Él estaba furioso, sus pisadas resonaban sobre el barro y sus zapatos se hundían por completo. Sabina intentaba aferrarse a su brazo para no perder el ritmo, pero a él no podía importarle menos. Los pensamientos rabiosos no abandonaban su cabeza, ni siquiera por ella.
No podía creerlo. Su hermana era… era… era tan tonta. ¿Cómo podía haber prometido eso? ¿Por qué? Lo más lógico era escapar, continuar corriendo. Correr hasta que se acaba el mundo y empezar otra vez. Después de todo, ellos no eran soldados. Las batallas había que dejarlas a los especialistas.
La discusión con Maude no lo dejaba dormir desde hace varios días. Continuaba repitiéndose una y otra vez en su cabeza, despertando con cada nueva repetición muchas más y confusas emociones.
—¿Qué es lo que sucedió? —había preguntado mientras la abrazaba el día posterior a su ataque psicótico.
Ella estaba sentada en una esquina de la carreta, abrazada sus propias rodillas, con sus ojos tan abiertos que parecían más grandes de lo que eran. Sabina y Emil les habían dejado su espacio.
Todo lo que había sucedido parecía tan surreal como un sueño mal contado. La magia siempre tenía ese efecto. Cuando Emil logró dejarla inconsciente, Godfrey no podía creerlo. Su hermana había perdido por completo el control de su cuerpo y ahora… bueno todo se complicaba.
—Los ataqué, eso es lo que hice —respondió Maude entre dientes. Abrazándose con más fuerza.
Se le notaba enfadada y a la vez dolida. Una forma que la hacía ver desorientada, demasiado joven y, sobre todo, vulnerable. Esa desazón solo la había visto cuando se anunció su compromiso con Cassian. Pensar en él hizo que se unieran los puntos.
—¿Él volvió?
—Nunca se fue.
Su mirada estaba cargada de reproche. Una ira que iba dirigida a él nada menos. ¡Él que lo había hecho todo!
—¿Me estás culpando?
—¡Me entregaste a un monstruo!
—¡Era la única manera!
Si no hacía el compromiso Regina los hubiera arrojado a la calle y volverían a ser solo dos mendigos. Los Magics eran los únicos que les ofrecieron refugio. Había tenido que firmar acuerdos silenciosos. Él había trabajado para ellos desde el inicio y su hermana… a su hermana le tocaba cumplir su parte.
—Eso no importa… me condenaste —dijo con la voz cargada de dolor como si él en verdad la hubiera traicionado.
Godfrey se quedó sin palabras. Durante un minuto agónico sintió que se hundía en el suelo y luego una ráfaga de ira subió por su cuerpo. Apretó los puños con ganas de golpearla y hacerla entrar en razón. Él lo había hecho todo por ella, renunciado a tanto… Tenía tantas ganas de gritarle, abandonarla y simplemente irse, con ganas de no haber hecho esa promesa. Quería por una sola vez no ser él.
—¿¡Cómo te...!?
—¡Basta! Está bien. Solo que esto debe acabar.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—Ya no quiero escapar.
Otra vez se quedó callado, dejando que las últimas palabras le golpearan incluso más que antes. ¿Escapar? Eso era toda su vida. Escaparon de ser huérfanos, del matrimonio, de la caída de los Magics. No había otra forma.
—Maude, estamos rodeados.
—Por eso. Ya es hora.
—¿De qué? ¿De rendirnos?
—De pelear.
La carcajada le salió del alma y de un corazón cansado. Los Inquebrantables se enfrentaban a monstruos de leyenda, todos los días y, aun así, no habían vencido a Cassian. ¿Qué oportunidad tenían ellos?
—Estás loca.
—No, solo estoy cansada. Él… él jamás me dejará en paz.
—Por eso debemos irnos, alejarnos.
—Eso ya no importa. ¿No viste? Está a kilómetros y aun así me controló. ¡No hay donde esconderse!
La desesperación de ella le provocaba preocupación a él y eso solo podía mostrarse como rabia. Él no tenía el poder de salvarla. ¡Ya no! Los problemas comenzaban a sobrepasarlo en campos que él desconocía.
—Lo intentaremos de igual manera.
Maude quiso añadir algo, pero él levantó su dedo como advertencia. No quería oír nada más. No quería aceptar que quizá su hermana tenía razón y eso no solo lo hacía sentirse culpable, sino también débil.
—No podemos —susurró ella, obligándole a voltear a verla —He hecho un trato.
Eso era todo, ya no había esperanza. ¿Un trato? Eso con los brujos nunca salía bien.
—No voy a unirme a él. ¡Jamás! —añadió antes de que Godfrey pudiera pensar en una solución —. Pelearé. Sola o no.
Ella no llegaría ni a la esquina sola y él no lo permitiría. Sin embargo, tampoco podía obligarla a seguir huyendo ¿o sí?
—Creo que tenemos todo lo necesario —dijo Sabina, interrumpiendo su nuevo plan.
—Entonces volvamos —respondió mecánicamente, aferrándose a la única idea que le parecía cuerda.
El camino fue silencioso, Godfrey ya tenía las palabras perfectas. Haría entrar en razón a su hermana le gustara o no. Apresuró los últimos pasos y al asomarse al claro, vio algo que creyó un sueño.
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Editado: 23.08.2026