La bruja de porcelana

XXIII

Él estaba furioso, sus pisadas resonaban sobre el barro y sus zapatos se hundían por completo, Sabina intentaba amenizar la tarde, pero no tenía mucho éxito. Godfrey apenas la escuchaba, estaba demasiado enfadado.

No podía creerlo, su hermana era… era… era tan tonta. ¿Cómo podía haber prometido eso? ¿Por qué? Lo más lógico era escapar, continuar corriendo, ellos no eran soldados. Las batallas había que dejarlas a los especialistas.

La discusión con Maude no le dejaba dormir, continuaba repitiéndose en su cabeza, despertándose muchas más emociones que las que sintió en ese momento.

—¿Qué es lo que sucedió? —había preguntado mientras la abrazaba. Al fin parecía haberse calmado.

Todo se había sentido tan surreal. La magia siempre terminaba sorprendiéndole y no de buena manera. Cuando Emil logró dejarla inconsciente, Godfrey no podía creerlo. Su hermana había perdido por completo el control de su cuerpo y ahora… bueno todo se complicaba.

—Los ataqué, eso es lo que hice —respondió Maude entre sollozos y golpes al aire.

Estaba como enfadada y dolida. Una forma que la hacía ver desorientada, demasiado joven y, sobre todo, vulnerable. Esa desazón solo la había visto cuando se anunció su compromiso con Cassian. Pensar en él hizo que se unieran los puntos.

—¿Él volvió?

—Nunca se fue.

Su mirada estaba cargada de reproche. Una ira que iba dirigida a él nada menos. ¡Él que lo había hecho todo!

—¿Me estás culpando?

—¡Me entregaste a un monstruo!

—¡Era la única manera!

Si no hacía el compromiso Regina los hubiera arrojado a la calle y volverían a ser solo dos mendigos. Los Magics eran los únicos que les ofrecieron refugio. Había tenido que firmar acuerdos silenciosos. Él había trabajado para ellos desde el inicio y su hermana… a su hermana le tocaba.

—Eso no importa… me condenaste.

Godfrey se quedó sin palabras, con ganas de golpearla y hacerla entrar en razón, con ganas de abandonarla y simplemente irse, con ganas de no ser él.

—¿¡Cómo te...!?

—¡Basta! Está bien. Solo que esto debe acabar.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

—Ya no quiero escapar.

Otra vez se quedó callado, dejando que las últimas palabras le golpearan más que antes. ¿Escapar? Eso era toda su vida. Escaparon de ser huérfanos, del matrimonio, de la caída de los Magics. No había otra forma.

—Maude, estamos rodeados.

—Por eso. Ya es hora.

—¿De qué? ¿De rendirnos?

—De pelear.

La carcajada le salió del alma y de un corazón cansado. Los Inquebrantables se enfrentaban a monstruos de leyenda, todos los días y, aun así, no habían vencido a Cassian. ¿Qué oportunidad tenían ellos?

—Estás loca.

—No, solo estoy cansada. Él… él jamás me dejará en paz.

—Por eso debemos irnos, alejarnos.

—Eso ya no importa. ¿No viste? Está a kilómetros y aun así me controló. ¡No hay donde esconderse!

La desesperación de ella le provocaba preocupación a él y eso solo podía mostrarse como rabia. Él no tenía el poder de salvarla. ¡Ya no! Los problemas comenzaban a sobrepasarlo en campos que él desconocía.

—Lo intentaremos de igual manera.

Maude quiso añadir algo, pero él levantó su dedo como advertencia. No quería oír nada más. No quería aceptar que quizá su hermana tenía razón y eso no solo lo hacía sentirse culpable, sino también débil.

—No podemos —susurró ella, obligándole a voltear a verla —He hecho un trato.

Eso era todo, ya no había esperanza. ¿Un trato? Eso con los brujos nunca salía bien.

—No voy a unirme a él. ¡Jamás! —añadió antes de que Godfrey pudiera pensar en una solución —. Pelearé. Sola o no.

Ella no llegaría ni a la esquina sola y él no lo permitiría.

—Creo que tenemos todo lo necesario —dijo Sabina, interrumpiendo sus discusiones imaginarias.

—Entonces volvamos.

El camino fue silencioso, Godfrey ya tenía las palabras perfectas. Haría entrar en razón a su hermana le gustara o no. Apresuró los últimos pasos y al asomarse al claro, vio algo que casi no pudo creer.

Maude estaba sonriendo, con la misma alegría que antes de su compromiso. Toda su aura era cálida, propia de la juventud. Emil le enseñaba a prender una fogata y se divertía dando vueltas al palo entre sus manos.

—Llegamos —anunció Sabina rompiendo la tranquilidad.

La felicidad de su hermana se cayó en pedazos y al levantarse lo miró. Estaba lista para pelear.

—Ya tenemos un plan —anunció antes de darle oportunidad a nada.

—¿Plan? —preguntó Sabina sorprendida. Ella no sabía de qué habían discutido.

—Sí, para ir al encuentro de Cassian.

Emil se estremeció visiblemente, al parecer ya reconocía el nombre.




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