La bruja de porcelana

VII. Decisiones del destino.

Él caminaba orgulloso por la calle. Era como la tercera semana que estaba de servicio y ya se había acostumbrado al uniforme. Se mantenía lo más erguido posible, manteniendo siempre su cabeza en alto y su pecho hacia adelante. No había más honor que prestar servicio a la ciudad.

Por más que intentó aguantarse un bostezo profundo y quizá exagerado lo detuvo un momento. No le gustaba pensar en el cansancio, pero sus párpados se afanaban por pesar más y sus bostezos cada vez se hacían más prolongados. No había dormido como en tres días. Sacudió la cabeza y continuó con su ronda. Después de todo, tenía que mantenerse alerta.

La noche era muy tranquila y para no dejarse llevar por la somnolencia se dejó llevar por su ávida imaginación. Pensó en los carteles, murales y pergaminos que hablarían tarde o temprano de sus hazañas. Dirían: «Emil, el caballero de oro». Sería reconocido por todo el reino y admirado tanto por jóvenes como por viejos, incluso el mismísimo rey Tristán lo armaría caballero.

Imaginarse tal futuro infundió de vida nuevamente a su cuerpo y pronto se encontró corriendo por los callejones, aprovechando cualquier basurero para saltar y las paredes para intentar hacer grandiosas hazañas. Se imaginaba combatiendo con algún brujo oscuro, evadiendo sus hechizos y contratacando contra su afilada espada.

Se encontraba enfrentándose a una bolsa de basura cuando un fuerte sonido lo sobresaltó. En primera instancia pensó que había logrado desbaratar el contenedor y que toda la basura caería a sus pis. Sin embargo, el sonido se repitió una y otra vez. Cada vez más fuerte y cercano. Su cerebro no tardó en reconocerlo como explosiones sucesivas. Sin pensarlo demasiado se arrojó a la calle para ofrecer su ayuda. Esta era la oportunidad que tanto estaba buscando.

—Auxilio —escuchó los primeros llamados de la gente que había abandonado su sueño.

—¡Por Dios! —gritó alguien más. Señalando a una columna de humo que se alzaba sobre sus cabezas.

Los gritos llegaron rápido y se acumularon tanto que las palabras se volvieron imposibles de entender. Emil corrió hacia a primera columna de humo, sus músculos bombardeados por una ola de adrenalina que dejaban atrás el cansancio.

No tardó en encontrarse a un puñado de soldados que al igual que él corrían para auxiliar a los heridos. Entre ellos, distinguió a un capitán.

—Señor —dijo tras recuperar el aliento y presentarse ante el hombre.

El capitán estaba visiblemente afectado y grandes gotas de sudor resbalaban por su nuca. Repartía órdenes a gritos e intentaba controlar a una muchedumbre cada vez más creciente que clamaba por ayuda.

—¡Corre a la taberna! Ahí hay heridos —le gritó en cuánto tuvo la oportunidad y entre empujones lo alejó.

Emil recorrió las calles a máxima velocidad, esquivando personas asustadas, niños que lloraban y mujeres que se afanaban en aumentar el drama. La columna de humo se convirtió en su brújula gigante y horrorosa

Cuando llegó, el humo se extendía por todas las calles y de la taberna salían personas a trompicones. Muchas se quejaban de visibles quemaduras en la piel. Entre toses y asfixias buscaban un lugar seguro. Él no tenía ni idea de dónde comenzar.

—Todo está ardiendo —gritó un hombretón que parecía salido de la nada y se arrojó hacia él con violencia —. ¡Haga algo! —demandó dándole un empujón hacia la taberna.

Emil corrió sin entender muy bien qué hacer cuando se chocó con una chica rubia. Tenía el cabello revuelto y la cara surcada de ceniza. Le agarró por la manga y le gritó:

—Ayúdeme, por favor.

Su voz cargada de desesperación le trajo recuerdos que deseaba enterrar. Hablaba desde un lugar de dolor tan profundo que se asustó. Buscó de inmediato en su cuerpo alguna herida mortal.

—¿Dónde te duele? —preguntó sujetándola por la cintura —. ¿Estás muy herida?

Ella se removió violenta contra él y con los ojos llorosos y la garganta casi acabada volvió a gritar:

—¡No! ¡Suélteme que no soy yo! Es mi… mi prometido. Está arriba. ¡Atrapado!

Los otros gritos se mezclaron sin hacerse entender. Él se volvió hacia la taberna, las llamas rojizas se alzaban al cielo consumiendo la madera con avidez. Respiró profundo. Tenía dos opciones quedarse atontado o entrar y posiblemente salvar vidas.

Con una determinación que hasta ese entonces le resultaba desconocida cruzó la humareda e ingresó a la taberna. Adentro todo era demasiado oscuro, el humo resultaba imposible de soportar y aunque estaba cubierto por la manga de su camisa, Emil sintió que se ahogaba.

Caminó medio asfixiado y se pegó contra una mesa. El dolor hizo que se quejara y perdiera el poco aire puro que tenía. Ahí dentro estaba todo demasiado caliente podía sentir como el sudor caía por todo su cuerpo. Su cabello se pegaba afanosamente a su frente y su visión se hizo borrosa. Una parte de él le rogó que escapara. No quería morir quemado.

No obstante, apretó los dientes y utilizando sus manos para tantear posibles obstáculos se lanzó escaleras arriba. Si alguien estaba atrapado tenía que ser en las habitaciones.

Un golpe a la altura de la canilla le avisó que estaba por el camino correcto. Subió a gatas, quemándose las palmas de las manos y gritando en busca de las personas atrapadas. El calor se había hecho más intenso y no parecía haber nada que lo detuviera. Emil sentía como las ampollas se formaban en su piel.




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