La bruja de porcelana 02: Inquebrantables

XXII. Verdades iluminadas

Emil caminó solo, dejando que la niebla lo abrazara y lo llevara lejos de la mirada de todos. Sentía sobre sus hombros un peso desconocido, una especie de soledad que le recordaba a tiempos peores.

Cuando estuvo lo suficientemente lejos, se sacó el medallón del cuello y gritó a la nada.

—Me presento ante ti como soy realmente. ¡Aquí está la verdad que tanto me pedias! ¿Podrás hacer lo mismo?

Lo único que recibió de respuesta fue el viento silbando entre los árboles muertos.

Emil recorrió la tierra sin conocer en que dirección iba, prefería ir tocando la neblina, sintiendo la humedad que compartía y moviendo de un lado al otro las finas gotas de agua.

En algún momento, sus botas comenzaron a hundirse en el lodo, aunque no tan profundo como en la primera ilusión. Le parecía que estaba vez lo que sentía era real. Pronto, la neblina comenzó a dispersarse y dejó ver el cielo nublado. Una fría lluvia cayó sobre su cabeza y mojó su corto cabello.

Algunas veces visualizó a las criaturas, pero ninguna se acercó. Aunque una que otra pareció sorprenderse de encontrarse. Quizás no creían que se atrevería. Sea como fuera Emil se sintió observado y buscó la manera de cubrirse el rostro. Hace mucho que no se mostraba así, así sin capucha.

Cuando el barro le llegó más arriba de la rodilla comenzó a preocuparse. Pensando que después de todo las ilusiones continuaban. Apretó más su medallón y le rogó a su amigo que lo ayudara. Unas manos invisibles parecieron sostenerlo y ayudarlo a dar varios pasos más.

En todo el camino no vio ni un solo animal. No había pájaros, ratas, ni siquiera rastro de sus hermanos. Todo se sentía solitario.

Cuando al fin salió del barro. Tenía toda su ropa mojada, sus manos y cara coloreados de un color chocolate que iba secándose y volviéndose molesto. Incluso sus botas estaban tan llenas de lodo que las hacían más pesadas.

Se limpió como pudo la frente retirando tanto el sudor como el maldito fango. Cerca se encontraba al fin una de las torres de la antigua ciudad.

La hierba alrededor estaba muerta y podrida. Su superficie era resbalosa y varias veces, Emil perdió el equilibro y besó la tierra.

El lugar se iba empinando cada vez más y lo que parecía ser una línea recta terminó convirtiéndose en una especie de colina cubierta por una neblina gris que solo le permitía ver la cúspide de la torre.

Mientras más avanzaba parecía cubrir menos terreno y su sospecha sobre la supuesta ilusión le molestaba. Se sentía como un peón en el tablero de las criaturas.

Después de lo que pareció una eternidad al fin llegó ante la muralla de piedra. Tardó algo más de tiempo en encontrar una pequeña abertura. Tenía el espacio justo para dejar pasar una persona. Era como si la muralla misma le estuviera invitando a pasar.

Emil se aproximó a la abertura y distinguió un árbol muerto. Cerca un par de esqueletos pasearon por la calle. Iban enganchados del brazo como si fueran una pareja que simplemente paseaba.

Recién entonces entendió que la ciudad de los muertos no era un sobrenombre, era justo lo que era Kozanga.

Examinó la abertura y probó meter un brazo. El espacio era muy reducido y no terminaba de convencerlo. Decidió caminar alrededor de la muralla buscando una entrada más plausible, pero no encontró nada.

No le quedó otra opción que intentar por la grieta. Luchó un buen rato para intentar pasar con su armadura de cuero, pero fue imposible. Incluso el cinturón donde colgaba su espada parecía impedirle pasar.

Con disgusto se sacó la armadura y sacó su espada de la vaina. Estaba en perfectas condiciones, salvo que la empuñadura ahora estaba sucia por el barro. Amarró el amuleto en su empuñadura para no perderlo. Se pegó lo máximo posible a la pared y caminó de lado. Con la espada muy pegada a la pared.

Algunos bordes filosos rasguñaron la piel de sus manos y de su espalda. La grieta se reducía por momentos, su pecho se presionó entre pared y pared y por un angustiante momento, Emil sintió que se quedaría atrapado.

Utilizó sus manos para impulsarse y sintió en el rostro un poco de brisa. Cerró los ojos y respiró profundo. Casi se ahogó cuando una oleada de olor pútrido atacó su nariz. Escupió como pudo todo ese aire, aunque dentro sabía que era totalmente ilógico. Se esforzó un poco más hasta que la mitad de su cuerpo quedó libre.

Estaba ya cantando victoria cuando su pie tropezó con un desnivel y cayó con poca gracia a los pies del árbol. La pareja que paseaba lo miró con sorpresa.

Emil se levantó de un salto e intentó alejarse lo máximo posible. Una niebla blanca, pero no densa acompañaba las calles. Miró a un lado a otro de la calle y escogió aquel que estaba libre de muertos.

Pegado a la pared utilizó su mano izquierda para guiarse, mientras que con la otra sujetaba firmemente su espada. Había estudiado los planos de la antigua ciudad y trataba de ubicarse mientras evitaba a sus horripilantes lugareños.

La ciudad, aunque destruida por el tiempo mantenía algo de sus magníficos palacios y casas. Antes había sido un centro de comercio bastante importante. La dirigían los mercaderes más ricos donde cada uno construía palacios más grandes y opulentos que sus rivales. Emil intentaba llegar al que en ese entonces era sin duda el ganar indiscutible. Esperaba encontrar allí a la mujer cadáver.




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