Mientras más se acercaban al campo el olor los golpeaba casi hasta ahogarlos. Se trataba de una combinación de muerto junto con podrido a niveles extremos. Deagal tuvo que cubrirse la nariz para continuar. Lo peor era, que le recordaba a los campos de batalla de los que solía robar.
Los cuerpos de caballos y ovejas no tardaron en aparecer, desde lejos destacaban por el color rojizo. Alrededor no había aves carroñeras, ni moscas. Incluso, la hierba en dónde descansaban los cadáveres parecía quemada y seca.
Era un escenario grotesco donde Deagal podía imaginar el calor de la descomposición. Elvira caminaba tranquila, inmutable ante el olor o la matanza. Lo único hizo fue cubrirse con la manga la nariz y emitir un suspiro desesperanzador.
En los campos atacados se podía ver a algún que otro granjero saludaba desde lejos. Al igual que ella, parecían tranquilos. No se molestaban ni siquiera en recoger los cuerpos.
—Ese es nuestro campo —dijo Elvira señalándolo con un dedo.
El campo era verde en su mayor parte, con potreros divididos para las ovejas. A lo lejos se veía una casita desvencijada y muy pequeña.
—Solíamos vivir en esa casa hasta que el monstruo nos atacó —explicó Elvira —. Después regresé a vivir con mamá.
—Está más cerca del pueblo de lo que pensaba —dijo Deagal sorprendido.
—Sí, ha estado extendiendo sus límites.
«Como en Kozanga» pensó Deagal. El mismo problema, diferentes criaturas y posiblemente una misma causa. El Caos estaba cada vez más rebelde y traicionero.
Elvira lo condujo hacia sus terrenos y Deagal se dedicó a observar los cuerpos hinchados, ojos muertos y descomponiéndose muy lentamente. Lo extraño era que en la carne no había gusanos, ni otros animales parecidos.
—Estos animales ¿murieron recientemente? —preguntó acercando una mano al cuerpo más próximo.
—¡No! —gritó Elvira sosteniendo su muñeca —. No los toques, todos los que los tocan, mueren. ¿Por qué crees que no hay aves, ni moscas?
Eso tenía sentido. Encima, la tierra parecía que no era fértil, pues todo alrededor yacía desierto.
Había un cuerpo que le llamó la atención. No había rastros de piel. Todo había sido arrancado dejando ver los músculos hinchados, con profundos surcos de garra que llegaban hasta el hueso. Eso le recordó a la herida de Kenric y le entró nauseas.
Por los orificios caía un líquido amarillo verdoso del parecía despedir el olor. Las vísceras caían regadas por la tierra, completas, pero rasgadas. No había sangre.
Cuando terminó de examinar los cuerpos, esperó pacientemente a que Elvira terminara de mudar las pasturas, mientras tanto, se conectó a la red de consciencias para hablar con sus hermanos.
Los cuatro habían recuperado información similar, con énfasis a que al parecer la criatura vivía en el agua. También averiguaron que la criatura tenía un veneno potente relacionado con la mirada, garras de acero, piel irrompible y de ahí, variaban las descripciones algunos mencionaban alas atrofiadas, millares de ojos, escamas y un sin número de atributos demoniacos. Leaf añadió que el cura les dio algunos cachivaches para la protección de su alma para cuando mueran.
Deagal decidió omitir ese último comentario.
Para entonces, Elvira se estaba acercando a él. Tenía el pelo desarreglado y el rostro enrojecido por el cansancio. Se detuvo a su lado y miró al campo.
—No es un espectáculo muy encantador —dijo con cierta tristeza.
—Lo encontraremos —respondió Deagal —. Deberíamos irnos.
El mal olor lo estaba mareando y ver de cerca tantos cadáveres le recordaban cosas que no quería.
—Yo me quedaré un poco más aquí. Sin embargo, si quiere puede volver a la aldea.
Deagal consideró la oferta, pero después de ver tanta muerte, no le pareció buena idea.
—No me gustaría dejarla sola —dijo.
Elvira sonrió con tristeza y ambos se quedaron en silencio.
—Lo que dijiste del amor, ¿tú crees eso?
—¿Qué cosa? —respondió ella confusa.
—Cuando te conté de mi amigo, mencionaste que, el amor nunca es ridículo. En verdad, ¿lo crees?
Elvira se quedó callada y lo pensó un momento.
—Cuando me casé lo hice por amor —confesó —. A mi madre no le gustaba, me rogó que no lo hiciera, pero… no podía vivir una vida sin al menos intentarlo. Lamento perderlo, pero no amarlo. Así que sí, no es ridículo, al menos no para quien lo vive.
Deagal asintió y poco después se despidió. No podía acompañar más a Elvira, ambos tenían promesas y vidas por vivir.
Se reunió con el resto de sus hermanos casi al anochecer y prometió tener un plan para el día siguiente. Sentado en la oscuridad, entendió algo más de Emil: la responsabilidad pesaba, aun más cuándo no se tenía a un amigo en que apoyarse.
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Editado: 13.09.2026