Cassian vio desaparecer a su única aliada bajo la tierra. Tragada como un muerto más. La única herramienta que dejó su madre vencida. Era algo tan… tan desilusionante.
Por un momento, había pensado que Edme era su igual, un ser de poder que podría ayudarle a volver a la cima, sin embargo, ahora se desvanecía. Solo su brazo muerto y sangrante quedaba. El licántropo todavía sacudía la cabeza como si intentara reducirla más a pedazos.
El brujo se quedó demasiado tiempo mirando, sintiendo otra vez que era débil. Él había nacido heredero de un imperio y ahora no quedaba más que muertos. Recuerdos que volvían para atormentarlo.
Siempre era lo mismo, su madre de pie con el mejor de sus vestidos, la corona todavía sobre su cabeza, pero esa esquirla… ese fragmento de sangre congelada atravesaba su pecho. Sus labios apenas se movían y el hechizo salió silencioso… Cassian apenas pudo despedirse.
El gruñido del Inquebrantable le regresó a la batalla, había escupido el brazo y se erguía ante él. Su altura era colosal, medía más de dos metros y su hocico se alzó hacia el cielo. Un aullido penetrante y terrorífico se distribuyó por todas partes.
—Hoy morirá el último —exclamó y se lanzó contra él.
Cassian saltó con todas sus fuerzas, impulsado con un hechizo que hacía más fuerte sus músculos, casi al mismo tiempo lanzó un hechizo que electrificó todo. Uno de los rayos alcanzó al licántropo que aulló de dolor. Se agarró del costado y gruñó.
—No caeré ante ti, perro.
El Inquebrantable elevó sus manos y un montón de polvo se volvió contra Cassian. Si se fijaba lo suficiente podía reconocer una forma de punta de flecha en cada mota de polvo. Cassian alzó rápidamente su brazo a la altura de su cabeza y cerró el puño. Una barrera invisible surgió protegiéndolo contra el ataque. El Inquebrantable gritó de frustración y se arrojó contra él.
Su pútrido aliento le pegó de lleno en la cara, de sus dientes amarillentos caía rastros de sangre y carne. Cassian sentía como el mismo aire presionaba contra su barrera amenazándolo con vencerle.
El brujo extendió su mano libre y creó un arpón que lo jaló hacia atrás. El movimiento fue violento y casi descontrolado. El viento luchaba por moverlo a su antojo, mientras que Cassian murmuraba a toda velocidad toda clase de hechizos para protegerse. El licántropo saltaba tras de él, como un perro intentando alcanzar su hueso.
Varias veces las dentelladas alcanzaron su ropa y trozos de su capa volaban por doquier. Para alejarlo ordenó a las raíces que atraparan al Inquebrantable, pero la tierra luchaba su propia batalla. Sentía como se endurecía, volviendo imposible que las raíces salieran de su escondite.
Finalmente, Cassian golpeó una rama particularmente dura que le hizo acabar en el suelo. El golpe lo alcanzó en la espalda y se extendió por todo su pecho, dejándole sin respiración. Su herida de batalla volvió a dolerle y su vista se nubló. Otra vez vio a su madre.
Sus labios rojos sangre moviéndose, sus ojos púrpuras perdiendo el color, su mano aferrándose a su hombro. Cassian gritó, presa del pánico y la desesperación. Él era la esperanza de los Magics y no podía terminar así.
Se puso de pie y lanzó fuego por todas partes, estaba seguro de que podría escapar de las llamas, era lo único que los Inquebrantables no podían controlar.
—Muérete, maldito —gritó como loco.
Las hojas más cercanas se encendieron en segundos, los árboles se bambolearon en un silencioso baile agonizante, el humo cubrió el cielo y Cassian continuó presionando hasta que su piel se calentó bajó las llamas. Entonces, respiró.
Por un momento, el sonido de las llamas era lo único que lo acompañaba. El sudor corría por su frente. En medio del incendio se sintió solo y deseó que al menos uno de sus Magics estuviera con él. Utilizando los últimos resquicios de su poder se elevó por los aires, no sentía la oposición de la magia elemental. Desde arriba todo era Caos y una parte de su alma sonrió.
—Esto es lo que te ofrezco —gritó a su deidad. Sabía que en algún lugar estaba su Dios —. Caos y muerte.
El sol se cubrió con nubes negras y Cassian casi pudo sentir al señor del Caos sonriendo. El libro de Edme profetizaba que él sería su nuevo campeón. Él cerró los ojos y elevó la cara al cielo, quería sentir ese momento de triunfo.
Pequeñas gotas de agua golpearon su piel. Suaves y tranquilizadoras, refrescando su cuerpo. El brujo por poco se dejó llevar. Sin embargo, algo hizo conexión en su cabeza y comprendió que las risas no eran suyas. Cuando abrió los ojos, la tormenta ya había estallado.
La lluvia apagó el fuego con gran velocidad, dejando todo como al principio. En su altura, Cassian pudo ver al licántropo. Aullaba hacia el cielo, sin necesidad de mover las manos, ni de lanzar palabras mágicas, él controlaba la lluvia con solo su poder de voluntad. Ahora fue Cassian quien gritó.
Gritó al cielo, exigiendo ser visto, queriendo que el Caos le ayudara, pero eso no sucedió. El licántropo continuaba ahí abajo, más poderoso que nunca, mientras que él estaba cansado, con la piel abierta en grietas negras que iban hacia su alma. Ultrajado, derrotado. ¡Esto no era justo!
Apretó los puños y bajó a toda velocidad. Sentía que su cuerpo llegaba al límite. Su piel se abría como nunca, pero eso no le importó. Solo quería ganar. Creó una extensión invisible de sus manos y atrapó al Inquebrantable. Lo rodeó por la cintura como a un muñeco y disfrutó sentir sus huesos rompiéndose. El licántropo apenas reaccionaba, preocupado más en mantener la lluvia. ¡Tan heroico y tan estúpido! Cassian lo arrojó con violencia al suelo.
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Editado: 29.01.2026