Godfrey caminaba enfurecido por una calle apestosa de la ciudad. Iba pateando una lata vieja mientras pensaba en la pelea que tuvo hace pocos minutos. Todavía podía sentir el dolor en el pecho y las ganas de gritar.
Amaba a su hermana, pero ya no la entendía. Por más que lo intentara, no le veía futuro al plan. Las pesadillas solo lo arruinaban, cada noche soñaba con Maude siendo asesinada, sus ojos muertos, su cuerpo usado por otro, además, estaba Sabina. Desde el momento en q le pue se fue, se sintió vacío como si la hubiera perdido para siempre. Su corazón le ordenaba seguirle antes de que fuera demasiado tarde, pero se encontraba atrapado ahí, junto con Maude y eso le cargaba con una profunda tristeza mezclada con ira.
Pensaba que arriesgar la vida era una locura. ¿Qué tenían que ver ellos con los Magics? La primera vez en sus vidas que podían ser libres y tener una vida normal y su hermana se le daba de guerrera. Pateó con más furia la lata y ésta pegó contra una pared y rebotó para pegarle en la canilla. Gritó lleno de furia, frustración y de sentimientos que ya ni siquiera entendía.
Un gato asustado salió disparado como respuesta. Godfrey lo vio marchando con la cola entre las patas y un último maullido. Otro más que se enojaba con él. Respiró profundo y se agachó para recoger la lata. Antes de llegar a ella decidió dar un vistazo al callejón. Quizá por algún instinto, Esika no solo era una ciudad fea y vieja también peligrosa.
Al otro lado de la calle Godfrey vio a una mujer rubia y de cabello corto. ¡Eso no podía ser cierto! Era su Sabina. Sin pensarlo echó a correr tras ella. No sabía cómo había llegado, pero no la dejaría irse de nuevo.
—Sabina —la llamó. Ella corría muy por delante sorteando a las personas y puestos comerciales —Lo lamento —gritó para intentar detenerla. No quería discutir con ella, solo volver a tenerla a su lado.
La siguió hasta un pequeño parquecito. La chica llegó hasta unos arbustos y se detuvo. El sol justo reflejó en el agua de la pileta y le cegó durante unos segundos, suficientes para que la perdiera de vista. Cuando volvió a buscarla no estaba. Godfrey comenzó a respirar muy rápido, no podía ser cierto, no podía volver a perderla.
—Sabina —gritó llamando la atención de todos, pero no de la única que importaba.
Pasó cerca de cuarenta minutos buscándola por todos los rincones, pero todo fue en vano. Sabina volvía a escaparse de su vida. Se sentó para tomar aliento y no pudo evitar tomarse la cabeza con las manos. Era incapaz de entender por qué todo le salía tan mal.
Unos niños juguetones pasaron a su lado e hicieron bromas sobre él. Godfrey los escuchó a medias, después unas jovencitas se sentaron en el banco próximo y cuando él se había convencido de que quizá no era ella, lo escuchó.
—Godfrey, no me dejes ir —era una voz de sirena, un canto que lo dejó sin palabras, todo su cuerpo se sacudió. Sonaba como a Sabina, pero tenía un deje de recuerdo a Maude. Era tal como se sentía, dividido y sin querer soltar a ninguna.
Godfrey levantó la cabeza y la buscó. No había rastro de ella y él no podía dejar de recordar sus ojos llenos de rabia cuando ella se fue. El empujón que le había pegado, sus manos obligando al caballo a ir más rápido. Otra jovencita llegó al parque. Llevaba un pañuelo sobre su cabello, Godfrey no podía adivinar su color de cabello y necesitaba saberlo con desesperación.
Godfrey solo necesitaba saberlo. Se levantó de un brinco dispuesto a hablar con ella. La joven estaba sentada en el borde del pozo, movía la rueda mientras cantaba una dulce cancioncilla. Mientras caminaba un regusto de sangre y podredumbre inundó su garganta. Godfrey se atragantó con su saliva y pronto sufrió de arcadas. Él reconoció la marca de la magia negra, siempre apestosa y desagradable. Se volvió y buscó entre la gente a cualquier brujo oscuro.
Nada. Solo gente normal y corriente, ningún tatuaje, ni cabello azul y, sin embargo, alguien lo estaba hechizando. Había sentido y visto la magia durante tantos años que no tenía duda. Además, era la única explicación posible, estaban jugando con él.
Sabía que Sabina no estaba en la ciudad, él mismo la había mandado lejos y por supuesto, su culpa solo lo hacía un blanco fácil para los Magics. Ellos siempre sabían leer las debilidades del corazón. Solo una mirada y él estaba a su merced. Godfrey intentó incorporarse, pero había algo que no le cuadraba. ¿Por qué él? ¿Por qué ahora?
Nadie debería querer hacerle daño, la buscada era su hermana. La imagen de Maude se mezcló en su mente, una dulce niña que ahora manejaba un poder demasiado grande para ella. “No” se dijo a sí mismo, eso no era posible. Ella jamás le haría daño y, sin embargo, el pecho le ardía por su magia. “No”
La gente solía decir que la magia corrompe. “No sabes lo poderosos que te sientes” solían decirle sus conocidos Magics. Todos los que usaban esa magia hacían actos terribles y él pensó que su hermana sería diferente. ¡Tenía que serlo! Era… era Maude por todos los cielos.
Un dolor amargo le sacudió el pecho, sus tripas se voltearon y una nueva oleada de asco lo derrumbó. Sintió un miedo diferente a todo, un terror que parecía detener el tiempo y cambiarlo todo.
Asustada la chica del pañuelo se volteó hacia él y durante un segundo sus ojos fueron los de Maude, su preocupación la hacía hermosa y tan humana. Él tenía la culpa, no podía dejar que Maude se aleje y que se pierda para siempre. La joven corrió hacia él y lo tomó del hombro.
#1349 en Fantasía
#237 en Magia
libertad y condena, magia amor aventuras guerras muertes, escape busqueda
Editado: 29.01.2026