Llegaron hasta los límites seguros de Kozanga casi al anochecer. Se trataba de un campo abierto donde un arco de piedra indicaba la entrada a la antigua ciudad. Nada crecía en al menos un kilómetro a la redonda. Solo polvo y arena arreciaban en el pequeño valle.
Se acomodaron en la zona verde más cercana a la ciudad fantasma. Mientras caía la noche, la ciudad se iba cubriendo de una niebla espesa que traía un viento desconocido. Apenas se distinguían lo que quedaba de las altas torres y la muralla.
En pocas horas, el cielo se tiñó de negro y sobre ellos cayó una densa oscuridad. El ambiente transmitía una inquietud inexplicable. Húmedo y molesto. La niebla se extendió hasta rodearlos por completo. Los vigías no podían distinguir a sus compañeros a menos de un metro. Lo peor que todos compartían la sensación de ser espiados, movimientos en la oscuridad que acariciaban sus cuerpos, dejándoles toda la piel erizada.
Tenían la sensación de que algo malo pasaría. Especialmente, Emil.
Ese miedo era demasiado parecido a él. A aquel que le perseguía durante años y aprovechaba sus momentos más débiles como ese.
Estaba sentado frente a la fogata que seguía encendida, pero no lograba alumbrar casi nada. Si Emil no sintiera su calor hubiera pensado que estaba apagada.
Tras un escalofrío particularmente terrible, Emil sintió como alguien se sentaba a su lado. Muy cerca para que pudiera verlo.
—¿Estás bien? —preguntó Gerard que había asumido las funciones de subcomandante.
—Bueno, hace frío —respondió Emil refregándose las manos.
—No me gusta esto —dijo Gerard —. Tal vez deberíamos movernos más atrás.
Emil lo consideró. Parecía que iban a tener una noche muy larga.
—Podríamos acercarnos más, pero no puedo mover el campamento.
Gerard lo aceptó y se encargó de eso.
Las horas pasaban y la noche se hacía más oscura y fría. Los pocos que se atrevieron a dormir aseguraban escuchar voces fantasmales susurrándoles, incentivándoles a seguirles. Así que inconscientemente se iban juntando más y más.
Emil estaba en cierto modo acostumbrado a no dormir, había pasado noches enteras en vela, a veces esperando, a veces luchando contra sus pesadillas. Estaba metido en sus pensamientos cuando varios de sus soldados corrieron hacia él.
—Emil —dijo Gerard con el rostro pálido.
—¿Pasó algo? —preguntó el comandante sobresaltado.
—Un grito —respondió Duncan igual de lívido.
Emil utilizó la red de consciencias y fragmentó su mente para cada uno de sus hermanos. Accedió a sus oídos y logró escuchar el grito.
Se trataba de un grito inhumano, descorazonador que reverberó por todo el lugar. Era como si la voz llegara hasta lo más profundo del alma y la destruyera en mil pedazos.
El frío que había estado toqueteándolo toda la noche atravesó su cuerpo y lo hizo estremecer como nunca. Emil estaba poco acostumbrado a escuchar ruidos tan fuertes y penetrantes. Perdió la concentración y bruscamente se desconectó de la red dejando solos a sus hermanos. Jamás se perdonaría ese error.
Tardó demasiado en reconectarse, quizá por el susto o por las fallas intermitentes de la red. Sea como sea cuando volvió no pudo llegar hasta dos de sus Inquebrantables. Justo los que estaban más lejos del centro.
Desesperado envió en su búsqueda a Leonardo, Duncan y Federico.
—Toma esto —dijo Emil sacando un pañuelito.
—¿Qué es esto? —pregunto Leonardo recibiéndolo.
—Otra cosa de mi vida pasada —confesó Emil algo avergonzado —. Es… es de origen divino —añadió abriendo con cuidado el pañuelo.
Apenas dejó al descubierto un pedacito del espejo, salió una luz que aclaró la noche. Era el único objeto que logró penetrar la niebla.
—Wow. ¿Qué es esto? —preguntó Leonardo sumamente sorprendido, pero no molesto. Algo que tranquilizó a Emil hasta que Gerard se acercó curioso.
Su presencia le puso más nervioso, pues Gerard se caracterizaba por ser sumamente crítico. Al ver el pequeño espejo acercó la mano y la retiró casi al instante.
—¿Estás seguro? Creo que esto tiene demasiado poder —dijo entrecerrando un poco los ojos.
—Nos ayudará. Solo no hay que apuntar a los ojos —respondió Emil tratando de no sonar nervioso.
Gerard no pareció convencido, pero no opuso mucha resistencia. Ambos vieron al equipo desaparecer entre la nieva.
Mientras los Inquebrantables se dirigían a investigar, Emil pidió a la tierra que lo ayudara. Sus poderes se extendieron como una vibración, pero no encontró nada. No era capaz ni siquiera de detectar a sus compañeros de al lado. Sea lo que sea que estuviera allí, era dueño del lugar.
Tras algunos intentos dejó a un lado los elementos y se concentró en acompañar a los tres exploradores. Leonardo iba iluminando el camino de tierra donde la humedad había grabado huellas. Era como si los cuerpos fueran arrastrados. Probablemente inconscientes.
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Editado: 13.09.2026