Un golpe en la espalda hizo que Edme despertara. Su visión, aunque borrosa, distinguía un hombre frente a ella. Por un momento, pensó que estaba en el infierno. Dolía mucho, su cuerpo se sacudía con escalofríos incontrolables. Hablaban, pero ella no los entendía. Su mente no estaba lista para entender dialecto demoniaco.
—¿Quiénes son? —preguntó arrastrando las palabras. Sintiendo que su consciencia iba y venía.
Unas manos cálidas le sujetaban por la espalda, le jalaban obligándola a sentarse. Una tela flotaba frente a ella, mojada y sucia, se enrolló con fuerza alrededor de su brazo… su brazo.
Esa visión le provocó arcadas, no podía distinguir su brazo de los fragmentos de hueso y piel. Estaba destruido, doblado en un ángulo imposible. Si esto era el infierno, ¿por qué su brazo continuaba amputado?
Mientras razonaba sobre eso, su visión comenzó a aclararse y distinguió unas palabras y un rostro. Era un hombre con barba y ojos negros.
—Garrix, sujétala más —gritó. Sus ojillos brillaron y después se volvió borroso.
De nuevo, alguien la obligó a sentarse y una mano de uñas sucias le obligó a abrir la boca, con algo de agresividad la obligaron a morder un pedazo de cuero. Entonces un hierro ardiente brilló a la lejanía y en un parpadeo estaba sobre ella.
El olor a carne quemada era casi tan insoportable como el dolor que sentía. Le faltaba pulmones para gritar. El cuero apenas la dejaba respirar y por más que luchaba y se retorcía no la soltaban. Tres veces le acercaron el metal ardiente y tres veces Edme deseó estar muerta. El infierno era mejor alternativa que el tormento de estar mutilada.
Finalmente, la dejaron. Ella cayó sobre su espalda y entrecerró los ojos.
—Muévanse, hay que salvar al señor.
Alguien se quedó a su lado, aunque a Edme le traía sin cuidado. Se había quedado pensando sobre el señor. Recordó lentamente la pelea y a Cassian.
El dolor en su brazo estaba remitiendo y comenzaba a sentir un cosquilleo que la aliviaba. Cuando cerró los ojos, no se encontró con la tranquila oscuridad, sino con los ojos ardientes de Regina.
—Levántate —le gritaba. Su rostro antes bello ahora se consumía con los fuegos del Caos. Ella sí estaba en el infierno —. Levántate —volvió a exigirle —. Tienes una deuda que saldar.
Las últimas palabras fueron expulsadas junto con una lengua de fuego que asustaron a Edme. Se despertó de un sobresalto y se encontró con el hombre de barba. Ella no lo conocía, pero su cabello azul y sus tatuajes eran suficientes para saber quién era.
—¿Benedict? —preguntó con un hilillo de voz. Ese debía ser el Magic que esperaban hace días.
—¿Crees que puedas luchar?
La lluvia había comenzado en algún momento y todo estaba mojado. Benedict la ayudó a incorporarse y así sentada, distinguió el olor a humo, lluvia, sangre y algo más… algo peligroso.
Volvió a mirar su antebrazo y descubrió que el tatuaje de alguna forma se había movido a su hombro. Regina no dejaría que algo tan tribal como ser mutilada la dejara libre.
—¿Qué ha pasado?
—Inquebrantables. Necesitamos tu fuerza.
—¿Yo?
—Somos pocos y tú eres aliada. Lo sabemos por los tatuajes.
Recién entonces Edme se fijó en que estaban brillando.
—Por eso te salvamos.
Eso tenía sentido. Los Magics no se caracterizaban precisamente por su buen corazón.
—Tienes una magia diferente.
Edme no tenía ni idea de a que se refería, pero por el cosquilleo en sus tatuajes sabía que no podía quedarse sentada. Como pudo se puso de pie y golpeó sus antebrazos. Bueno, lo intentó. Por un momento se había olvidado de su amputación. Al rozar su herida, su cuerpo se tensó, no solo de dolor, sino también de ira. ¿Cómo había llegado ahí?
Maldijo en silencio a Olive y su poco control. Aunque en realidad, sabía que era su culpa. Ella había escogido el objetivo e ignorado todas las advertencias. Sin embargo, era más fácil culpar a Olive.
Golpeó su antebrazo con su hombro y activó sus poderes. El mundo se tornó borroso, solo dejando entreverse la energía espiritual. Junto con Benedict se adentraron en un bosque que se veía atacado por la lluvia, el humo pero, sobre todo, por la magia.
Desde lejos pudo observar las chispas de colores. La magia azul de los Magics luchando contra las figuras blancas. Edme contó al menos seis soldados más un elemental, mientras que ellos solo eran cuatro. Por otra parte, no distinguía a Cassian.
—Son pocos —dijo tornándose a mirar a Benedict. El brujo asintió, pero igual hizo una mueca.
—Los Inquebrantables se curan unos a los otros. Esos seis representan un problema y sin contar con el licántropo.
—¿Quién los cura?
Esa pregunta era tonta porque la mayoría de Magics conocía las formaciones de los Inquebrantables, pero Edme no. Era su primera vez batallando contra ellos y su brazo perdido era una muestra de que quizás no estaba preparada.
—Su comandante, obviamente —respondió Benedict enfadado—. El muy cobarde puede estar a kilómetros de distancia.
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Editado: 29.01.2026