La bruja de porcelana 02: Inquebrantables

XVIII. Adaptación

A diferencia de Cassian, Edme no había muerto antes y eso significaba que todo era nuevo.

Había sacrificado muchas almas al Señor del Caos y ayudado a Cassian para convertirse en el campeón del Caos, por eso, se había ganado cierto favor de su Dios.

Edme cayó con elegancia en el reino de transición. El frío la golpeó con violencia y un viento helado amenazó con tirarla al suelo. Utilizó sus poderes de Magic para encerrarse en una burbuja de protección. Así el frío se detuvo un poco, aunque podía sentirlo mordiendo sus dedos y nariz.

La forma que había muerto era una tontería. Había emprendido el camino desde el altar de sacrificios hacia la torre de Cassian como medida de protección. Algunos Inquebrantables habían logrado llegar hasta la muralla interior y aunque dudaba que alcanzaran a derribarla, prefería advertir a Cassian que sufrir las consecuencias.

Fue en ese camino cuando vio a un Inquebrantable llegando a la puerta de la torre y lanzándose escaleras arriba. Algo que era imposible, pues ninguno de ellos había logrado llegar tan lejos.

Asustada no tardó en subir por las escaleras, estaba preparándose para lanzar un hechizo cuando sintió el dolor en su pecho. Había olvidado la regla más importante: Los Inquebrantables nunca estaban solos.

Murió ahogándose en su propia sangre y ese recuerdo la llenaba de ira. No había escogido esa vida para morir tan tontamente.

Con eso en mente se dispuso a encontrar la salida de ese desierto.

Edme no tardó en sentir un escalofrío y como algo subía por su cuerpo. Lo que sí tardó fue su manera de reaccionar. Se suponía que su escudo debía protegerla de cualquier ataque. Así que dejó que la criatura invisible subiera hasta su pecho y sintió como la mordía.

Edme reaccionó como cualquiera lo haría, llevó sus manos hacia el lugar del ataque y trató de arrancar a la criatura. La sintió bajo sus manos, cálida y redonda. Su cuerpo crecía conforme le iba chupando la sangre.

La agarró con fuerza y aplastó, tratando de quitarla, pero las mandíbulas se agarraron más a su piel y una especie de anejo cutáneo rodeó su cuello. Apretando con tanta fuerza que su garganta se cerró.

La concentración que mantenía su cuerpo protegido del frío se disolvió y de golpe su cuerpo se estremeció del frío. Sentía como si sus piernas se hubieran congelado y convertido en cubitos de hielo.

Su mente trabaja al cien por cien buscando una manera de liberarse. Una de sus manos intentaba interponerse entre su piel y la criatura, mientras que la otra se movía buscando un hechizo adecuado.

No era nueva en ser Magic, pero no tenía la experiencia de Cassian y en momentos importantes no alcanzaba a reaccionar con la misma velocidad, ni precisión.

Lanzó una chispa contra el monstruo invisible y vio ante ella como una pared de fuego se levantaba hasta lamer su nariz y cabello.

Se dejó caer al suelo para intentar apagar las llamas, sin embargo, su intento empeoró las cosas. De pasar a un solo atacante ahora tenía a miles que se pegaron a su cuerpo como cucarachas.

Poco a poco iba sintiendo como su vida se iba acabando en una cruel réplica de su muerte. Sentirse inútil era demasiado.

«El Caos es resiliencia y venganza» dijo una voz de repente, parecía provenir del interior de su pecho.

Edme no se detuvo a pensar sobre eso, clavó sus dedos en el frío suelo y gritó.

Su voz cargada de deseos de ser más, siempre lo había querido, era más que una niña pobre, más que una ladrona, más que una Magic, ella podía ser digna de ocupar el puesto de Cassian.

Su poder se extendió como un rayo golpeando de una a otra hasta que se quedó libre de ellas. Aunque cada una dejó un reguero de sangre congelada en su piel.

Edme se levantó con toda la furia y miró el cielo tan vacío como la tierra.

—¡Aquí estoy! —gritó —. Yo, Edme, la acompañante de Cassian, te desafío a que me pruebes.

Su voz resonó por todas partes y como respuesta el mundo ante ella cambió. A su alrededor aparecieron las criaturas del infierno. Monstruos de todas formas que lo único que tenían en común era su fulgor azul, el antiguo color del Caos.

Los demonios se giraron a mirarla y los que tenían boca abrieron sus fauces. Ella levantó la barbilla orgullosa y levantó sus manos. No tenía miedo.

«El Caos es precisión y control» dijo de nuevo la voz.

Edme asintió y dejó que las criaturas se acercaran. Dibujó una línea imaginaria alrededor suyo y cada que uno de los demonios la pisaba, Edme atacaba. Con precisión, manteniendo la calma, respiraba con tranquilidad dejando que el aire helado la lastimara. Cada vez que una bestia caía, ella avanzaba, dibujando cada vez un círculo más amplio.

La lucha se alargó tanto que terminó pisando a varios cadáveres, en su sangre encontró calor, un calor que emanaba como un vapor que protegía a su cuerpo del frío. Cuando todo terminó, la adrenalina la abandonó de golpe y se sintió vacía.

Se quedó mirando los cuerpos destruidos y de pronto se fijó que algunas partes se movían. Pedazos muy pequeños del tamaño de una hormiga que se acercaban una a la otra hasta formar una enorme torre que comenzaba a acercarse a ella.




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