—Maldición —exclamó Deagal apenas se desconectó de la red de consciencias.
Hace poco la red de consciencias se había reactivado y de inmediato intentó contactarse con Emil. Sin embargo, una y otra vez fue rechazado.
Unos veinte minutos después logró conectarse a través de la red y acceder como testigo. Lo vio todo. La acusación, la desesperación de Mendo y la supuesta traición. Intentó detener la locura, convencerlos de no recurrir a la violencia, pero fue inútil. Solo pudo mirar.
Cuando Emil aceptó que todo era su culpa y se declaró traidor intentó detenerlo. Sin embargo, su amigo se desconectó y a través de los ojos de Leaf lo vio marcharse. Entrar en el campo de niebla y… simplemente desaparecer.
Su mundo se detuvo en ese momento, repitiéndose la desconexión de Emil y su desaparición en lo desconocido.
Antes de que pudiera ponerle nombre a lo que sentía, recibió una llamada por la red de consciencias a la que contestó solo por costumbre.
—¿Deagal? —dijo la voz desde algún lado del mundo—. ¿Deagal? Contesta.
—¿Sí? —respondió confuso—. ¿Quién eres?
—Hawise, ¡reverendo tonto! —respondió la bruja molesta—. Emil se ha desconectado y…
—¿Y? —repitió Deagal en modo automático. Temiendo la respuesta y al mismo tiempo deseando escucharla.
—Estás al frente.
«Algún día será tuyo» recordó de pronto y sintió un terrible vacío en el pecho. Él no podía, no… Era el subcomandante, nada más.
—Emil no está muerto —respondió.
—No, no todavía —respondió Hawise —. Sin embargo, no está. Tú subes y quiero que ordenes al grupo de Kozanga no interferir.
Sin más lo dejó y Deagal sintió que todo era una fea y cruel pesadilla.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Leaf sacándole de sus oscuras reflexiones.
Deagal respiró profundo y se obligó a enfocarse. Tenía que hacer algo, algo lógico y coherente. Y eso significaba que no podía atravesar el mundo para buscar a Emil.
«Confía en mí» pensó y ese pensamiento vino con la voz de Emil. Nunca lo había dicho, pero de sus conversaciones era obvio que lo quería. ¿No era eso lo que le había reclamado?
La confianza que siempre hubo entre los dos hasta que Emil le reveló una parte de su pasado. Uno que no tenía por qué contarlo salvo porque confiaba en él y Deagal se lo había pagado con desconfianza.
—Lo siento, Emil—murmuró y se dispuso a hablar con Gerard
—Ya me preguntaba cuándo llamarías —dijo Gerard apenas contestó la red de consciencias.
—Estoy a cargo —dijo Deagal.
—Y lejos.
—Sí, pero eso no importa. Quiero que se queden dónde están.
—No pensábamos irnos a ningún lado. Tenemos hermanos que encontrar y un traidor…
—Sí, a eso me refería, no hagas nada.
La respuesta se demoró en llegar, momento que aprovechó Deagal para prepararse.
—Puedo saber, ¿por qué? —preguntó Gerard sorprendentemente tranquilo.
—Órdenes de Hawise.
—¿Cuánto tiempo, Deagal?
Deagal se lo pensó un momento, ¿cuánto tiempo podía ganarle a Emil? O más bien, ¿cuánto tiempo lo necesitaría?
—Dos días, creo. Yo mismo iré para allá.
Gerard aceptó con estoicismo y cortó la comunicación.
—¿Todo bien? —preguntó Leaf que había continuado fielmente a su lado.
—No, pero debemos continuar —respondió Deagal.
Sus palabras sonaban confiables y lógicas. Nadie se quejó, pero en el fondo sentían la misma desazón. Emil podía caerles mejor o peor, pero en el fondo era un buen amigo. Deagal no entendía lo que había pasado y sinceramente prefería no pensar. Emil era… era… tanto que dejar de pensar sonaba la mejor opción.
Elevó el rostro hacia el cielo y recibió agradecido las primeras gotas de lluvia en el rostro. Poco después entró a la tienda. Wilkin y Gage sujetaban a Kenric intentando que sus convulsiones pararan.
Deagal salía de un infierno para meterse directo en otro. Todos ayudaron a Kenric en lo que podían, bajando su fiebre, limpiando su cuerpo, aplicando pasta en sus heridas. Se pasaron toda la noche luchando contra la muerte misma.
Los primeros rayos del sol fueron signos de salvación, milagrosamente, Kenric se estabilizó. Sin embargo, al médico le preocupaba la palidez del soldado y su evidente pérdida de peso y energía. Suponía que no pasaría otra noche. Se estaban quedando sin tiempo ni opciones.
Para empeorar el panorama, Gage llegó con la noticia de que cinco niños habían desaparecido en la aldea.
Así que esa mañana partieron al pueblo para encontrar alguna recóndita pista. Deagal suponía que debía haber alguna conexión entre las víctimas. Se negaba a creer que la criatura actuara sin algún patrón.
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Editado: 13.09.2026