La bruja de porcelana

XXVII

Mientras Edme se arrastraba para llegar a Cassian no la abandonaba el murmullo de la batalla. Los hechizos chocando unos contra otros, el acero cortando la carne, los elementos convertidos en armas. Había algo de grandeza en todo eso, se sentía como un momento clave que marcaría el rumbo de la historia.

Edme no perdía de vista a la figura azul que poco a poco se iba apagando, sabía que estaba herido, pero no se dio cuenta de que tan mal estaba hasta que lo vio.

Estaba envuelto en su capa destrozada con una enorme estalactita de hielo atravesándole la espalda. Se erguía alta e invencible sobre su carne, otras más pequeñas se desperdigaban por su cuerpo, una se clavaba en su cuello. La sangre se mezclaba con el lodo formando un charco desagradable.

Cuando ella le tocó, su cuerpo se estaba enfriando, de sus labios salían unas desagradables burbujas de sangre y su garganta hacía un esfuerzo por respirar. Cassian estaba muriendo, atrapado en una lenta agonía que convertía cada respiración en un castigo.

—Cassian —murmuró Edme. El joven no pareció escucharla. Era solo cuestión de tiempo para que la muerte se lo llevara.

La sensación de pérdida la golpeó, era triste que sus planes terminaran tan temprano. Por un momento, pensó que este era su nuevo destino. Poder, Caos, promesas vacías. Acarició el cabello azul y susurró casi con ternura.

—Adiós, Cassian.

Se puso de pie y se dispuso a irse. Esa batalla ya no tenía sentido, ella era libre y tenía una vida que retomar. Un dolor agudo la inmovilizó, su hombro estallaba en punzadas desagradables de energía.

—Se está muriendo —murmuró al aire. Regina parecía ignorante al hecho de que todo se había perdido —No puedo curarlo. Ahora déjame en paz.

Dio un par de pasos más, pero el dolor no cedía. Su tatuaje brillaba como un faro en la oscuridad. Su fulgor quemaba y le ordenaba permanecer al lado del brujo.

—No sé revivir muertos —gritó.

Un susurro casi inaudible, un ligero viento pútrido, un peso en el corazón. Regina la obligaba a buscar algo. Enfadada sacó el librito de su bolsillo. Abrió sus amarillentas páginas y como si indicara a alguien a su lado, le mostró el índice.

—Daño, tortura, sacrificio… maldiciones. ¡Nada! No hay sanación. ¡Déjame ir!

Guardó el libro y se volteó a ver a Cassian, el brujo resistía. Era demasiado terco para morir. Una parte muy escondida de ella le tuvo compasión. Quizá era mejor ayudarle a morir y después irse.

—He hecho más de lo que debía —se dijo a sí misma para calmarse —. El trato era solo guiarlo —gritó a Regina. Ella no era una asesina, o más bien no lo había sido.

Edme sintió un dolor en el estómago, Regina no estaba dispuesta a dejarla ir. La joven apretó los dientes y continuó, paso a paso, entre el barro y el desastre. Cada avance era un reto, un peso no solo físico sino también emocional. Sus recuerdos no dejaban de repetirse.

Era una joya demasiado poderosa, valiosa en muchos sentidos. El negocio del robo y venta de artefactos mágicos era el futuro, lo único que podría sacarlas rápido de la miseria. Olive no estaba segura, ella siempre tenía miedo de los brujos.

—Solo debemos ser cuidadosas —dijo Edme para tratar de convencerla —. Muchos lo hacen.

—Y a pocos les ha ido bien —recalcó la niña. Era tan inocente y astuta al mismo tiempo. Era el único tesoro que había llegado a apreciar.

—Nosotras seremos la excepción.

—No lo creo.

Olive tenía razón. No lo eran. Cayeron de manera tan patética y en un parpadeo tenían a la señora Regina en su puerta. Nunca había visto a alguien tan hermosa y repulsiva al mismo tiempo.

—Escóndete —ordenó a su amiga cuando la puerta estalló en pedazos.

La bruja más poderosa de ese parte del mundo estaba en su sala de estar, sujetando a Olive del cuello, dispuesta a destriparlas si era necesario.

—Tuve piedad de ti —le susurró Regina. Edme cerró los ojos, eso era mentira.

—Te di poder.

Otro paso, otro dolor, otro titubeo. Lo del poder era cierto, le había abierto a caminos insospechados. Ahora no era simplemente humana.

—Una niña por un futuro. ¿No te parece justo?

Las rodillas de Edme comenzaron a temblar, sus piernas apenas podían resistir su peso. ¡Olive! Hubo un tiempo donde daría lo que fuera por ella, pero había pasado años sin su compañía y cada día su recuerdo se hacía más débil.

—Prometiste salvarla.

—Siempre y cuando tú cumplas.

—¡Ya cumplí! —gritó y sintió otro retorcijón en el estómago. El mismo universo parecía estar en su contra —. Le busqué, le sané, le di el libro. No es mi culpa que…

Una fuerza invisible la jaló hacia el suelo obligándola a postrarse de rodillas. Cayó con violencia, clavándose ramitas en la piel. Su mano fue su único apoyo. Cuando la colocó en el suelo, sintió una vibración que provenía de la misma tierra.

—¿Qué es esto?

—Solo escucha.

Edme negó con la cabeza. ¡No! No quería hacerlo, no quería continuar con ese juego. Quizá era mejor que volviera a su anterior vida.




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