La taberna se desplomó con un gran estruendo. Sacudió la ciudad y agregó polvo y gritos a la noche. Cyprian apenas se sobresaltó. Esta era la octava catástrofe en la ciudad. Ya casi nada podía desestabilizarlo. Ese umbral lo había sobrepasado hace un buen rato.
Cyprian era el jefe supremo de los guardias. Llevaba casi una vida al mando y jamás había fracaso tanto. Caminaba con determinación hasta la taberna desplomada. Todos se hacían a un lado para dejarlo pasar. Su reputación lo precedía y nadie se atrevía a cuestionarlo. No todavía.
Por toda la ciudad se podía distinguir la ceniza y un olor más asqueroso. Era como un olor metálico persistente, algo así como si algo se hubiera oxidado y podrido. Era difícil de describir, pero fácil de detectar, al menos para él. Los Magics estaban en su ciudad.
Cyprian odiaba muchas cosas, pero nada como a los brujos. La magia siempre desestabilizaba todo, incluso años de trabajo. Había protegido a Mosika para evitar su influencia, pero jamás era suficiente. Siempre se escabullía una de esas alimañas y traía solo dolor a su gente.
Cuando cayó la taberna, el último de los incendios se había apagado. Una multitud de hombre se afanaban por ayudar. Llevando heridos, quitando escombros, sacando cuerpos. La cadena de voluntarios trabajaba arduamente, aguantando las lágrimas y la desesperación. El desastre estaba causado solo quedaba intentar levantarse.
Cyprian ignoró la fila de cadáveres que se extendían por toda una calle. No quería torturarse imaginándose cuantos muertos llevaban. Todavía no. Una parte de su mente anotó que debía hablar con el sacerdote. Había demasiados discursos que dedicar y tierra para enterrar.
No sabía bien cómo había empezado el desastre, pero algunos informes decían que anillos, cadenas y espejos mágicos explotaron. Al capitán le sorprendía descubrir que tantos de los suyos habían cedido a la magia.
Al acercarse lo suficiente a los restos de la cabaña distinguió a un hombre gordo y herido que se sujetaba la cabeza. Frente a él, los últimos restos humeantes se extinguían lentamente. Una joven rubia se abrazaba a él, llorando y de vez en cuando mirando las cenizas. El hombre estaba estupefacto y solo de vez en cuando maldecía. Cyprian se paró a su lado. Contempló en silencio las ruinas del lugar.
—Todo mi trabajo —gimió el hombre sin voltear a verlo.
Cyprian no quería parecer indiferente, pero no tenía tiempo para consolarlo. Necesitaba información para poder redactar lo sucedido. De otra manera, no llegaría más ayuda de otras ciudades.
—Saben, ¿cómo empezó? —preguntó cruzando las muñecas detrás de su espalda. La muchacha rubia levantó su cabeza y sollozó.
—No —murmuró abrazándose a sí misma.
—En una de las habitaciones —respondió el tabernero tras un largo momento. Su voz ronca por el efecto del humo.
—¿Algún objeto en particular?
—No… no lo sé.
—¿Cuántos han muerto? —interrumpió la joven volteándose a mirarlos.
—Demasiados —respondió Cyprian recordando la columna de muertos por la calle.
El rostro de la chica se desfiguró y se cubrió la cara con sus manos. De nuevo comenzó a llorar y media loca se abalanzó a los restos carbonizados. Con las manos desnudas intentó levantar unas pesadas tablas.
—¡Ya está muerto! —gritó el hombre abalanzándose a ella para detenerla.
—¿Algún hijo? —preguntó el capitán sereno.
—No. Su… pareja.
—Lo lamento, señora —dijo y estaba por darse la vuelta cuando la chica volvió a gritar.
—Él estaba ahí. Lo sé. Su hermana… él debe estar vivo.
La joven cayó de rodillas y su llanto volvió a encenderse, añadiendo ahora gritos lastimeros que nadie podía entender. El hombre a su lado intentó consolarla con poco éxito. Cyprian hizo una mueca de desagrado y decidió mejor alejarse. Era más útil en cualquier otra cosa.
Pronto uno de los suyos fue corriendo hacia él.
—Señor… le interesará ver esto.
Su soldado no estaba equivocado. Entre la ceniza y los escombros se encontraban tres personas, aunque solo una de ellas estaba media consciente. Un hombre alto y demasiado delgado balbuceaba murmurando sobre la piedad. Otro permanecía cargado por sus compañeros, se trataba de un guardia joven que estaba apenas vivo. Se lo llevaron lo más rápido que pudieron a la enfermería. Cyprian esperaba que sobreviviera, ya era suficiente muerte.
El hombre delgado intentaba proteger a un bulto largo e inmóvil. El capitán se imaginaba que algún ser querido que estaba muerto.
Varios de los soldados intentaron apartarlo, pero él se defendió con uñas y dientes. Pegando puñetazos e incluso dos intentos de mordidas. Parecía un perro furioso defendiendo su hueso. Cyrpian dio un paso delante y con señas pidió a sus soldados que retrocedieran.
—Solo queremos ayudarte —dijo calmado y acuchillándose al lado del hombre —. Déjame ver, ¿a quién tienes allí?
El hombre abrazó más al bulto y la pegó a su pecho.
—¡No la toque! —aulló.
—¿Está herida?
—¡No la toque!
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Editado: 23.07.2026