La bruja de porcelana 02: Inquebrantables

XVIII. Juicios

El cielo estaba nublado y un frío viento levantaba las mantas de los que todavía dormían. Solo Emil encontraba cierto consuelo en la brisa.

Había tenido una noche muy mala llena de pesadillas y antiguos temores. Bajo sus ojos castaños se habían creado unas ojeras horribles. Para colmo no dejaba de dar vueltas y vueltas a las palabras de la criatura. No le parecía coincidencia que de pronto todos recalcaran sus mentiras. Era como karma. La verdad jamás pensó llevar tan lejos su engaño y menos pensó que podría perjudicarlo tan rápido.

Después del desayuno coincidieron que lo mejor era explorar Kozanga, esperando que la luz del día los protegiera de los terrores. Gerard intentó convencer a Emil de quedarse, pero el comandante se negó. Su lugar estaba también en esa ciudad, lo sentía en lo profundo de su pecho.

Se repartieron en grupos y se acercaron cautelosamente al arco de piedra. La red de consciencias parecía funcionar bien, aunque Emil continuaba sin poder contactar con Deagal y su grupo.

Mientras más se acercaban al arco, el aire se volvió a espesarse. Pronto la neblina cayó sobre ellos, exactamente igual que durante la noche.

Por eso decidió romper su espejo mágico en algunos trozos y dar a cada uno de los líderes de grupo un pedazo.

¿Estás seguro de esto? —preguntó Gerard antes de que todos se dispersaran.

Emil asintió. Los pedazos eran más pequeños y servían para alumbrar a través de la niebla, aunque su calor y poder parecieron reducirse.

No creo que haya peligro —dijo apuntándose con uno de los trozos directo a la cara.

Podía sentir un ligero calor sobre su piel, pero no dolor. Su espejo ya no era un arma.

¿Podrás unirlo de nuevo? —preguntó Federico con cierta preocupación.

Emil no estaba seguro, su naturaleza era divina y él no era seguidor de ese Dios. Probablemente los Magics lo robaron y por eso terminó en manos de Godfrey.

No lo sé —respondió —, pero creo que puedo conseguir otro cuando terminemos esta pesadilla.

En cuanto se separaron dividió su mente para acompañar a cada grupo.

El camino era arenoso y se alargó demasiado. Sin embargo, a la larga reconoció una torre que se asomaba por el horizonte. Lo que significaba que la niebla no era eterna.

Cuando Emil y su grupo salieron de la niebla. Se dieron cuenta que estaban completamente empapados como si hubieran soportado una lluvia atronadora durante horas. Lo peor era que el viento continuaba silbando, metiendo frío entre sus huesos. El pelo del comandante se había pegado a su cara, su ropa pegado al cuerpo y de su capa chorreaba hileras de agua.

Además, el suelo se transformó en una especie de barro profundo que varias veces sostuvo sus botas y atrapó a Emil, pues cualquier movimiento lo arrastraba más al fondo. Varias veces necesitó que uno de sus hermanos lo ayudara.

Después de la cuarta vez que se quedó atorado, decidió revisar como estaban sus hermanos. Se conectó a la red de conciencia y accedió a los ojos y oídos de los líderes de grupo.

Lo que vio era por decir lo menos extraño. Todos caminaban por un terreno libre de neblina sobre hierba húmeda por la lluvia. No había barro, no como lo sentía Emil. La tierra solo estaba remojada.

Algo está mal —dijo Emil comunicándose por la red de consciencias. Sin embargo, nadie le contestó.

Necesitó insistir varias veces para que alguien le conteste.

¿Qué pasa? —preguntó Gerard.

¿Qué ves? —preguntó Emil con rapidez. Temía que la red de consciencias comenzara a fallar o algo peor.

Lo mismo que tú —respondió Gerard confuso y con cierta violencia.

Vamos, Gerard, por favor.

Estamos en un desierto. Aquí hace mucho calor, por cierto.

Emil se preocupó, pero aun más cuando Duncan contestó que caminaba por un terreno rocoso y Will que no veía, ni sentía más que la neblina.

Nos están engañando. No podemos confiar en nuestros ojos —dijo Emil y sintió como todos sus hermanos se ponían tensos.

Uno y otro comenzaron a atosigarlo con tantas preguntas que Emil no entendió ni supo qué responder.

Intentó mover a la tierra para reunirse de nuevo, pero la tierra no le escuchó. Intentó con el viento, pero sucedió lo mismo. Lo peor era que pronto comenzaron los gritos. Gritos ligeramente menos espantosos que la noche anterior.

Federico se asustó y movió su espada contra un enemigo invisible. Su espada rozó la cabeza de su propio hermano.

No. Deténganse —gritó Emil. Sin embargo, su voz no fue escuchada.

Varios desenvainaron sus espadas y se lanzaron peleando uno contra otro. El único que peleaba con alguien real era Gerard. A través de sus ojos reconoció a una criatura de carne pútrida y supurante. Muy parecida a la de la noche anterior con la diferencia de que era más pequeña y probablemente más joven, pues llevaba un vestido infantil gastado con unos lacitos de colores medio desvanecidos.




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