La luz apenas se filtraba por la ventana convirtiendo el pasillo en un túnel oscuro y silencioso. Ella aguantaba la respiración. Tenía miedo de atraer su atención. Era imposible, pero sabía que él estaba ahí.
Todos decían que cuando Cassian entraba a una habitación todo se paralizaba. La joven no lo negaba. Lo había vivido personalmente y con solo sentir su presencia su corazón volaba.
Intentó regresarse a su habitación, pero la puerta desapareció. El único camino era hacia adelante. Solo hacia él. Por más que su mirada volaba buscando la forma de escapar sus pies continuaban por el pasillo. La oscuridad la envolvía y poco a poco las paredes la rozaban en un abrazo claustrofóbico. Maude siseó el nombre de su hermano. Él era el único que podía protegerla.
Un ruido sordo la hizo paralizarse. Se sintió más débil que nunca e intentó sostenerse de las paredes. El mundo bajo sus pies temblaba y fragmentos de techo caían sobre su cabeza. El lugar se iba estrechando. Ella levantó la voz llamando con más fuerza a su hermano. El polvo se coló por su nariz y dobló la sensación de ahogamiento.
Intentó correr, pero el pasillo desapareció convirtiéndose en un agujero negro que la atraía. Ella perdió el equilibrio y cayó. La negrura era todo cuando percibía y no había nadie para salvarla.
No llegó a tocar el suelo. Su cuerpo se sacudió por el miedo, despertándola. Se encontró en su habitación, cubierta de sudor y sujetando con desesperación sus sábanas. «Todo estaba bien», se dijo a sí misma. Solo había sido una pesadilla.
Cerró ligeramente los ojos y revivió el último momento, justo cuando la oscuridad la absorbió. Un movimiento bamboleante se agudizó de repente sacándola de su ensimismamiento. El castillo se estaba sacudiendo.
De nuevo, su corazón dio un vuelco e intentó ponerse de pie. Las sábanas se enredaron en su cuerpo y la jalaron hacia abajo. Maude tardó unos minutos en comprender que se había caído. Otro sacudón produjo daños en la pared. La roca se partió y dio lugar a una fisura profunda. Escombros no tardaron en caer del techo.
Maude lanzó una maldición y apartó con furiosas patadas las sábanas. Medio a gatas corrió hacia las cortinas y las abrió. Un rayo de luz iluminó a un ejército infinito en el horizonte. Un grito se atrapó en su garganta. Venían a por ellos. Ya no había tiempo.
Una piedra del tamaño de una casa se formó a lo lejos y rápida cruzó el cielo. Venía hacia ella. Asustada se arrojó al suelo y se protegió la cabeza. Comenzó a rezar en voz baja, esperando que la muerte no fuera cruel.
El castillo se agitó bajo el golpe, la piedra del muro se agrietó y gritos roncos escaparon de los heridos. Maude también gritó. Sentía una fría brisa entrando por su habitación medio derruida. No tenía que abrir los ojos para saber que el polvo y fragmentos de piedra la habían alcanzado. Sentía el dolor propio de los golpes.
Se arrastró por el suelo para alejarse lo más posible. «Estúpida» se repetía una y otra vez. Sabía que ese momento llegaría y, sin embargo, actuaba como una niña pequeña.
Otro proyectil impactó contra el castillo. La ventana terminó de estallar y de nuevo, Maude gritó. Los cristales saltaron contra su piel y el ardor de las heridas la inmovilizó. «Oh, no, por favor, no» gimió contra el suelo. No quería morir así.
Pronto el entrechocar del acero le confirmó que las defensas exteriores cayeron y el ejército entraba. Se imaginó a millares de hombres con armadura blanca entrando como hormigas. Derribarían su puerta y la matarían. Cerró los ojos con furia.
«Eres una bruja» se recordó medio sollozante. Podía hacerlo. Solo tenía que levantarse y buscar a su hermano. Movió tímidamente sus dedos e intentó hablar. Un grito atroz interrumpió su concentración. Los sentía a su lado, incluso sobre ella. Maude gimió e intentó hacerse una pequeña bolita con su cuerpo.
—Maudy —el grito sonó lejos. Demasiado. Sin embargo, no podía ignorarlo.
Respiró profundo y obligó a su cuerpo a moverse. Sus músculos se habían agarrotado y sentía la sangre resbalando por uno de sus hombros. Utilizó un escritorio para aferrarse y finalmente ponerse de pie. Su cabeza comenzó a martillearle y su visión se llenó de puntos blancos. El grito de su hermano sonó más cerca y le devolvió el valor.
Otra vez se obligó a respirar y giró la cabeza en busca de su hermano. Godfrey se asomó por la puerta derruida y en cuánto la vio corrió hacia ella.
Los dos se habían quedado huérfanos demasiado pronto. El único que la había querido y protegido era él. Maude lo abrazó y sintió una punzada de tranquilidad.
—¿Estás bien? —preguntó revisando que no estuviera herido.
Salvo por el polvo y un magullón en la frente Godfrey estaba bien.
—Tenemos que irnos—gritó para hacerse escuchar sobre el ruido.
Maude apenas alcanzó a asentir. Su hermano la agarró del brazo e intentó guiarla hacia la salida. Sin embargo, el suelo volvió a tambalearse y ambos cayeron. Fue en ese momento que la joven se fijó en algo. Un aro resplandeciente brillaba en una de las esquinas de su habitación. Se trataba de su anillo de compromiso. El que Regina le había regalado. Por la forma en que brillaba debía tener mucho poder.
—¿Qué haces? —le regañó su hermano cuando ella se abalanzó para recogerlo.
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Editado: 23.07.2026