La bruja de porcelana 02: Inquebrantables

XIV. Sentimientos extraños

Mucho más al sur Deagal se enfrentaba a su propio desafío.

Mantenía la mirada fija sobre su rival. Sus ojos cafés no se apartaron, no mostraba intimidación. No estaba dispuesto a rendirse.

Sus orejas se movieron hacia atrás y de nuevo echó su hocico hacia adelante e intentó morderlo. El caballo fracasó, pero por muy poco. Relinchó y rascó tres veces el suelo.

—¡Ay! Vamos Luz verdadera —se quejó y buscó apoyo en Leaf.

El joven estaba sentado entre el pasto, mirando el enfrentamiento desde hace como diez minutos.

—No creo que lo estés logrando —dijo Leaf aguantando la risa.

—¡Este bendito caballo! Es tan terco como su amo —respondió Deagal volviendo a ver a Luz verdadera.

El caballo bufó y tiró patadas al aire, Deagal le respondió sacándole la lengua. Esta vez Leaf no resistió y rompió en carcajadas. Aumentando la ira del subcomandante.

—Perdón —murmuró Leaf cuando pudo —. Es que… no lo entiendes.

—¿Entender qué?

—Bueno, dicen que los caballos comparten un vínculo especial con sus jinetes. —No me digas —respondió Deagal irónico —. Eso explica el parecido.

Luz verdadera decidió que era suficiente, relinchó y tomó carrera para saltar. Deagal se lanzó al suelo y se cubrió la cabeza esperando que un caballo le pasase encima. Sin embargo, por más que pasaron los minutos, no llegó.

Intrigado, Deagal levantó la cabeza y vio a Luz verdadera rascando el suelo y mirándolo furioso, pero Leaf lo detenía agarrado del cuello.

—Tranquilo —dijo Leaf acariciando al equino.

Sus palabras no hicieron mucho efecto, pues Luz verdadera intentaba soltarse de su agarre.

—¡Deagal! —gritó Leaf evitando a duras penas los intentos de Luz verdadera por morderlo —. ¡Ayúdame!

—¿Cómo? —preguntó Deagal poniéndose de nuevo de pie —. Él me odia más que a ti.

Para recalcar sus palabras Luz verdadera bufeó.

—Tengo azucarillos en mi bolso. Creo que podríamos sobornarlo.

Deagal no lo creía, pero no se atrevió a decirlo. Respiró profundo e intentó tranquilizarse.

Recordaba bien el primer día que conoció a Luz verdadera. Había sido poco después de que Emil fuera nombrado comandante y él subcomandante. Hawise los había invitado a su casa para que conocieran a los potrillos.

Deagal no estaba acostumbrado a tratar con esos animales y, de hecho, les tenía un poco de aversión. Emil, por su parte, estaba muy emocionado, decía que los caballos eran los animales más hermosos y que siempre había soñado con tener uno.

Hawise se encargaba de criar a los caballos, los tenía cerca de su casa en un establo precioso con un gran campo de entrenamiento. Los potrillos pastaban separados de los adultos.

Había como cinco o seis. Algunos blancos, otros, overos, la mayoría de un delicioso color alazán y solo uno de color negro noche.

Escoge con sabiduría —le dijo Hawise abriéndole la puerta del potrero.

Emil caminó con cuidado, mostrándose seguro y tranquilo. Los potrillos levantaron la cabeza, curiosos y alguno que otro se acercó. Olieron sus manos y uno de ellos, se dejó acariciar. Sin embargo, el caballo negro permanecía alejado.

Emil se fijó en él y le sonrió. Deagal jamás olvidaría esa sonrisa, era diferente, como si hubiera encontrado un espejo y se estuvieran saludando.

—Bien —murmuró Deagal mirando una vez más a Luz verdadera y dirigiéndose con tranquilidad al bolso de Leaf.

Dentro encontró los azucarillos que había traído. Tomó un puñado y decidió acercarse de nuevo al caballo.

Caminó despacio, intentando no parecer intimidante y llegó con Leaf que para entonces estaba medio trepado al animal.

—Hola, bonito —dijo Deagal levantando ligeramente las manos y ofreciéndole el azúcar.

Luz verdadera echó las orejas hacia atrás y de nuevo intentó morderle.

—Hey —dijo alarmado Deagal —. No…

Se tragó sus palabras y recordó cómo Emil se había acercado la primera vez.

—¿Tienes miedo? —había preguntado Emil en un susurro cariñoso. El potrillo sacudió la cabeza como si lo negara —. No, está bien. Yo también tengo miedo.

—Sé que tú y yo no nos queremos mucho —dijo Deagal con voz suave y contenida.

Las orejas de Luz verdadera se pararon atentas y girando hacia él.

—Me molesté el otro día con tu amo y… bueno, eso no importa. Él volverá.

El caballo bajó su morro y lo acercó a sus manos. Deagal se quedó quieto. Sin presionar, solo esperando.

—No te haré daño —dijo mientras sentía el calor de la nariz de Luz verdadera —. Emil me dejó a tu cargo.

Luz verdadera apartó la cabeza y lo miró interrogante. Sus orejas más atentas, reaccionando al nombre de su amo

—Sí, Emil. Emil me dejó a tu cargo.




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