La bruja de porcelana

XXIX. El miedo de los que aman

Godfrey caminaba enfurecido por una calle apestosa de la ciudad. Iba pateando una lata vieja mientras pensaba en la pelea que tuvo hace pocos minutos. Todavía podía sentir el dolor en el pecho y las ganas de gritar.

Amaba a su hermana, pero ya no la entendía. Por más que lo intentara, no le veía futuro al plan. Las pesadillas solo lo arruinaban, cada noche soñaba con Maude siendo asesinada, sus ojos muertos, su cuerpo usado por otro, además, estaba Sabina. Desde el momento en que se fue, se sintió vacío como si la hubiera perdido para siempre. Su corazón le ordenaba seguirle antes de que fuera demasiado tarde, pero se encontraba atrapado ahí, junto con Maude y eso le producía una profunda tristeza mezclada con ira.

Pensaba que arriesgar la vida era una locura. ¿Qué tenían que ver ellos con los Magics? La primera vez en sus vidas que podían ser libres y tener una vida normal y su hermana se la daba de guerrera. Pateó con más furia la lata y el objeto pegó contra una pared, rebotó con suficiente fuerza y precisión como para pegarle en la canilla. Gritó lleno de furia y frustración. Todo parecía salirle mal.

Un gato asustado salió disparado como respuesta a su enfado. Godfrey lo vio marchando con la cola entre las patas y un maullido semejante a un grito. Otro más que se enojaba con él. Respiró profundo y se agachó para recoger la lata. Aunque antes decidió dar un vistazo al callejón. Era parte de su instinto de supervivencia, después de todo Esika no solo era una ciudad fea y vieja sino también muy peligrosa.

Al otro lado de la calle Godfrey vio a una mujer rubia y de cabello corto. Se quedó sin aliento y durante preciados segundos no supo que hacer ¡Eso no podía ser cierto! Era su Sabina. La reconocería en cualquier parte, incluido ese basurero.

Su figura se alejaba por un callejón cuando él decidió correr tras ella. No sabía cómo había llegado, pero no la dejaría irse de nuevo.

—Sabina —llamó desesperado. Ella volteó su dulce rostro y al verlo, hizo lo que él jamás imaginó. Corrió como quien corre de un loco. Sus piernas ágiles iban sorteando personas y puestos comerciales

—Lo lamento —gritó Godfrey en un intento para que lo esperara. Sin embargo, ella parecía tan cargada de miedo o algo semejante, que la invitó a correr más lejos.

La gente a su alrededor lo juzgaron como un loco y varias personas lo regañaron por casi atropellarlas. Sin embargo, ninguno se atrevió a detenerlo y Godfrey lo agradecía. Después de todo, en lo único que pensaba era alcanzarla y volver a tenerla a su lado. Recuperar un poco de cordura en ese mundo que se había vuelto tan loco.

La siguió hasta un pequeño parquecito. La chica llegó hasta unos arbustos y se detuvo. Justo cuando parecía que él podría alcanzarla, el sol decidió ese momento para reflejarse en el agua de la pileta y cegarlo durante unos segundos, suficientes para perderla de vista. Cuando volvió a buscarla no estaba. Godfrey de nuevo se quedó sin aliento, incapaz de aceptar que volvía a perderla.

—Sabina —gritó llamando la atención de todos, pero no de la única que importaba.

Pasó cerca de cuarenta minutos buscándola por todos los rincones, pero todo fue en vano. Sabina volvía a escaparse de su vida. Se sentó para tomar aliento y no pudo evitar tomarse la cabeza con las manos. Era incapaz de entender por qué todo le salía tan mal.

Unos niños juguetones pasaron a su lado e hicieron bromas sobre él. Godfrey los escuchó a medias, después unas jovencitas se sentaron en el banco próximo y cuando él se había convencido de que quizá no era ella, lo escuchó.

—Godfrey, no me dejes ir —era una voz de sirena, un canto que lo dejó sin palabras, todo su cuerpo se sacudió. Sonaba como a Sabina, pero tenía un deje de recuerdo a Maude. Era tal como se sentía, dividido y sin querer soltar a ninguna.

Godfrey levantó la cabeza y la buscó. No había rastro de ella y él no podía dejar de recordar sus ojos llenos de rabia cuando se fue. El empujón que le había pegado, sus manos obligando al caballo a ir más rápido. Otra jovencita llegó al parque. Llevaba un pañuelo sobre su cabello, Godfrey no podía adivinar su color de cabello y necesitaba saberlo con desesperación porque su rostro era como el de Sabina, ovalado, con la piel tersa y blanca. Los ojos azules que desafiaban a cualquier corazón a no latir.

Se levantó de un brinco dispuesto a hablar con ella. La joven estaba sentada en el borde del pozo, movía la rueda mientras cantaba una dulce cancioncilla. Mientras caminaba un regusto de sangre y podredumbre inundó su garganta. Godfrey se atragantó con su saliva y su cuerpo reaccionó por él atormentándole con arcadas. Mientras se doblaba sobre su estómago, reconoció la marca de la magia negra. Siempre apestosa y desagradable. No era la primera vez que la usaban en su contra.

Se volvió tan rápido como pudo y buscó entre la gente al brujo oscuro. Era bastante bueno en reconocerlos, después de todo, se había criado entre ellos.

Recorrió a todas las personas cercanas, ninguna era un Magic. Solo gente normal y corriente, ningún tatuaje, ni cabello azul y, sin embargo, alguien lo estaba hechizando. Había sentido y visto la magia durante tantos años que no tenía duda. Estaban jugando con él.

Aceptarlo también implicó reconocer que Sabina no podía estar en la ciudad, él mismo la había ahuyentado y ella no tenía razón para volver a buscarlo. La culpa subió por su pecho y se asentó ahí. Eso lo hacía un blanco fácil para los Magics que de alguna manera siempre se las arreglaban para explotar las debilidades del corazón. Godfrey intentó incorporarse, pero había algo que no le cuadraba. ¿Por qué él? ¿Por qué ahora?




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