Maude esperó a que el sonido de pisadas desapareciera para dejarse resbalar hasta el suelo. Temía que su hermano interrumpiera su soledad y al mismo tiempo necesitaba de su compañía. Se sentía tan sola y desdichada que no podía hacer otra cosa que torturarse mentalmente.
Todo lo que había conocido había desaparecido. No habría más personas que le regalaran dulces. Ella se había convertido en una fugitiva que tarde o temprano sería cazada. Tenía un gran deseo de llorar. Aunque su mente se afanaba en recordarle de que al menos era libre. Con un poco de suerte tanto Regina como Cassian estarían muertos.
Ya no habían Magics en su futuro, ni bodas no deseadas y, sin embargo, ahí estaba. Con el cabello lleno de barro, en una habitación solitaria, perseguida y asustada. Cerró los ojos e invocó la memoria de su madre. Si alguna vez la había necesitado era ahora.
La había perdido muy joven y su mente no alcanzaba a recordar más que atisbos. Un cabello iluminado, unos labios sonrientes y… nada más. Sin embargo, sabía qué si ella hubiera estado, habría podido protegerla. Con sus brazos evitaría que la gente la quemara. En medio de su dolor, logró alcanzar otro recuerdo, un rostro que se desvaneció demasiado pronto.
Entonces las lágrimas se soltaron, ardientes y peligrosas. Lloró tanto que pronto sus ojos quedaron secos y no quedó más que dolor en su pecho. Sus piernas ya entumecidas se quejaron y ella se vio obligada a levantarse.
Ponerse de nuevo en pie suponía un esfuerzo diferente. Uno que por alguna razón obligó a su mente a buscar otro escenario. Tomó su falda y giró varias veces sobre sí misma como si estuviera bailando. Cuando tenía miedo solía hacer eso. Imaginarse que estaba en otro lugar, en otro momento. Ahora, por ejemplo, se imaginaba en un enorme salón de baile, con música dulce y empalagosa y un caballero misterioso que la llevaba del brazo.
Dio vueltas y vueltas hasta que extendió los brazos. Su propio cuerpo creaba una brisa que sacudía su cabello y le permitía imaginar que alguien la sostenía, que la quería. De pronto, sus dedos golpearon una superficie dura que la devolvió a la habitación.
Abrió los ojos sobresaltada y se encontró mirándose en un espejo pequeño y redondeado. Tardó varios minutos en reconocerse en el reflejo. No parecía ella. Su rostro se veía avejentado, demasiado pálido y aunque maquillado por el barro podía adivinar los tatuajes en sus mejillas. Enfadada comenzó a refregarse la piel, clavándose las uñas. Barro y piel arrancó, pero ahí permanecían, burlándose de ella.
Maude se apartó furiosa y se arrojó a la cama. Un objeto tintineante cayó de su bolsillo. En medio de la oscuridad brillaba. Redondo y perfecto. Recordándole que la magia todavía estaba con ella.
—Esto es magia pura. Un objeto del Caos que sellará su alianza —le dijo Regina cuando se lo entregó. Maude había jugueteado una tarde con ese anillo hasta que Cassian vino a visitarla.
Esa visita la hizo sacudirse con asco. No era eso lo que quería recordar, sino lo otro. Había probado varios hechizos, pero había uno que le gustó. Le ayudaba a cambiar su apariencia. Recordaba verse en el espejo con el cabello negro y la piel perfecta. Todo era tranquilidad.
Eso le hizo pensar algo. Una idea… descabellada. Sonrió y sintió la tentación de reírse. Miró una vez a la puerta y se aseguró de que estuviera asegurada. Afuera todo estaba en silencio. Su hermano debía estar todavía abajo. Quizá no la buscara hasta la mañana. Se agachó y tomó el anillo.
Se preparó frente al espejo. Acomodó un pequeño taburete. Buscó un peine de madera y se imaginó la apariencia que quería. Sin tatuajes, sin palidez anormal, sin barro en el pelo. Sería como antes. Se colocó el anillo que no tardó en refulgir de azul. Un cosquilleo recorrió su cuerpo y en un parpadeó ya era otra.
Ahora tenía el cabello negro largo y lacio. Piel de porcelana suave y rojiza. Mejillas sonrosadas y labios perfectos. No era una belleza, pero era ella. Cualquier ira o miedo se desvaneció. Al fin era alguien normal, una adolescente que se cepillaba el cabello en un hogar.
Cuando terminó se acostó en la cama, sin cambiarse de ropa, sin abrir las sábanas, solo sucumbiendo al sueño que al fin había llegado.
Durmió alrededor de unas tres horas cuando algo comenzó a dolerle. Se despertó creyendo que era una nueva pesadilla. Sin embargo, el dolor continuaba y se acentuaba. Ardía en alguna parte. Sin saber que era, buscó palpándose a sí misma partes del cuerpo. El dolor se intensificaba. Ella apretó los labios y entonces lo vio. Su dedo anular hinchado, apretado por el anillo de oro. Maude intentó sacarlo, pero estaba atorado y quemaba.
Desesperada intentó sacarse con los dientes. Se quemó los labios y la desesperación aumentó. Simplemente no podía sacarlo. Comenzó a gritar buscando ayuda. Sus pies tropezaron en la oscuridad y la manija no cedió a sus esfuerzos. Volvió a gritar y se sujetó el dedo hacia abajo. Deseaba tener algo, cualquier cosa, incluso un cuchillo. Jaló con furia, sin importarle perder el dedo. Solo quería que el dolor parara. Metió las uñas debajo del aro e hizo nuevamente presión. Se soltó de golpe y cayó dando unos saltitos en el suelo.
Estaba al rojo vivo y sacaba humo sobre la madera. Maude lo miró detenerse. Cayó a un lado como una moneda y entonces explotó.
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Editado: 23.07.2026