiva. Era algo inevitable.
—¿Confianza? —cuestionó perdiendo rápidamente la paciencia. ¿Por qué todo el mundo se afanaba en cuestionarlo? ¿Por qué?
—¿Tú me tienes confianza? —preguntó desafiante.
Los ojos de Deagal se desorbitaron y Emil lo vio lentamente enojarse.
—¡La tenía! —respondió con un dedo acusador —. Era tu amigo.
—¿Eras?
—Eres, maldita sea. Eres mi amigo, pero qué quieres que piense. Por cinco años, ¡cinco!, confié en ti a ciegas y ahora dudo hasta de tu nombre.
Esas últimas palabras llegaron como puñales a Emil. Se agarró el pecho e instintivamente apretó la piel para intentar detener el dolor. Quiso irse, pero su amigo le agarró del hombro.
—No te atrevas a irte —le amenazó.
—Ya has dictaminado todo sobre mí. ¿Qué más quieres?
—Quiero que lo niegues. Quiero que me digas que…
—¡No puedo! ¿Sí? No puedo hacerlo.
—¡¿Por qué?! ¡Ayúdame a entender!
Emil no respondió. Mantuvo la mirada baja sintiendo como sus mejillas ardían de la vergüenza y de la ira.
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Editado: 13.09.2026