El dolor era tan intenso que no podía dejar de temblar. Se apretaba la mano contra el costado. Sentía la sangre caliente y pegajosa que seguía fluyendo. No sabía dónde estaba o a dónde se dirigía. Hace rato había dejado de escuchar la lucha, pero las imágenes se repetían en su cabeza.
La noche estaba cayendo y sus solitarios pasos se perdían entre los callejones. Los ebrios lo evitaban, quizá oliendo su poder. Algo ridículo, pues los que no le conocían, solo veían a un joven de catorce, tembloroso y débil.
Él no sabía cuánto más soportaría. Necesitaba curarse o moriría. Lo peor era que no podía pedir ayuda, principalmente por orgullo, pero también porque cualquiera podría reconocerlo como Magic.
Una botella de vidrio se enredó entre sus pies y cayó con poca elegancia. Su cabeza rozó el muro y apenas logró poner las manos. Su muñeca se dobló en un ángulo extraño produciéndole una oleada de dolor agudo. Estaba sollozando entre restos putrefactos de verduras y orinas de borrachos. «La caída de un príncipe», pensó amargamente.
Había pasado demasiado ese día. Tanta sangre y muerte. Jamás se imaginó que terminaría así. Se arrastró un poco más en el callejón hasta recostarse sobre una húmeda pared. Respirar le estaba costando demasiado. Después de todo, su hogar, el último bastión de los Magics había caído.
Cerró los ojos tanto por el dolor de su herida como por los recuerdos y la imagen de su madre frente a él. El cabello pelirrojo ondeando tras su espalda, su sonrisa cuando torturaban gente, sus manos suaves cuando compartían cariño. Su madre era la única que amaba. La que desde siempre le había aceptado, acompañado y enseñado. Poco a poco su imagen comenzó a transformarse.
Sus ojos negros le miraron sin ver y de sus rojos labios salió un chorro de sangre. Sus manos todavía se aferraban a sus hombros. Su último aliento lo transportó lejos. No importaba sus deseos, Cassian fue apartado de su madre. Apretó los puños y tomó una botella de vidrio. La lanzó con todas sus fuerzas y disfrutó con sonido de los cristales.
Las lágrimas amenazaban con aparecer en su rostro. Se obligó a respirar profundo, no podía llorar. Su madre le había criado para ser fuerte. No para… un sollozo inconsciente escapó de su garganta y él se vio obligado a taparse la boca. La imagen de su madre sola y sin nadie para defenderla le destrozaba.
Mordió su propia mano para evitar llorar. Concentrarse en un dolor diferente, evitaba que el llanto lo ahogara. Lanzó varios puñetazos al aire y gritó. Eso no era justo. Ellos estaban destinados para grandes cosas, así lo decía siempre su madre. Pensar que todo había acabado… era simplemente inadmisible.
Entre tanta ira y agonía, Cassian escuchó algo. Un roce en la pared, un salpiqueo de agua, una posible pisada. Apretó más su herida y con sea medio se incorporó. Su muñeca, aunque adolorida todavía le permitía defenderse.
Una sombra pequeña y todavía lejana se asomó al callejón. Cassian movió sus dedos y una estela azul los pintó. Estaba listo.
—Será mejor que no lo hagas —le advirtió la sombra.
El joven se tensó más. Ladró una advertencia que sonó débil, incluso para él. La figura prendió un candelabro. Dejándose ver.
Era una chica. Llevaba un vestido sencillo y una capucha. Estaba asustada. Lo notaba por la tensión en su cuello y labios.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó apretando los dientes. El esfuerzo de levantarse había reabierto la herida y la sangre cálida se deslizaba entre sus dedos.
—Solo ayudarte —respondió ella con serenidad.
—¿Por qué?
La joven se movió lentamente. Mostró sus palmas hacia arriba para que él no la considerara una amenaza y con movimientos lentos se fue subiendo la manga del vestido. Unas líneas negras fueron apareciendo en su piel blanca. Al reconocer la marca Cassian dio un respingo y el dolor se agudizó. Durante varios segundos se quedó sin aire.
La luz del fuego le daba un brillo especial a la tinta negra. La figura se destacaba sobre la piel. Romboidal y con dos medias lunas a cada lado.
—Es la marca de mi madre—dijo medio ahogado— ¿Quién eres?
—Mi nombre es Edme. Fui elegida por tu madre para cuidarte —dijo ella intentando sonreír. Se quitó la capucha y dejó ver una cabellera castaña. No era una Magic.
—No necesito que me cuides —dijo y dio atrevidos pasos hacia ella.
Su idea era pasarla de largo e irse a esconder a un nuevo callejón, pero su cuerpo le falló. El mundo comenzó a dar vueltas y unos puntos blancos bailaron frente a sus ojos. La chica extendió sus manos como si quisiera tocarlo.
—¡No me toques! Aléjate —le advirtió él sintiendo que sus rodillas le fallaban —. ¿Qué quieres en realidad? —balbuceó apoyándose sobre la pared.
—Ya te lo dije, ayudarte.
—No… te… necesito.
—Ah, ¿no? Te ves un poco pálido.
Él quería desmentirlo, pero sus piernas terminaron cediendo y su cuerpo se arrastró por la pared. Las luces se hacían cada vez más brillantes y el mundo más borroso. Apenas fue consciente del rostro de Edme moviéndose y unas manos en sus costados.
Él gruñó. Sin embargo, no hizo nada para resistirse. Ya no tenía fuerzas. La sangre se deslizó fuera de su mano y manchó el piso. A trompicones se dejó llevar por el oscuro callejón y calles más allá. El chillido de una puerta y el calor de un hogar le hizo entender que ya no estaba afuera. Edme lo condujo hasta una especie de sillón y su cuerpo se dejó caer.
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Editado: 23.07.2026